- MARTIN WOLF
Debe alcanzarse un acuerdo global sobre cómo controlar la tecnología.
En mis dos últimas columnas, argumenté que la IA trae consigo tanto oportunidades como grandes peligros, algunos incluso existenciales. Esta tecnología transformadora también amenaza valores fundamentales, como la responsabilidad personal e institucional, el estado de derecho, la democracia e incluso la esencia misma de ser humano. Además, será difícil regular la IA con éxito, no sólo porque su impacto será generalizado, sino también porque su progreso está impulsado por una feroz competencia entre empresas y entre Estados Unidos y China.
Curiosamente, una publicación reciente de Anthropic afirma que "estamos delegando una proporción cada vez mayor del desarrollo de la IA a los propios sistemas de IA... Llevada al extremo, y con la capacidad de cómputo suficiente, esta tendencia apunta a un sistema de IA capaz de... diseñar y desarrollar de forma autónoma a su propio sucesor". La publicación añade que "si fuera posible... ralentizar el desarrollo de esta tecnología, para darnos más tiempo para abordar sus inmensas implicaciones, creemos que probablemente sería algo positivo". Si incluso Anthropic, líder en IA, teme lo que se avecina, los miedos del resto de nosotros, especialmente de los jóvenes, no harán sino reforzarse.
Gran parte de esta preocupación de gran relevancia política se centra en el incremento del desempleo derivado del supuesto aumento de la productividad. Sin embargo, se desconoce la velocidad y la magnitud de la transformación que producirá la IA. Mi colega John Burn-Murdoch señaló recientemente, por ejemplo, que el aumento en la oferta de aplicaciones generadas por IA no ha conllevado un incremento proporcional en su uso. También ha generado un mayor salto en la producción en las primeras etapas del desarrollo de software que en los productos finales.
De nuevo, un informe sobre el impacto de la IA en el empleo, publicado el año pasado por la Organización Internacional del Trabajo, concluyó que, a nivel mundial, uno de cada cuatro trabajadores desempeña una ocupación con cierta exposición a la IA generativa. Pero también añade que sólo "el 3,3% del empleo mundial se encuentra en la categoría de mayor exposición". Esto no parece una disrupción importante. Además, en el pasado se han producido largos desfases entre las grandes innovaciones (la electricidad, por ejemplo) y el aumento de la productividad. Como escribe Paul Krugman, el crecimiento de la productividad ha sido menor durante la era digital que después de la Segunda Guerra Mundial, un periodo sin avances de tal magnitud.
En el extremo opuesto del debate, Vinod Khosla, un experimentado inversor en tecnología, afirma en Financial Times que "estoy seguro de que la IA hará el 80% del trabajo económicamente valioso que realizan los humanos hoy en día, en el 80% de todos los empleos, más rápido de lo que la mayoría cree. La cuestión no es si el subempleo masivo llegará en la próxima década, sino si contaremos con un marco político coherente preparado para cuando lo haga".
El escepticismo sobre la velocidad y la magnitud del impacto de la IA está justificado. Pero Khosla tiene razón: debemos prepararnos. La civilización podría no sobrevivir a los shocks existenciales y las perturbaciones económicas con los que amenaza la IA. La incertidumbre justifica la preparación, no la complacencia.
Entonces, ¿qué debe significar estar preparados?
En primer lugar, debemos estar preparados para un mundo donde las máquinas tomarán decisiones importantes y, en algunos casos —sobre todo en la guerra y la investigación biológica—, de enorme trascendencia.En última instancia, los humanos deben rendir cuentas por esas decisiones, como los programadores de IA, los directivos de las empresas que la comercializan y los responsables de la toma de decisiones en las instituciones que la utilizan. Contrariamente a la opinión del presidente argentino Javier Milei, la IA no debe dirigir instituciones sin que haya personas que rindan cuentas. Los propietarios, directivos y funcionarios deben ser responsables penal y civilmente de los daños causados por la IA.
En segundo lugar, no podemos confiar en el sentido moral ni en el autocontrol de los creadores de IA. Ya hemos tenido una experiencia terrible con las redes sociales. Como ya he señalado: "Difundir mentiras y fraudes puede ser un buen negocio. Peor aún, difundir publicaciones que hacen la vida insoportable a la gente puede ser un buen negocio... Parece probable que la inteligencia artificial termine empeorando nuestra situación colectiva al crear fraudes 'perfectos' de todo tipo". Anthropic quizás quiera reducir la velocidad, pero está en una carrera: no puede controlar lo que hacen sus competidores. No permitimos que las compañías farmacéuticas lancen medicamentos que no hayan pasado por un régimen de pruebas adecuado, y con muy buena razón. Algo similar debería aplicarse al nuevo software de IA. Además, en un mercado competitivo, dichos regímenes también deben aplicarse a nivel global.
En tercer lugar, esta es la razón por la que los regímenes no pueden ser sólo nacionales. Debe existir un acuerdo global sobre cómo se debe probar y controlar la IA y cómo se debe imponer la responsabilidad por los daños.La UE, al parecer, vuelve a desempeñar el papel de regulador de primer (o último) recurso. Esto puede no ser tan malo. En todo el mundo, la gente confía en que la UE sea un mejor regulador que Estados Unidos o China, probablemente porque creen que estará menos influenciada por intereses empresariales o por el deseo de usar la IA como arma. Sin embargo, idealmente, China y Estados Unidos deberían ser los pilares de cualquier acuerdo. La IA es demasiado arriesgada para todos como para desarrollarla sin control.
Por último, y de especial importancia, existe una alta probabilidad de que la IA, con el tiempo, devaste el mercado laboral, aumente la desigualdad y cree una extraordinaria concentración de poder económico —y por ende, político— en manos de un pequeño número de empresas y personas. Si a esto le sumamos las muchas otras amenazas que plantea la tecnología, nos enfrentamos a un enorme riesgo de que se produzca un derrocamiento autocrático de la democracia. De hecho, ya está ocurriendo. Quienes desean que sobreviva un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo deben intentar impedirlo. La implicación más obvia es que una buena parte del aumento de los ingresos y la riqueza debe compartirse. El momento de prepararse para ello es ahora. Si no actuamos, será demasiado tarde.
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