La muerte tiene estas feas ocurrencias. A veces se lleva a la gente cuando todavía tiene mucho que darnos, incluso en su mejor momento
Regala esta noticia Añádenos en Google El escritor gallego Domingo Villar, fallecido en 2022. (R.C.) 28/07/2026 a las 00:15h.La muerte tiene estas feas ocurrencias. A veces se lleva a la gente cuando todavía tiene mucho que darnos, incluso en su mejor momento. Le ... ocurrió al novelista Domingo Villar, gallego de Vigo, que ejerció de tal en la vida y la literatura, y que al tiempo que lo hacía nos regaló a un personaje, el inspector Leo Caldas, y tres libros, Ojos de agua, La playa de los ahogados y El último barco, que por sí solos y sin necesidad de más lo hacen acreedor a un lugar de honor en la historia de nuestra ficción criminal. Escribía en su lengua materna, el gallego, se traducía a sí mismo al español y otros lo llevaron a varias lenguas en las que obtuvo crédito merecido y aspiró a prestigiosos premios.
En tiempos en los que el género negro, arrastrado por los tics y las urgencias algorítmicas de sus derivados audiovisuales, rebosa vísceras al aire, tipos desquiciados, balaceras y colisiones de automóviles, conforta hasta el estremecimiento que Villar empiece su novela en la atmósfera detenida de una habitación de hospital, en la que un hombre ve apagarse a su hermano y a la que llega el hijo y sobrino, que no es otro que Leo Caldas, para cerrar el triángulo de fraternidad humana ante ese dolor.
A partir de ahí, la historia, a la que se incorpora el cadáver de un hombre ahogado cuya muerte debe esclarecer el inspector, fluye con elegancia y sin estridencia por un paisaje, el de la ría de Vigo, que da sentido y empaque a lo que se cuenta, de tal modo que el lector siente que la historia no podría suceder en ningún otro lugar. El mar, sus gentes y la dureza de sus vidas, consustanciales al alma gallega, marcan por entero el relato.
La mirada compasiva, herida y melancólica de Caldas se hace verbo en la orden que le da a su subordinado, Estévez: «Mientras estés a mis órdenes te prohíbo atropellar a nadie». Así progresan la investigación y la narración, sin atropello, y acaban con el hallazgo del culpable, sí, pero también con la aceptación del misterio que a todos nos traspasa. Al final del libro, ante la alegría con que recibe a su padre un perro cuya propiedad niega, Caldas sentencia: «Yo creo que él no sabe que no es tuyo».
Y en esa ironía está todo.
- Temas
- Vigo