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«Soy Jorge Matías, alcohólico rehabilitado. Te cuento cómo caí en el pozo y cómo pude salir»

«Soy Jorge Matías, alcohólico rehabilitado. Te cuento cómo caí en el pozo y cómo pude salir»
Artículo Completo 2,031 palabras
Recreamos en quince episodios el descenso a los infiernos de este obrero del metal de Alcalá de Henares que lleva ya más de 15 años sobrio y acaba de publicar su primera novela
«Soy Jorge Matías, alcohólico rehabilitado. Te cuento cómo caí en el pozo y cómo pude salir»

Recreamos en quince episodios el descenso a los infiernos de este obrero del metal de Alcalá de Henares que lleva ya más de 15 años sobrio y acaba de publicar su primera novela

Yolanda Veiga y Anartz Madariaga

Domingo, 15 de febrero 2026, 00:21

Descensoa los infiernos

Bullying en EGB

«Sufrí acoso escolar en EGB. Algunos compañeros me esperaban a la salida del colegio para darme ‘el aguinaldo’. El director me dijo que no era para tanto. Eran otros tiempos. No hice BUP porque no había muchos institutos en Alcalá de Henares y no quería encontrarme con mis acosadores. El miedo me llevó a FP, que en mi época era el lugar a donde iban a parar los despojos. Me convertí en una persona frustrada que odiaba lo que hacía y que se autodespreciaba»

La primera borrachera

«Me la pillé en el pueblo, con 15 o 16 años, en las fiestas patronales. En mi pueblo consisten exclusivamente en beber. Sirven gratis una bebida que hacen los mozos del pueblo con brandy barato, vino barato, refrescos y melocotón. Viene a ser una democratización de la borrachera, puedes ponerte hasta las trancas sin pagar un duro. Existe una especie de fraternidad etílica entre los pueblos de España. Todos quieren ser los más borrachos»

El alcohol: un amigo que te escucha

«Encontré en el alcohol una vía de escape, una fuga, y durante años mi ritual fue fumar porros y beber cerveza, aunque los canutos no me afectaban tanto. Antes de empezar a beber solo, lo hacía con amigos. Nunca he bebido normal. Mientras otros se bebían dos tercios, yo bebía cinco»

«El alcohol se presenta casi como un amigo, te escucha y te arrulla. Le puedes contar cualquier cosa y terminará dándote la razón. Además, cuando llevas varios litros encima, te da igual el sabor. Posiblemente, no me habría enterado si el camarero se hubiera meado en mi cerveza»

Mi rutina al salir del trabajo

«Cuando terminaba de trabajar, me detenía en los bares del polígono y pedía dos jarras de cerveza. Dejaba el polígono y acudía al Bar Colón a beberme un tubo. En la calle paralela, pedía un par de dobles en el Extremadura. Después iba al bar de las uruguayas y me pedía dos jarras de las grandes»

«Luego iba a casa y en una tienda regentada por una familia china compraba entre seis y ocho latas de Mahou. Algunos días, a las nueve bajaba otra vez porque se me había acabado la cerveza y no podía dormir. Al entrar, el dependiente me saludaba con un ligero cabeceo. Era su mejor cliente»

La montaña rusa de cada borrachera

«La ensoñación que me proporcionaba la primera cerveza al salir del trabajo contribuyó mucho a engancharme. Aquel momento, apenas un ratito, era placentero como pocas cosas en la vida. Cuando te flojean un poco las piernas y notas la mente menos rígida, cuando todo parece que va a ir mejor, que nada es para tanto»

«Aquel momento casi brillante, de descerebrado optimismo, se tornaba más oscuro y tenebroso a medida que varios litros de cerveza iban cayendo. Entonces, mi mente acudía a los más oscuros rincones y desenterraba toda la mierda. Pero era un precio que estaba dispuesto a pagar: unos instantes de optimismo a cambio de varias horas de borrachera amargada, oscuridad y pesadumbre»

Hasta el agua del cenicero

«Una noche saboreé el espanto, el horror. Me acosté borracho y no lograba pegar ojo. La cama daba vueltas y no paró hasta las cuatro o cinco de la mañana. Desperté con el habitual sudor etílico de las borracheras veraniegas, deshidratado. Recordé que había dejado un vaso de agua en la mesilla. Busqué a tientas y toqué algo que me pareció el vaso. Lo cogí con la mano temblorosa y eché un trago con ansia»

«Tardé unos segundos en darme cuenta de que no era el vaso de agua, sino el cenicero con agua que dejo siempre porque me da miedo dormirme fumando y que arda la cama. El agua sucia me resbalaba por la barba con toda su fetidez, pero no me levanté a lavarme los dientes o a vomitar. Me quedé dormido»

La noche que lloré sentado en el baño de una pensión

«Tras mi viaje a Galicia fui a León, solo. Para ahogarme en cerveza, para destruirme. Recorrí el Barrio Húmedo bebiendo sin parar. Deseaba ponerme hasta las trancas, arrastrarme por las calles y los bares hasta no poder más, beber hasta reventarme. Quería dejar de sentir. El primer día solo comí una tapa de morcilla. Por la tarde, en una terraza se negaron a servirme más. Volví al hotel, me desnudé como pude y me quedé dormido»

«Dejé el precioso hotel frente a la catedral y busqué una pensión con olor a fritanga para quedarme unos días más. Una noche volví tambaleándome a la pensión, borracho, con sudores y fiebre. Me desnudé y me arrastré como pude hasta el retrete para vomitar. Me quedé tumbado en el frío y áspero suelo de cerámica. Cuando desperté abrí el grifo de la ducha y me senté en el suelo, dejando que el agua me ‘purificara’. Me encogí y lloré»

El punto deinflexión

Mi cumpleaños

«29 de agosto, cumplía 33. Salí a celebrarlo solo, por la mañana, entrando en todos los bares que me encontré de camino. Una jarra grande de cerveza. Me la bebí rápido. Pedí otra. Creo que me llamó alguno de mis hermanos para felicitarme, puede que hablara con mi padre, no lo sé. Sobre las doce de la mañana llamó mi amiga Nieves. ‘¿Estás bebiendo?’, ‘Sí. Estoy celebrando mi cumpleaños’. ‘Estás medio borracho ya. ¿Te parece normal?’»

