Fue una eminencia como cirujano. Hoy, con 83 años, se sube a los escenarios para hablar de la muerte... y de lo que sucede después. Y arrasa con sus libros y charlas sobre la 'supraconciencia'.
Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarlos Manuel Sánchez | Fotografía: Lucas Amillano
09/09/2026 a las 20:27h.Su presencia en el hipermercado me resulta ya tan familiar como la de las cajeras, a fuerza de verlo semana tras semana. Sus libros, y ... su foto en la solapa, están en todas partes. Es un cirujano jubilado, con esa aura de autoridad de los médicos de antes. Me mira con aspecto lúgubre y expresión severa, vestido con un traje gris que parece llevar desde que comenzó a ejercer. Ni su editorial (Planeta) es capaz de explicar el éxito de Manuel Sans Segarra (Barcelona, 1943), menos aún de catalogar sus obras. La primera, La supraconciencia existe (2024), que ha vendido cientos de miles de ejemplares y se ha traducido incluso al ruso y al chino, la puso en Ciencia y Medicina. La que publica ahora, La humanidad en crisis, la ha puesto a la vez en Actualidad, Autoayuda y Esoterismo.
XLSemanal. Cuando lo reconocen y lo paran por la calle, ¿no tiene cierta sensación de irrealidad?
Manuel Sans Segarra. Lo paso mal, eh. No me gusta. A veces voy mirando al suelo para que no me reconozcan.
XL. ¿Y a qué cree que se debe semejante éxito?
M.S.S. Eso mismo me preguntó el papa Francisco. Me mandó llamar él, porque había visto mi libro, y me recibió en sus dependencias privadas. Y entonces me preguntó: «¿Cómo es que usted llena teatros y muchas iglesias están vacías?».
XL. ¿Y qué le contestó?
M.S.S. Que la Iglesia se sigue basando en dogmas, y que hoy la gente necesita evidencias científicas. Y me dijo: «Voy a orar por usted, continúe haciendo lo que hace. Pero usted ore por mí, porque yo tengo tantos enemigos como usted». Pobre. A los tres meses murió. El dalái lama también me recibió y me dijo lo mismo, que siguiera.
XL. ¿A pesar de los enemigos?
M.S.S. Sí, son muy duros y muy violentos. Ni se lo imagina. Yo era jefe de servicio de cirugía en un hospital de referencia. Hicimos el primer trasplante de hígado de España. Que alguien a ese nivel cuestione los cimientos del método científico, y hablando además de cosas trascendentes, eso se paga.
XL. ¿Lo criticaban por la espalda?
M.S.S. Y me lo decían a la cara, en privado. «Cuidado, que vas a perjudicar tu carrera profesional». Y como yo era responsable de un servicio de doscientas camas, también afectaba a mi equipo. Así que me callé durante muchos años.
«Según el método científico, la muerte es el fin. Yo considero que somos algo más. Hay una conciencia primera, que es la que crea el universo, y que muchos llaman Dios. Y cada uno de nosotros lleva dentro un eco de esa conciencia»
XL. ¿Y por qué ahora sí habla?
M.S.S. Porque llegué a una edad en la que ya no podía perjudicar a nadie. Y a mí me gusta decir la verdad. Lo que los demás piensen de mí no es mi problema. Pero ese rechazo ya no es tan fuerte. Algo está cambiando.
XL. ¿En qué lo nota?
M.S.S. Ingresé en la Real Academia Europea de Doctores y mi discurso de entrada fue sobre la supraconciencia. Y en mi propio hospital me pidieron la conferencia de clausura. Compañeros míos, los que me criticaban. Y ahora estoy luchando para que estos temas relacionados con las experiencias cercanas a la muerte sean una asignatura de libre elección en Medicina.
XL. ¿Pero mezclar física cuántica con espíritus no es como mezclar churras con merinas?
M.S.S. Todo es energía. Un pensamiento es energía y se graba en un electroencefalograma. Pero hay energías sutiles que no podemos ver. Por eso hay conexiones e interferencias clarísimas entre trascendencia, física, teología, filosofía...
XL. No todo el mundo lo ve tan clarísimo.
M.S.S. Porque reconocer que no llevas razón cuesta mucho.
XL. ¿Y a usted le costaría reconocer que también puede equivocarse?
M.S.S. Mire, yo he dirigido muchas tesis, y las que más ilusión me han hecho son las que demostraban que lo que considerábamos principios fundamentales de la cirugía eran errores nuestros. El científico tiene que ser muy humilde.
