En la izquierda superior, un Nicolás Maduro de 43 años visita a Sathya Sai Baba junto a Cilia Flores; en el centro, Delcy Rodríguez durante su última visita a la ciudad de Puttaparthi. Diseño E. E.
Reportajes VENEZUELA Sai Baba, el gurú hindú de Delcy al que Maduro pidió gobernar, convertido en 'santo' chavista: "Le reza para tomar decisiones"Su movimiento espiritual, llegado a Venezuela durante los años setenta e incorporado después al universo simbólico del chavismo, reaparece hoy en el centro del poder tras el relevo forzado en Caracas.
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Julio César Ruiz Aguilar Publicada 11 enero 2026 02:14hEl silencio en Puttaparthi no es el de los templos turísticos ni el de los lugares diseñados para la contemplación occidental. Es un silencio funcional, disciplinado, casi administrativo. Se entra descalzo, se camina despacio. No hay consignas ni discursos. Sólo flores, mármol, vigilantes atentos y un orden que no parece religioso, sino político.
En ese lugar —Prasanthi Nilayam, el ashram central de Stahya Sai Baba, en el estado indio de Andhra Pradesh— estuvo Delcy Rodríguez. No una vez, sino al menos en dos ocasiones documentadas en los últimos años.
En agosto de 2023, primero. En octubre de 2024, de nuevo. Vestida con túnicas claras, inclinando la cabeza ante el altar floral del gurú fallecido, recorriendo los mismos pasillos que antes transitaron mandatarios, ministros y millonarios de medio mundo.
No fue una visita anunciada por Caracas. Tampoco por la prensa oficial venezolana. La constancia apareció en otro lado: en las notas del propio movimiento Sai, en galerías institucionales, en comunicados breves que hablaban de "una distinguida visitante de Venezuela".
Ninguna declaración pública. Ninguna referencia económica. Sólo devoción. "Le reza para tomar decisiones", expresó en su página web la Sri Sathya Sai Central Trust.
La escena habría pasado inadvertida si no fuera porque, a comienzos de 2026, Delcy Rodríguez dejó de ser únicamente la vicepresidenta todopoderosa del chavismo para convertirse en la jefa interina del Estado venezolano tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en Caracas.
De pronto, aquella imagen aparentemente lateral —la fe privada, el ritual indio— empezó a adquirir otro peso: el de una constante silenciosa en el corazón del poder del régimen venezolano.
Delcy Rodríguez sujeta en sus manos el retrato de Sai Baba en la ciudad de Puttaparthi durante su última visita, en 2023. Redes.
Una devoción precedida
La relación entre el chavismo y Sathya Sai Baba no comenzó con Delcy Rodríguez. Dos décadas antes, en 2005, Nicolás Maduro —entonces presidente de la Asamblea Nacional— y Cilia Flores, su esposa, viajaron a Puttaparthi y posaron junto al líder espiritual hindú, envuelto en su túnica naranja, rodeado de seguidores.
La fotografía ha circulado durante años como una rareza exótica del archivo chavista. Pero no fue un gesto aislado. Maduro cruzó medio planeta con una convicción muy concreta: no iba a conocer a un líder espiritual más, sino a una figura en la que creía reconocer un reflejo propio.
Compartían una fecha de nacimiento —el 23 de noviembre— y, para él, ese dato tenía un peso que iba más allá de la superstición. Lo leía como un signo. Sai Baba celebraba ese día su cumpleaños y, en torno a esa coincidencia, un Nicolás de 43 años construía una certeza íntima: que la historia, de algún modo, lo estaba señalando.
En 2005 Nicolás Maduro visitó, junto a Cilia Flores y el hijo de ésta, a Sai Baba. "Siempre recuerdo cuando nos conocimos y nos dio sus bendiciones", escribió hace tan sólo seis semanas en su Facebook. Redes.
El gurú hindú no era un maestro menor. Se había proclamado a sí mismo la última encarnación divina y había levantado, a lo largo de décadas, una red espiritual global con millones de seguidores, escuelas, hospitales y una devoción férrea hacia su figura.
Cilia Flores, la más espiritual del matrimonio, observaba ese modelo con atención, y se lo hizo saber a Maduro, que se adentró en él. No como un creyente ingenuo, sino como político que entiende el poder de la lealtad absoluta. Gobernar, intuía, también podía parecerse a eso.
La visita se organizó desde el Estado. Para facilitar el desplazamiento y los contactos, el Gobierno venezolano recurrió a su embajada en Nueva Delhi. Al frente estaba entonces Walter Márquez, diplomático cercano al chavismo y parte del círculo de confianza del poder en aquellos años iniciales del proyecto bolivariano.
Márquez, que ha reconocido su relación directa con Maduro y Cilia Flores en los primeros tiempos del mandato de Hugo Chávez, fue el encargado de abrir puertas, coordinar agendas y garantizar que la peregrinación política llegara hasta el corazón del universo Sai Baba.
