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Qué lleva a los inversores a apostar por el agro español

Qué lleva a los inversores a apostar por el agro español
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Puede ser un sector estratégico con capacidad para generar valor económico, industrial y territorial durante las próximas décadas. Leer
OPINIÓNQué lleva a los inversores a apostar por el agro español
  • IGNACIO SOLER DE LA AZUELA*
Actualizado 9 JUL. 2026 - 12:23

Puede ser un sector estratégico con capacidad para generar valor económico, industrial y territorial durante las próximas décadas.

El campo español ha dejado de ser, al menos para una parte creciente del capital, un sector percibido únicamente desde la óptica tradicional de la producción agraria para convertirse también en un activo estratégico de inversión. Lo que hasta hace relativamente poco parecía reservado a agricultores locales, patrimonios familiares vinculados históricamente al agro o pequeños inversores especializados está atrayendo el interés de fondos institucionales, family offices, banca especializada e inversores internacionales.

Un informe de la consultora inmobiliaria y de inversión CBRE, del que daba cuenta Expansión recientemente, situaba en 1.200 millones de euros la inversión institucional movilizada en el sector agroalimentario de España y Portugal durante 2025, un 50% más que el año anterior. La cifra incluye compra de tierras, operaciones corporativas y refinanciaciones, lo que demuestra hasta qué punto el capital ha comenzado a contemplar el campo no solo como una actividad productiva, sino también como un activo financiero con recorrido a largo plazo.

Ahora bien, ¿qué valora exactamente el inversor del agro español? ¿Por qué un sector históricamente asociado a la atomización, la dependencia climática y unos retornos difíciles de prever empieza a competir con otros activos financieros por atraer capital?

Una de las razones tendría que ver con el contexto económico global. En un entorno marcado por la volatilidad de los mercados, las tensiones geopolíticas y la incertidumbre financiera, los activos reales han recuperado atractivo. Y la tierra agrícola posee varias características especialmente valoradas por determinados perfiles inversores. Hablamos, básicamente, de un activo tangible, históricamente resistente frente a la inflación y con baja correlación respecto a la Bolsa o los bonos.

A ello se suma el desafío estratégico de avanzar hacia la seguridad alimentaria. La crisis del Covid llevó tanto a gobiernos como a inversores a valorar mucho más la capacidad de garantizar el aprovisionamiento agroalimentario, en un contexto de demanda creciente de alimentos a nivel mundial impulsada por el aumento de la población. En este escenario, qué duda cabe, España cuenta con ventajas competitivas evidentes; entre ellas, un alto nivel de conocimiento técnico, un clima por lo general propicio, una acreditada experiencia exportadora y una cadena de valor cada vez más integrada.

Precisamente, el capital internacional está empezando a identificar esas fortalezas, y así se explica que cerca de un tercio de las operaciones registradas en 2025 estuvieran protagonizadas por inversores procedentes de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Asia, como señala el citado informe. Lo que los fondos de esos países están buscando es diversificar riesgos geográficos y reducir exposición a determinadas incertidumbres regulatorias o comerciales en sus mercados de origen.

En paralelo, el campo español ha entrado en una fase de evidente modernización que también refuerza el atractivo del sector. Plataformas de origen familiar están evolucionando hacia estructuras empresariales de mayor dimensión, con estrategias de integración vertical, acuerdos comerciales estables y modelos de gestión cada vez más sofisticados. A ello se suma una concepción de la agricultura en la que convergen conocimiento y tecnología, lo que está permitiendo optimizar consumos, aumentar rendimientos y mejorar la productividad.

Evolución de los cultivos

En relación con este aspecto, en los últimos años estamos asistiendo a una evolución en los propios cultivos, que supone la sustitución de los menos rentables, como el cereal o el maíz en explotaciones de regadío, por otros que aseguran un mayor retorno, como el olivar, los cítricos, las hortalizas, los frutos secos o los aguacates y arándanos. Todo ello, gracias al avance experimentado en técnicas productivas y el desarrollo de nuevas variedades. En suma, no solo se produce más y mejor, sino a un menor coste y con unos horizontes temporales largoplacistas.

Por otro lado, la falta de relevo generacional que acusa el campo en España constituye otro factor estructural que está facilitando esta evolución. El envejecimiento de la población rural y la escasa incorporación de jóvenes al campo están provocando que numerosas explotaciones familiares terminen saliendo al mercado. En muchos casos, los hijos de agricultores ya no desean continuar la actividad agraria, lo que está acelerando operaciones de venta, concentración parcelaria para alcanzar economías de escala y profesionalización de la gestión.

Otro de los aspectos relevantes del actual ciclo inversor es que éste empieza a extenderse hacia los siguientes eslabones de la cadena de valor. La inversión alcanza cada vez más a centros de procesado, plataformas logísticas, comercialización e incluso desarrollo de marcas. Eso podría favorecer, a medio plazo, la consolidación de una industria agroalimentaria más integrada, competitiva y orientada a generar mayor valor añadido.

De hecho, el sector agrícola parece avanzar hacia un modelo similar al que hace años experimentó el sector hotelero, en el que se distingue la separación entre la propiedad del activo y su gestión profesional. El capital aporta financiación y visión de largo plazo, mientras operadores especializados asumen la ejecución técnica y la gestión diaria de los proyectos. Esta figura del operador profesional será probablemente una de las piezas clave en el desarrollo futuro del sector.

Lo que muchos inversores están percibiendo es que el agro español puede convertirse en un sector estratégico con capacidad para generar valor económico, industrial y territorial durante las próximas décadas. La cuestión ahora es si España será capaz de aprovechar esta oportunidad. En cualquier caso, ello dependerá, en buena medida, de que el sector continúe avanzando en profesionalización, innovación y dimensión empresarial, pero también de que exista un marco regulatorio estable y previsible.

Ignacio Soler de la Azuela, Director técnico de Víridi Horizons.

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Fuente original: Leer en Expansión
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