XL. ¿Y usted es humilde?
M.S.S. Me gustaría serlo más. Todos tenemos un ego, es un impulso vital. Sin él no haríamos nada. Lo que pasa es que hemos dejado que se hipertrofie. Y el ego es materialista.
Manuel Sans Segarra. (Lucas Amillano)XL. La asistencia a sus conferencias no es gratuita. Le confieso que me cuesta entender que la gente pague por escuchar a alguien hablar de estos temas...
M.S.S. Porque la muerte es un tabú. Pero mire lo que pasa. Estoy en la junta del Colegio de Médicos y hemos hecho un estudio de la mortalidad en Cataluña, y nos quedamos aterrados. De los 15 a los 35 años, la principal causa de muerte es el suicidio.
XL. Es un horror.
M.S.S. ¡Es terrible, terrible! ¿Qué hemos hecho con estos chicos? ¿Qué sociedad hemos montado? Están en el momento de la vida en que tienen un mundo por delante, y se suicidan. Yo he operado a los que lo intentan bebiendo salfumán, lejía. ¿Sabe usted lo que es operar a un chaval con el esófago quemado?
XL. No me lo quiero ni imaginar.
M.S.S. Después de la operación viene una recuperación muy lenta. Yo hablaba con ellos, les preguntaba por qué lo habían hecho.
XL. ¿Y qué le decían?
M.S.S. Que lo tienen todo y no les llena. Muchos son hijos de gente con dinero. Se distraen con compras, con placeres, con droga... Pero lo material no da sentido a sus vidas. Eso te deja pensando.
XL. ¿Y le hace replantearse cosas?
M.S.S. Sí. Mi formación es científica. Yo tenía una visión totalmente materialista del ser humano. Enfermo que se me muere, se acabó todo. Lo que pasa es que ves que hay maneras y maneras de morir.
XL. ¿Qué quiere decir?
M.S.S. Si te domina el ego, tienes un miedo atroz, porque piensas que vas a perderlo todo. En mi hospital, algunos pacientes, al enterarse de lo que tenían, abrían la ventana y se tiraban. Si usted va hoy a Bellvitge verá que las ventanas están herméticamente cerradas. Entonces se nos tiraban por el hueco de la escalera. Y verá que cada tres pisos hay una red de cuerdas, para que el que salte quede retenido.
XL. No es nada fácil dominar el miedo.
M.S.S. Pues yo he visto morir a gente que sabe que no es solo materia, sino espíritu. ¿Y cuál es la diferencia? Es brutal. Una paz, una armonía... Dan consejos a los familiares, los consuelan.
XL. ¿Y usted? ¿Tiene miedo a la muerte?
M.S.S. Sé que tengo una misión que cumplir y, mientras la tenga, estaré bien. Me cuido. Cuando llegue el momento, tendré un accidente o me saldrá un tumor y me iré. El dolor hay medios para quitarlo y pediré que me lo quiten. Pero miedo a la muerte, en absoluto. ¿Y sabe por qué? Porque yo contacto con mi supraconciencia.
«Al morir, el cuerpo va perdiendo la actividad metabólica y su supraconciencia se va a otro plano. Yo he tenido enfermos clínicamente muertos que, mientras los reanimaba, veían lo que pasaba»
XL. Pare un momento y explíqueme qué es eso, según usted.
M.S.S. Para Descartes y Newton, el elemento estructural del universo es la materia. Entonces, el ser humano solo sería cuerpo y mente. La mente la fabrica el cerebro: las emociones, la memoria, el razonamiento. Cuando opero a alguien, el anestesista le apaga la conciencia; yo lo abro y lo cierro, y se despierta y vuelve a ser él. Y cuando alguien se muere se le pudren las neuronas, deja de pensar y deja de existir. Pienso, luego existo. Según el método científico, la muerte es el fin.
XL. Y usted no está de acuerdo.
M.S.S. Yo considero que somos algo más. Hay una conciencia primera, que es la que crea el universo, y que muchos llaman Dios. Y cada uno de nosotros lleva dentro una presencia, un eco de esa conciencia: es lo que yo denomino 'supraconciencia'. Es el espíritu universal, perfecto, eterno, el mismo para usted y para mí.
XL. ¿Ese espíritu es el alma?
M.S.S. No exactamente. Ese espíritu se mete en un cuerpo para vivir una vida humana, y en esa vida usted va llenando una mochila, con lo que hace y lo que vive, que es solo suya: es lo que en Occidente llamamos 'alma' y en Oriente, 'karma'. El espíritu es igual en todos; el alma es lo que le hace a usted diferente.
