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¿Quién se cree que es Trump?

¿Quién se cree que es Trump?
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Para Israel, el conflicto en Oriente Medio es una guerra de necesidad porque la existencia del Estado judío depende del cambio de régimen en Irán, pero para la Administración Trump es una guerra de elección y ha empezado a remover conciencias en el movimiento 'MAGA'. Leer
Ensayos liberales¿Quién se cree que es Trump?
  • TOM BURNS MARAÑÓN
20 MAR. 2026 - 00:40El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.Aaron Schwartz /POOLEFE

Para Israel, el conflicto en Oriente Medio es una guerra de necesidad porque la existencia del Estado judío depende del cambio de régimen en Irán, pero para la Administración Trump es una guerra de elección y ha empezado a remover conciencias en el movimiento 'MAGA'.

Bill Clinton tuvo un ataque de furia en 1996 tras reunirse con Benjamin Netanyahu en su primera visita a Israel como presidente de Estados Unidos. "Who the f**k se cree que es", dijo después refiriéndose a su anfitrión y recurriendo al más grave de los malsonantes tacos que se utilizan en la anglosfera.

"¿Quién es el f**king superpower aquí"?, dijo a su equipo cuando acabó el encuentro. Clinton estaba indignado no porque Netanyahu le había tratado de tú a tú, aunque también, sino porque el primer ministro de Israel había dominado la conversación hasta el punto de decirle cómo tenía que ser la política de Estados Unidos en Oriente Medio.

Hace 30 años, los sermones admonitorios de Netanyahu le enfurecieron al entonces presidente de Estados Unidos y su enrabietada reacción ante las monsergas circulaba por los mentideros de Washington.

La anécdota ha servido desde entonces para ilustrar una encendida discusión entre los aliados occidentales sobre el peso que ejerce Israel en la política exterior de Estados Unidos. En el centro de este debate está la constatación de que los intereses entre Israel y Estados Unidos pueden divergir en los conflictos bélicos que se suceden en Oriente Medio. Lo que para Israel es una "guerra de necesidad", porque sus enemigos quieren sustituirlo por un estado palestino "desde el río hasta el mar", es una "guerra de elección" para Washington y, según los casos, puede ser una guerra indeseada para los miembros de la OTAN.

Tras su encontronazo con Netanyahu, Clinton puso la mejor cara posible. La inquebrantable amistad entre Estados Unidos e Israel es un artículo de fe para los presidentes de Estados Unidos y todo inquilino de la Casa Blanca tendría que volver a nacer para distanciarse del primer ministro más longevo de la única democracia liberal en Oriente Medio. Israel es la tierra prometida como lo es Estados Unidos.

Netanyahu, que había sido elegido primer ministro ese año de la visita de Clinton (asumió el cargo por primera vez en unas elecciones israelíes gracias al voto popular), ha tratado a cinco presidentes de Estados Unidos a lo largo de su carrera. Dice y repite que entre ellos Donald Trump es, con diferencia, con el que mejor se ha llevado. En el último año se han visto en siete ocasiones.

Esto lo saben de sobra los ayatolás de Irán y sus proxies cercanos, Hamás en Palestina, Hezbolá en el Líbano, los Hutíes en Yemen y las milicias chiitas en Irak. Los "partidarios de Dios" quieren borrar el Estado de Israel de la faz de la tierra y consolidar a Irán como el poder dominante en la región. Saben que Israel los atacará por "necesidad" y que Estados Unidos, con o sin el beneplácito de sus proxies en el "decadente" bloque de los "infieles", lo hará por "elección". La cuestión esencial, para Teherán sobre todo, pero para todo el mundo también, es cuál será la elección de Washington en los próximos días y semanas. Estados Unidos puede escalar el conflicto, como parece querer Israel, o, al contrario, seguir los consejos de sus aliados de la OTAN, reducir la tensión y retomar el proceso diplomático.

Y la pregunta del millón es hasta qué punto están sincronizadas las políticas de Estados Unidos e Israel. A mediados de semana, Trump informó por las redes sociales que "no sabía nada" del bombardeo por Israel de los importantísimos yacimientos de gas que Irán comparte con Catar y añadió que si Irán tomaba represalias por el ataque de Estados Unidos, "con o sin la ayuda y el consentimiento de Israel", respondería con "una fuerza y un poder jamás visto por Teherán".

A Irán le interesa que descienda sobre la región esa densa niebla que crean los conflictos bélicos, el 'fog of war' que dicen los norteamericanos, y puede muy bien apostar por una creciente divergencia entre los objetivos de Estados Unidos y de Israel y por un irreversible enfriamiento de las relaciones entre Trump y los demás líderes de la OTAN. Por eso, Teherán no se rinde. El fanático régimen de los ayatolás llora el asesinato de sus dirigentes, pero puede celebrar estos días los indicios de quiebra en las filas de sus adversarios.

Justo cuando Trump estaba digiriendo esta semana la mala noticia de que Alemania, Francia y Reino Unido hacían oídos sordos a su petición de enviar buques de guerra para levantar el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz, dimitió en protesta por su política guerrera el jefe de su Centro Nacional Antiterrorista.

