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Tras el reciente escándalo de las joyas, ha quedado claro que el expresidente del Gobierno de España, quien se presentaba como liberal, era un impostor.
La imputación del expresidente, José Luis Rodríguez Zapatero, fue interpretada por destacados analistas como un punto y final. El auto, en palabras de Ricardo T. Lucas en EXPANSIÓN, "ha abierto una grieta entre el Gobierno y sus aliados que será muy difícil volver a coser. Zapatero era el pegamento de la mayoría de la investidura, entre el PSOE y los separatistas. Una labor que todos pensaban que hacía por afinidad ideológica, pero que según la investigación judicial respondía a un mero interés mercantilista". Varios analistas coincidieron en calificar a Zapatero de impostor a raíz de este escándalo, pero a mi juicio, el zapaterismo alberga ingredientes ideológicos relevantes y abarca una larga carrera donde la impostura fue permanente.
Tras muchos años de silencio, pero viviendo siempre de la política, Zapatero rompió a hablar a partir del año 2000 cuando fue elegido secretario general de un PSOE a la deriva, ya sin Felipe González, y ante un PP que renovó a Aznar con mayoría absoluta. La engañifa empezó entonces, con un Zapatero que cultivó una imagen cuidadosamente moderada, que mantuvo hasta que llegó a la Moncloa de aquella extraña manera. El lector recordará su imagen de Bambi, la ceja, y sus consignas: el "talante", o el "cambio tranquilo", y, por supuesto, "bajar los impuestos es de izquierdas".
Una vez en el Gobierno aprovechó el ciclo económico favorable para seguir presentándose como moderadamente liberal, y terminaría suprimiendo el Impuesto de Patrimonio. Poco después lo restablecería nuevamente, cuando la crisis, que se obstinó en negar, lo obligó a un ajuste de proporciones tan apreciables que desmanteló su discurso y lo apartó de la política activa.
Pero en su supuesto retiro también engañó, asegurando que se mantendría al margen de toda actividad que tuviera que ver con la política, para ser solo "inspector de nubes". Siguió pretendiendo ser un ángel de paz, amor y justicia, con su célebre declaración: "Ser socialista es normalmente tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho". Normalmente osado, dijimos algunos.
Con el tiempo, e incluso en ausencia de su supuesto latrocinio, que dirimirán los jueces, la impostura del siempre sonriente Rodríguez Zapatero -lo llamé Smiley en mis artículos- fue quedando tan patente como lúgubre, porque fue el germen del siniestro sanchismo que le sucedería.
En efecto, los socialistas que predican contra la polarización empezaron a polarizar precisamente con Zapatero, con la demonización de la derecha, el antiamericanismo, el populismo bolivariano, la recuperación de la Guerra Civil, la ruptura del consenso antiterrorista y el acercamiento a los separatistas con la aceptación de sus decisiones. Y pretendiendo "decencia" cuando quería básicamente dividir, como con el matrimonio homosexual, que, como subrayó Ricardo Cayuela en The Objective, "fue presentado menos como una ampliación de derechos civiles que como un mecanismo de delimitación moral: quien dudara quedaba situado fuera de la modernidad. El consenso era anatema".
Como se ve, lo de Warren Sánchez estaba en Smiley Zapatero, y en el fondo estribaba en liquidar el viejo PSOE. Escribió Ignacio Varela en El Confidencial: "Zapatero dirigió ese partido durante doce años y Sánchez lleva otros doce: prácticamente todo lo recorrido en el siglo XXI, con el melancólico y efímero paréntesis de Rubalcaba. Al primero lo eligieron sin saber nada de él porque Alfonso Guerra tenía una venganza pendiente con Bono. Al segundo, igualmente anónimo, porque una Susana Díaz despechá quiso escarmentar a Madina. Ellos se lo buscaron".
Queriendo acabar con lo viejo, igual hacen lo propio con lo nuevo. Las sucesivas derrotas electorales así lo sugieren, aunque todo indica que Warren está dispuesto a seguir, erre que erre, confiando en reproducir en 2027 el pacto con los mayores enemigos de España y de la libertad que lo llevó a Moncloa.
La dificultad, sin embargo, estriba en que la impostura de Smiley, con o sin joyas, fue gradualmente visible, mientras que la de Warren fue patente desde el primer día.
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