«Ese día tomé la decisión de dejar la bebida. Pedí otra jarra de cerveza, noté cómo volvían a flojearme las piernas y los brazos. Ahora sí. Lo dejo. Para entonces yo ya notaba que se me piraba la cabeza y no era capaz de frenar. Jamás he sido un alcohólico violento o peligroso, pero había llegado a un punto en el que mi vida me importaba muy poco. Bebía como un regimiento de cosacos y había descendido a las catacumbas de la razón»

Larecuperación

La primera noche

«La noche de mi cumpleaños llegué a casa y entré en mi dormitorio. El escritorio, la repisa, las estanterías, el suelo… todo estaba lleno de latas de cerveza vacías, había más de cincuenta. Las metí en una bolsa y bajé a tirar la basura. La tormenta estaba en marcha y no sabía cómo afrontar lo que estaba por venir. En la cama sudé mientras daba vueltas una y otra vez en el maltrecho colchón, las sábanas eran un guiñapo. Me levanté a las siete, no había dormido nada»

Los primeros meses sin beber

«Los meses posteriores a tomar la decisión de dejar el alcohol los pasé encerrado casi todos los días en el dormitorio de un piso de protección oficial. Por la ventana no entraba la brisa, solo el sonido de los ladridos de perros y de las litronas de los porreros de abajo. Estaba quitándome en un lugar donde nadie se quita. Todos aquellos ruidos que me eran tan familiares me dolían y me angustiaban»

El regreso sobrio al pueblo

«En el pueblo, todo el mundo me saludó efusivamente, pero la prueba de fuego vino en el bar. Pedí una Coca-cola, pero mis amigos me sacaron una cerveza. Le dije que ya no tomaba alcohol. ‘¿Estás enfermo?’, ‘con lo que tú has sido’, ‘¿ahora me vienes con estas?’, ‘pues yo no pienso dejar de beber’. Era la primera vez que estaba sobrio en las fiestas»

«Me sentí incómodo, me aburrí bastante. Me di cuenta de que lo único que me unía a muchas de aquellas personas era el alcohol. Ya no existía ningún vínculo real, ninguna unión entre nosotros. No sentí nostalgia ni melancolía. Solo pensé que yo ya no formaba parte de aquello»

Al fin un premio

«Después de unos años sin beber, mi cuenta corriente creció. No eres consciente del dineral que se te va cuando bebes. Me dejaba 200 euros a la semana en alcohol, se me iba casi todo el sueldo. Hacer cuentas con lo que gastaba antes en beber se convirtió en un placer. Por fin había algo tangible, algo útil, un premio por haber dejado el alcohol»

Ex adictos de primera y de segunda

«Un tipo decente con estudios superiores, que gana su buen dinero y tiene una bellísima familia, tres coches y dos pisos preciosos sí puede caer en las drogas y ofrecer su testimonio una vez las ha dejado. Cualquiera puede compadecerse de él. ‘Fíjate, teniéndolo todo y cómo acabó’, ‘qué valiente al contarlo’...»

«Sin embargo, empatizar con un peón de albañil es más complicado porque nadie quiere ser un puto peón de albañil. Nadie quiere a un exyonqui construyéndole la casa, ni vendiéndole pan, ni instalándole una lavadora»

No soy un exadicto moralizante

«Ahora tengo un apartamento pequeño, menos de cuarenta metros cuadrados. He tenido parejas que bebían, pero no soy un exadicto moralizante. No me importa si otros beben, solo quiero que no me agobien insistiendo en que tome algo que no sea Pepsi»

«Una de mis parejas se dejó dos latas de cerveza en mi nevera. Rompimos y las cervezas se quedaron ahí. Siguieron allí un mes, pero ya no oí sus cantos de sirena. Finalmente, las saqué y las vacié en el fregadero. Me deshice de las latas con la misma indiferencia que tiro a la basura el corazón de una manzana o el papel de las magdalenas»

Nadie me esperaba aquí

«Acabo de publicar ‘La frontera azul’. No es el testimonio de un alcohólico pasado de vueltas que habla de sí mismo. No es el libro de un borracho. Es el retrato de un barrio deprimido, paradójicamente aislado junto al casco histórico de Alcalá de Henares. Un barrio marginal, duro y difícil. El barrio está vivo y es el protagonista. Crecí allí»

«Es un libro contra esa estúpida nostalgia tan de moda que pretende hacernos creer que hubo un pasado en el que se vivía mucho mejor en este país. No podría haber escrito ‘La frontera azul’ si hubiera seguido bebiendo. Pero mi carrera como escritor tampoco existiría si no fuera alcohólico. He venido para quedarme. Juzguen ustedes»

Jorge Matías

¿Quién es Jorge Matías?

Jorge Matías (Madrid, 51 años) es «obrero del metal por necesidad y escritor por cabezonería». Creció en un barrio marginal de Alcalá de Henares. Hace dos años se dio a conocer con 'Vinagre' (Yonki Books), un libro autobiográfico en el que relata el abismo al que le empujó su adicción. Fueron unos tiempos oscuros que exorcizó en esas páginas. Celebra más de 15 años abstemio con 'La frontera azul' (Altamarea), su primera novela recién llegada a las librerías.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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