“El campo magnético de nuestro planeta nos protege eficazmente de muchos efectos del clima espacial, por lo que estos suelen manifestarse simplemente como fallos o hermosas auroras boreales”, apunta Maria Walach, investigadora de la Universidad de Lancaster, quien colaboró en el estudio. “Sin embargo, existen casos extremos, como la caída inesperada de satélites a la Tierra o la pérdida de las comunicaciones y las señales GPS”.
Recordemos que las tormentas solares se producen cuando el viento solar (un flujo continuo de partículas cargadas emitidas por el Sol) interactúa con la magnetosfera terrestre. Durante los episodios más intensos, estas perturbaciones pueden resultar en afectaciones, como las ya mencionadas al inicio de esta nota, e incluso modificar la atmósfera superior.
Para estimar la intensidad del viento solar, los investigadores utilizan principalmente mediciones realizadas por satélites situados en el punto de Lagrange L1, a unos 1.5 millones de kilómetros de la Tierra. El problema es que esas observaciones no corresponden exáctamente al entorno donde el viento solar acaba interactuando con el campo magnético terrestre. Entre ambos puntos transcurre un tiempo variable y, además, el plasma solar cambia durante el trayecto.
Los autores sostienen que esta incertidumbre, lejos de ser un simple ruido experimental, introduce un sesgo sistemático en el análisis de los datos.
Lo que ocurre es que, durante años, los científicos han creído que existe un límite natural a la intensidad con la que la Tierra responde a las tormentas solares más extremas. Según esa idea, cuando el viento solar alcanza valores muy elevados, el campo magnético terrestre deja de reaccionar de manera proporcional y su respuesta entra en una especie de “saturación”. Sin embargo, este nuevo estudio plantea que tal vez ese límite nunca existió. Lo que parecía un fenómeno físico podría ser, en realidad, una ilusión provocada por la forma en que se analizan las mediciones.
Para comprobar esta hipótesis, los investigadores desarrollaron un modelo estadístico que incorpora las principales fuentes de incertidumbre: las variaciones en el tiempo que tarda el viento solar en llegar a la Tierra y los cambios aleatorios que experimenta durante ese recorrido. El modelo reproduce con notable precisión la misma curva de "saturación" observada en más de 25 años de datos, sin necesidad de invocar ningún mecanismo físico que limite la respuesta terrestre.
Nature? Si la respuesta de la Tierra continúa creciendo proporcionalmente durante los eventos catastróficos, una tormenta solar extrema, como el evento Carrington, podría ser considerablemente más peligrosa de lo que se pensaba. Los autores estiman que, para valores muy elevados del viento solar, el impacto geomagnético podría llegar a ser aproximadamente el doble del calculado por los modelos tradicionales.“Si no existe un límite superior para la respuesta de nuestro planeta al viento solar, los modelos para casos extremos deben tener esto en cuenta y debemos estar atentos a los efectos del clima espacial", señala la doctora Wallach en un comunicado de prensa. "Afortunadamente, estos casos extremos son raros, pero esto también significa que contamos con datos limitados y solo el tiempo dirá qué sucede en un evento tan extremo, de esos que ocurren una vez cada mil años”.
En efecto, el estudio reconoce esa limitación, y es que todavía existen muy pocos registros de los episodios más extremos. Por ello, los investigadores no afirman que la saturación sea imposible, sino que sostienen que los datos disponibles no ofrecen evidencia estadística convincente de su existencia.
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