De la capacidad del PSOE para ofrecer una respuesta convincente al actual terremoto judicial dependerá buena parte de su futuro
Regala esta noticia Añádenos en Google Pedro Sánchez interviene en la clausura del 27º Congreso de Juventudes Socialistas. (Efe)Alberto Surio
07/06/2026 a las 00:05h.La decisión de Pedro Sánchez de descartar un adelanto electoral y anunciar su disposición a presentar los Presupuestos para 2027 no ha sido un movimiento ... rutinario. Ha sido, sobre todo, un mensaje político dirigido a sus socios parlamentarios y, muy especialmente, al PNV, en un momento de máxima fragilidad para la legislatura. La continuidad del Gobierno depende tanto de los números como de la confianza, y esta última atraviesa una fase crítica. La filtración del sumario relacionado con Leire Díez ha irrumpido con la fuerza de una onda expansiva que amenaza con alterar todos los equilibrios.
La reacción inmediata del socialismo español ha sido previsible: el cierre de filas. La percepción de que existe una operación destinada a provocar la caída de Sánchez e, incluso, su imputación penal para inhabilitarle políticamente. En amplios sectores del PSOE está profundamente arraigada la convicción de que determinados poderes nunca aceptaron plenamente la fórmula política construida por el actual presidente. La alianza con la izquierda alternativa, los pactos con las fuerzas nacionalistas e independentistas y una agenda política alejada de los consensos tradicionales han convertido a Sánchez en una figura especialmente polarizadora.
No se trata de una percepción completamente imaginaria. Existe una parte de la derecha española que considera que el actual modelo de gobernabilidad constituye una anomalía que debe corregirse. Para esos sectores, el PSOE de Sánchez dejó de ser aquella fuerza socialdemócrata previsible y sistémica que contribuyó a estabilizar el régimen surgido de la Transición. Lo contemplan como un actor dispuesto a alterar algunos equilibrios históricos y a otorgar un protagonismo político excesivo a fuerzas que cuestionan el modelo territorial o institucional.
Sin embargo, esa interpretación, aun pudiendo contener elementos de verdad, resulta insuficiente para explicar la profundidad de la crisis actual. Porque el principal problema del PSOE no reside únicamente en la existencia de adversarios políticos decididos a desalojarlo del poder. El problema surge cuando las acusaciones encuentran un terreno fértil sobre el que asentarse y cuando las explicaciones ofrecidas resultan incapaces de disipar las dudas.
Por eso la respuesta no puede limitarse a la denuncia de una supuesta persecución. Ni a la construcción de un relato defensivo basado exclusivamente en la existencia de una operación de acoso y derribo. El PSOE necesita afrontar una pregunta mucho más incómoda: qué ha ocurrido dentro de sus propias estructuras para que quienes se presentaban como portadores de un proyecto de regeneración aparezcan ahora vinculados, aunque sea indirectamente, a prácticas que erosionan la confianza pública.
La justicia deberá determinar responsabilidades, establecer hechos probados y delimitar conductas. Esa es su función. Pero la política tiene obligaciones distintas y más inmediatas. Exige asumir responsabilidades antes incluso de que existan sentencias firmes cuando la credibilidad de las instituciones se encuentra en juego. Y exige, sobre todo, una reflexión profunda sobre los mecanismos de control interno y sobre la cultura política que se ha desarrollado en torno al poder.
De la capacidad del PSOE para ofrecer una respuesta convincente dependerá buena parte de su futuro. Pero también algo más relevante: la capacidad de la izquierda para reconstruir un horizonte político reconocible en un contexto de creciente desorientación social. Cuando los ciudadanos perciben que todos los actores políticos se comportan de manera similar, la consecuencia no suele ser una mayor exigencia democrática. Crecen la desafección, el cinismo y la tentación antipolítica.
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