Los tres principales aliados de la OTAN no quieren implicarse en la operación Furia Épica que Estados Unidos e Israel han lanzado contra Irán porque la guerra destroza sus economías y porque sus respectivas poblaciones están decididamente opuestas al conflicto bélico.

Impopularidad de la guerra

Salvo entre los antisistema que financia Teherán, el rechazo a la brutalidad y al oscurantismo del régimen de los ayatolás es incuestionable en Europa, pero en parecida proporción lo es la impugnación del uso de intensos bombardeos aéreos para finiquitarlo. La impopularidad de la guerra entre los europeos irá en aumento según se prolongue el conflicto y penalice gravemente los bolsillos de quienes son ajenos al conflicto. Mientras tanto, el exmilitar y conocido 'halcón', Joe Kent, renunció a su cargo en los servicios de inteligencia porque la guerra se debía a "la presión de Israel y su potente lobby en Estados Unidos". En su carta de dimisión, Kent afirmó que Irán, que ya sufrió fuertes daños materiales en la guerra de Doce Días en junio del año pasado, no constituía ningún peligro inminente a Estados Unidos. Escribió que la actual guerra era innecesaria y sugirió que Trump eligió entrar en conflicto para complacer a Netanyahu.

La dimisión del jefe del contraespionaje no puede menos que remover conciencias, y acaso actitudes, en el ultraconservador movimiento MAGA que tiene a Kent como patriota que pone a América Primero. Los de 'Make America Great Again' son la base que apoya al presidente y votaron en masa a Trump porque les prometió que acabaría con las guerras que a Estados Unidos ni le van ni le vienen. Esta burlada promesa le va a perseguir a Trump cual némesis en los dos años y medio que le restan de mandato.

Con su renuncia, el ya exjefe del contraterrorismo en Estados Unidos aludió muy directamente a lo que los geoestrategas llaman la "guerra de necesidad" y la "guerra de elección". Las dos alternativas fueron planteadas en 2009 por el diplomático Richard N. Haass, una eminencia norteamericana en los temas de seguridad y Defensa, en un libro titulado 'War of Necessity, War of Choice'.

En su ensayo Haass, que fue asesor del Departamento de Estado y ha liderado numerosos debates sobre la política exterior de Estados Unidos, comparó los pasos que condujeron a la Guerra del Golfo, 1990-1991, que tras la invasión iraquí de Kuwait culminó en la eventual expulsión de las fuerzas ocupantes de Sadam Hussein, con los que rigieron en la Guerra de Irak, 2003-2011, que supuso la muerte del sanguinario dictador y un caótico cambio de régimen.

Haass calificó la primera guerra, declarada por el presidente George Bush padre y apoyada por una amplia coalición de países, como una guerra de "necesidad" por razones estratégicas, cuyo coste fue relativamente modesto, que cumplió con los preceptos de la guerra justa y que contó con la legitimidad de Naciones Unidos.

La segunda, declarada por el presidente George Bush hijo, no fue una guerra necesaria porque, según escribió Haass, "Estados Unidos bien pudo haber logrado un cambio en la conducta del régimen [de Sadam Hussein] y un cambio en la amenaza del régimen sin un cambio de régimen." Estados Unidos y sus aliados, los gobiernos de España y Reino Unido entre ellos, sin embargo, eligieron creerse que Sadam Hussein almacenaba armas de destrucción masiva y declararon la guerra.

Sin sopesar las consecuencias

Presidente durante veinte años del prestigioso Council on Foreign Relations en Nueva York, Haass ha reiterado estos días en numerosas entrevistas que la guerra de Irán es mismamente una guerra de "elección" y sostiene que Trump, carente de una estrategia a medio y largo plazo, la declaró sin consultar a sus aliados y sin sopesar las consecuencias que los bombardeos tendrían en la economía global. Y al igual que Kent, el exjefe del Centro Nacional Antiterrorista, Haass no pierde oportunidad de sacar punta de la ironía que aflora en la actual Casa Blanca: Trump, que centró gran parte de su campaña presidencial de 2024 en la crítica de las "guerras de nunca acabar" en Irak y en Afganistán que declararon Administraciones anteriores, no sabe cómo poner término a esta en el Golfo que él ha iniciado.

Hoy se reúne el Gobierno español en un consejo extraordinario para acordar su respuesta al impacto económico de la guerra en Irán. Sin duda, será consciente de que la guerra puede que sea tan larga como desastrosas sus consecuencias.

Para Netanyahu es una guerra de necesidad porque la existencia del Estado judío depende del cambio de régimen en Irán. El primer ministro de Israel lleva toda su vida diciendo eso mismo. Para su buen amigo Trump es una guerra de elección. Y nadie puede anticipar lo que es capaz de hacer el impredecible presidente de Estados Unidos. ¿Who the f**k se cree que es Trump? Cualquiera sabe. O lo sabe demasiado bien.

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Fuente original: Leer en Expansión
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