En el 2011, tras la muerte del gurú, la Asamblea Nacional de Venezuela aprobó un acuerdo oficial lamentando su fallecimiento. El Estado venezolano —formalmente laico, revolucionario y marxista— dedicó un reconocimiento institucional a un gurú indio venerado por millones —entre ellos, contaba con unos 200.000 seguidores en Venezuela después de establecerse en el país a principios de los 70— y cuestionado por otros tantos. No fue una nota marginal: quedó registrada en Gaceta Oficial.
Acuerdo aprobado por la Asamblea Nacional de Venezuela en mayo de 2011 en el que el Parlamento se suma oficialmente al luto por la muerte de Sathya Sai Baba, líder espiritual indio, y subraya los vínculos "espirituales, culturales y diplomáticos" entre Venezuela y la India. E. E.
La fe, en el chavismo, nunca fue un asunto estrictamente privado. Hugo Chávez combinó catolicismo popular, mística bolivariana y retórica mesiánica. Maduro añadió capas esotéricas, referencias cósmicas, lecturas propias.
Sai Baba encajaba en ese ecosistema simbólico: un líder espiritual global, antioccidental en las formas, carismático, con una estructura casi estatal. Delcy Rodríguez heredó ese vínculo sin exhibirlo. No habló de él. No lo convirtió en discurso. Simplemente fue.
Delcy Rodríguez asumirá la Presidencia de Venezuela por orden del Tribunal Supremo controlado por el chavismoLa número dos
A sus 56 años, Delcy Eloína Rodríguez Gómez es cualquier cosa menos una figura improvisada. Es producto puro del chavismo institucional. Abogada de formación, militante de izquierda desde joven, hija de Jorge Antonio Rodríguez —marxista radical, fallecido tras ser detenido en los años setenta— y hermana de Jorge Rodríguez, actual presidente de la Asamblea Nacional y uno de los hombres más cercanos a Maduro.
Su entrada en la política se produce tras el fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002. Mientras el poder chavista se tambaleaba en Caracas, Delcy Rodríguez protagonizó una escena que ella misma relataría años después.
Junto a su madre, tomó simbólicamente la embajada de Venezuela en Londres para protestar contra el efímero gobierno de Pedro Carmona. No fue una anécdota. Fue una declaración de lealtad.
A partir de ahí, su ascenso fue constante. Ministerio de Comunicación. Cancillería. Vicepresidencia. Control de áreas estratégicas del aparato de inteligencia. En 2020, el manejo directo de la economía en plena crisis, con sanciones internacionales, hiperinflación y colapso del modelo socialista clásico.
Rodríguez no es una ideóloga. Es una operadora. Bajo su supervisión, Venezuela pasó —sin admitirlo públicamente— de un sistema socialista rígido a una economía de facto dolarizada, con amplias zonas de libre mercado, acuerdos con élites empresariales y una apertura selectiva al capital extranjero, especialmente en el sector petrolero.
Esa capacidad le ha granjeado un respeto incómodo incluso en Washington. Sectores de la administración Trump han reconocido, en privado, que Delcy Rodríguez es "alguien con quien se puede hablar". No porque sea moderada, sino porque entiende el lenguaje del poder.
La presidenta venezolana Delcy Rodríguez este jueves durante una ceremonia en honor a los muertos durante el ataque de EEUU. Leonardo Fernández Viloria. re
De Washington DC a Puttaparthi
El dilema de Delcy Rodríguez en 2026 es extremo. Por un lado, una sociedad venezolana exhausta, que desconfía tanto del chavismo como de cualquier tutela estadounidense. Por otro, un presidente norteamericano que no oculta la amenaza.
En un discurso televisado tras la captura de Maduro, Rodríguez denunció un "secuestro" y prometió que "la historia y la justicia harán pagar a los responsables". Horas después, sin embargo, publicó un mensaje muy distinto: una invitación explícita a Estados Unidos para trabajar en una "agenda cooperativa" basada en el derecho internacional.
Donald Trump respondió a su manera: cooperación sí, pero bajo condiciones. "Si no hace lo correcto, pagará un precio muy alto", dijo. Ese doble registro —retórica incendiaria hacia dentro, pragmatismo absoluto hacia fuera— define mejor que ninguna biografía quién es Delcy Rodríguez.
Los españoles contra Maduro y contra Trump: un 57% apoya la captura pero un 64% cree que se violó el derecho internacionalUna mujer que puede invocar la épica revolucionaria y, al mismo tiempo, negociar petróleo, sanciones y gobernabilidad. Y quizá por eso el ashram de Sai Baba importa. No como exotismo. Sino como metáfora.
En Puttaparthi no se gobierna con discursos, sino con orden. No se grita. No se improvisa. Todo tiene un lugar, una jerarquía, una liturgia. Delcy Rodríguez camina por esos pasillos con la misma naturalidad con la que transita los despachos del poder venezolano.
No se sabe qué cree. Sí se sabe cómo actúa. En un país acostumbrado a liderazgos carismáticos, Delcy Rodríguez representa otra cosa: la continuidad técnica del chavismo sin Chávez y sin Maduro. Una heredera sin carisma, sin épica, sin altar propio. Tal vez por eso mira tan lejos para encontrar silencio.