Sufro, luego existo. El filósofo francés Pascal Bruckner encontró en la famosa frase de Descartes -"Pienso, luego existo"- un título apropiado y llamativo para exponer sus tesis acerca del estado de salud de la sociedad contemporánea. Las tesis del autor son siempre provocadoras y más interesantes que los cansinos tópicos de las guerras culturales. La víctima como héroe, es el subtítulo que la editorial Siruela ha puesto al ensayo Sufro, luego existo, del intelectual francés.
Resumidamente, porque el libro es más profundo que una frase ocurrente, Bruckner sostiene que en las sociedades contemporáneas ricas y avanzadas, la condición de víctima otorga legitimación moral y superioridad sobre el resto de los humanos. Es como un título de nobleza. Las víctimas han sufrido, y eso ya es bastante para estar exento de cualquier otra consideración que se pueda aplicar a los simples mortales. El filósofo usa la hipérbole y la exageración para despertar al lector. Así, llega a hablar de la olimpiada de agravios» en la que pueden competir personas, organizaciones y hasta países por ver quién ha sufrido más.
"Sufro, luego gobierno" es una idea que le cuadra al presidente Pedro Sánchez. La víctima como héroe, también encaja cuando vienen mal dadas. Una parte de la izquierda sociológica, cultural y mediática ha convertido a Sánchez en un ejemplo moral de la resistencia frente a la persecución de los jueces, la internacional ultraderechista, Trump, Netanyahu, Felipe González, José María Aznar, Feijóo, los bulos, etc. Y es justo decir que muchos ciudadanos de izquierdas de todo el mundo consideran a Sánchez un héroe de este agitado tiempo.
Contra los clásicos enemigos, Sánchez disfrutaba y se crecía en el combate, porque ganaba tiempo contra pronóstico.
Pero, ay, lo que nunca imaginó es que Mohamed VI, a quien concedió el título de soberanía sobre el Sáhara en nombre de la metrópoli de la ex colonia, le fuera a dar el verano. Empezando por una bofetada en toda la cara cuando ya tenía listas las maletas para irse de vacaciones. Había sido un curso extenuante, con una larga lista de desdichas políticas. Y con la legitimación moral que le daba haber sufrido, haberse caído y levantado, esperaba que el mar de Fuerteventura le diera la fuerza para recuperar el aliento político y empezar el curso con nuevos bríos. Ya lo había hecho el pasado año. Después de Ábalos y Cerdán, llegó Gaza y el No a la guerra.
No ha podido ser. Septiembre se presenta torcido. ¿Quién le iba a decir a él...? ¿Para qué, entonces, había decidido por sí y ante sí, sin consultar ni a su Gobierno, ni a su partido, ni al Parlamento, el cambio de posición de España sobre el Sáhara? A su rama de olivo, el régimen marroquí respondió con un trabucazo. De ahí el estupor y la incredulidad.
No supo qué hacer -y ya es raro porque Sánchez ve venir una crisis como el centinela de Isaías veía llegar la mañana en mitad de la noche- y se tapó los ojos. Las críticas a su veraneo en La Mareta las interpretó como lo de siempre, lo de todos los veranos. Así perdió un mes precioso.
Y ahora se ha encontrado con una ciudad devastada y desgarrada en la que sus habitantes no pueden hacer vida normal. Ceuta no puede seguir como está. Sánchez necesita tiempo para sacar a los miles de migrantes que vagan por la ciudad y que están en campos de refugiados, menores escondidos y niñas en peligro de agresiones o trata de personas. Ésta es la cuestión. Que el presidente no sabe cómo sacar de allí a todas esas personas, sin desobedecer a la Unión Europea, que le prohíbe enviarlos a la Península, con Marruecos provocando todo el día, y con los españoles de Ceuta cada vez más desesperados. No escuchar al presidente Vivas ya está resultando más que un error.
La cuestión es recuperar Ceuta para sus habitantes. Y dar cuentas de lo que se ha hecho y lo que no. Moncloa decidió que fueran los ministros quienes asumieran la responsabilidad de visitar la ciudad. Y el presidente envió a medio consejo de ministros a comparecer en el Congreso. Es difícil de sostener democráticamente que el presidente no haya comparecido en el Congreso, cuando él mismo denunció un ataque contra la soberanía nacional.
Pero las desavenencias de dos ministros del Gobierno son, en el clima político actual, mucho más chispeantes, vistosas y entretenidas que la situación de los pobres ceutíes que no pueden salir de su casa y tienen miedo de llevar a sus hijos al colegio. Manda narices.
La ministra de Defensa tiene la obligación intrínseca de defender la actuación del CNI. Es la única que se ha disculpado en nombre del Gobierno, lo cual es de agradecer. Y el ministro del Interior tiene entre sus competencias la defensa de la frontera. No se puede decir que Fernando Grande-Marlaska haya sido muy eficiente a la hora de vigilar la frontera.
El culebrón Robles contra Marlaska no debería impedir a nadie olvidar lo esencial. Los españoles de Ceuta no son de segunda. El presidente debe devolverles su ciudad. La que perdieron hace un mes.