XL. Y dice que usted contacta con la supraconciencia.
M.S.S. Hay dos maneras: con la oración y con la meditación. Yo medito una hora cada día y siento lo mismo que me cuentan los enfermos que he reanimado en la mesa de operaciones.
XL. ¿Qué nota?
M.S.S. Primero, una sensación de laxitud. Luego se pierde la conciencia del cuerpo. Después se entra en una situación de paz. Se le abre la mente. Usted es el universo, está unido a todo. Y desaparece el tiempo.
XL. ¿Y al morir es lo mismo?
M.S.S. El cuerpo va perdiendo la actividad metabólica y, mientras tanto, su supraconciencia se va a otro plano, otro nivel energético. Allí la comunicación es telepática, no existe el tiempo ni la distancia. Si usted dice «quiero ir a las antípodas», ya está allí.
XL. Ya. Pero eso no hay manera de comprobarlo.
M.S.S. Lo dirá usted. Yo he tenido enfermos clínicamente muertos que, mientras yo los reanimaba, estaban viendo lo que pasaba a distancia, y luego me lo cuentan. Y es exacto, y es imposible que lo supieran. El cuerpo se queda en la mesa, el cerebro no funciona, pero la supraconciencia sale y después lo puede explicar.
«El papa Francisco me mandó llamar y me dijo: 'Voy a orar por usted, continúe haciendo lo que hace. Pero usted ore por mí, porque yo tengo tantos enemigos como usted'. Pobre. A los tres meses murió»
XL. Usted sostiene en su nuevo libro que la humanidad está en crisis: cambio climático, guerras, desigualdad, soledad... Pero también dice que tiene la solución.
M.S.S. Solo saldremos de esto cuando haya una masa crítica de personas conscientes de que somos cuerpo, mente y espíritu. Una masa crítica que diga basta. El ego no lo arreglará nunca. Pero toda crisis tiene una vertiente muy positiva, que es descubrir que vivíamos en el autoengaño. Por eso, a la larga, soy optimista.
XL. ¿Muy a la larga?
M.S.S. Será gradual. Porque no hay educación. Los poderes fácticos quieren eliminar las humanidades, la filosofía. Quieren un rebaño al que llevar donde quieran. Bonhoeffer, el gran teólogo alemán de la época de Hitler, decía que no es lo mismo la maldad que la estupidez. La maldad tiene un objetivo y se puede luchar contra él. Contra la estupidez no se puede. El pueblo alemán entregó su voluntad a un líder loco pensando que iba a salvarlo. Y mire los líderes que tenemos ahora.
¿SE HA DEMOSTRADO LA SUPRACONCIENCIA?
EL CEREBRO NO PRODUCE: SINTONIZA
La supraconciencia, según Sans Segarra, es un espíritu universal que habita en nosotros y nos sobrevive. El cerebro no la produce: la 'sintoniza', como una radio capta una emisora. Sus pruebas se basan en las experiencias cercanas a la muerte de personas a las que él mismo reanimó, ¿pero qué demuestran? Obviamente, no todos están de acuerdo con Segarra.
ESTE MUERTO ESTÁ MUY VIVO (AÚN)
Sus pacientes le hablan de luces, de familiares que salen a recibirlos y de la paz que les embarga. Pero un paro cardiaco no es una muerte cerebral. Queda actividad eléctrica, y la neurología sostiene que la falta de oxígeno y la descarga de neuro-transmisores pueden explicar buena parte de esas visiones.
EL ENTRELAZAMIENTO NO ES LO QUE PARECE
Para explicar que un paciente vea lo que pasa en otra habitación recurre al entrelazamiento cuántico. Pero lo que se entrelaza, explican los físicos, es el estado de dos partículas subatómicas: si mides una, la otra queda fijada al instante. El resultado es puro azar; no se transmite información. Y que cuenten la experiencia con todo detalle también se puede desmontar: el cerebro fabrica recuerdos y alucinaciones muy vívidas.
ATRAVESAR PAREDES
Algunos pacientes dicen que, flotando fuera del cuerpo, cruzaron el techo. Sans Segarra lo explica con el efecto túnel de la física cuántica. Un electrón podría atravesar una barrera. La posibilidad para una persona es casi nula: el tiempo de espera excede la edad del universo. Él alega que no es el cuerpo lo que atraviesa la pared, sino la supra-conciencia… Suponiendo que exista, que sea algo físico y, por tanto, tenga propiedades cuánticas.
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