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Japón ha sido la cuna de grandes cineastas reconocidos en todo el mundo como Kenji Mizoguchi, Yasuhiro Ozu y Akira Kurosawa, cuyas películas figuran en las preferencias de todos los cinéfilos. Resulta mucho más desconocida en Europa la saga de escritores japoneses de ... novela negra entre los que cabría citar a Ranpo Edogawa, Keigo Higashino, Akimitsu Takagi y Masako Togawa. Sobre todos ellos, se alza la figura de Seicho Matsumoto, un verdadero maestro del género, a la altura de Georges Simenon.
No deja de resultar paradójico que, durante la II Guerra Mundial, la novela negra estuviera prohibida en Japón porque las autoridades consideraban que era una distracción decadente que mermaba los sentimientos patrióticos. Matsumoto, que trabajaba en el departamento de publicidad del 'Asahi Shimbum', el mayor periódico del país, se vio obligado a alistarse y fue enviado a Corea. Su sentimiento de rechazo al ejército se mantuvo durante toda la vida.
Al terminar el conflicto, Matsumoto volvió al periódico y se incorporó a la redacción. Allí comenzó a hacer reportajes y a publicar sus primeros libros. En 1956, dejó el periodismo para dedicarse a la literatura. Hay muy pocos casos de escritores tan prolíficos como Matsumoto, autor de varios cientos de obras, la mayoría novelas, pero también ensayos de historia, arqueología y de otras temáticas. Sus ideas estaban muy cercanas al socialismo, marcado por una intensa fobia al capitalismo americano y una pública simpatía hacia el castrismo.
Nacido en 1909 en una humilde familia de la prefectura de Fukuoka, falleció en 1992 en Tokio. Durante unas protestas en 1960 contra la política estadounidense en el Pacífico, escribió una novela en la que denuncia una trama criminal de agentes secretos de la CIA para sabotear el movimiento obrero japonés y desinformar a la opinión pública, un libro que suscitó una intensa polémica en el que mezclaba datos reales con su imaginación.
Se ha dicho que las obras de Matsumoto están impregnadas del nihilismo que sacudió Japón tras la derrota en 1945, pero también son una denuncia de la corrupción, la desigualdad social y el poder de las élites. Nada de esto es tan relevante como su agudo retrato de las costumbres y la mentalidad japonesa que trasciende en sus textos. Quien quiera conocer Japón tiene que leer a este autor.
Matsumoto es el padre de media docena de novelas policiacas que deberían figurar en cualquier antología del género. Puede que la mejor sea 'La chica de Kyushu', publicada en 1961, una obra maestra editada en castellano por Libros del Asteroide. El desarrollo in crescendo de la narración, la caracterización de sus personajes y el ingenioso final ponen de relieve el enorme talento de este escritor.
La trama comienza cuando Kiriko Yanagida, una joven sin recursos, viaja a la isla de Kyushu para pedir a un famoso abogado que defienda a su hermano, acusado de asesinato. Está convencida de que es inocente y de que Kinzo Otsuka es el único que puede librarle de la pena de muerte. El eximio jurista rechaza su petición porque Yanagida no puede pagar sus honorarios y hay otros casos que ocupan su atención. Tiempo después, recibe una carta de Kiriko que le informa de que su hermano ha muerto en la cárcel en la más absoluta desesperación. Su defensa ha corrido a cargo de un abogado de oficio, que hizo mal su trabajo y fue incapaz de probar su inocencia.
Matsumoto hace un retrato durísimo del funcionamiento de una Justicia que sólo está al alcance de los ricos
Otsuka, al que le remuerde la conciencia, decide investigar los hechos. Matsumoto relata el transcurso de las pesquisas del sagaz penalista, entregado a descubrir la verdad, mientras avanza otra historia paralela. Es la de la venganza que ha planeado Yanagida durante muchos meses y que confluye en las últimas páginas de la novela con la investigación del abogado. Matsumoto enlaza de forma magistral las dos tramas, mientras hace un retrato durísimo del funcionamiento de una Justicia que sólo está al alcance de los ricos. Otsuka llega a esta amarga conclusión tras constatar las deficiencias de un sistema judicial negligente.
La mayoría de los protagonistas de sus novelas no son personajes épicos sino oficinistas, empleados anónimos o policías de bajo rango, que se ven atrapados por el sistema y que no encuentran posibilidades de promoción en una sociedad donde la movilidad social es ínfima. Su rechazo al 'establishment' entronca con la gran tradición de la novela negra americana del siglo XX, de la que es deudor por su admiración por autores como Dashiell Hammett.
Por encima de todo, Matsumoto era un adicto a la escritura y un hombre obsesionado por rebelarse contra unos valores que creía que habían llevado a Japón a su destrucción. Un museo evoca su trayectoria en Kitakyushu, su ciudad natal. Allí están sus manuscritos, cartas, fotografías y objetos personales que evocan la trayectoria de un escritor que hoy es tan venerado en su país como desconocido fuera.
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