En la célebre 'Carta de Jamaica', escrita en Kingston en el año ciego de 1815 –un año en que la desintegración del imperio era aún una moneda en el aire—, Simón Bolívar describe a España como una «desnaturalizada madrastra». En el ... mismo año, sin haber leído el documento bolivariano, el periodista mexicano Joaquín Fernández de Lizardi medita sobre la incipiente clase media profesional novohispana en las páginas del primer tomo de 'El Periquillo Sarniento' –la novela cuyo primer tomo publicaría por suscripción al año siguiente.
En su ultracitado primer capítulo, asocia todos los problemas del reino, que, como la Gran Colombia de Bolívar, se debatía en una guerra feroz entre independentistas y realistas, a la mala educación proveída por una madre regalona y banal, una madre que por «frívola y lujuriosa» entregaba a los hijos a nodrizas cada vez más degeneradas.
Ambos textos responden, por supuesto, al tropo popular de «la madre patria», que terminó haciendo del imperio un escorpión que se pica el lomo, debido a la ambivalencia intrínseca de su segundo término: la «patria» es la tierra, femenina, del padre, masculino, en un momento en que la noción de femineidad era claramente negativa y la de masculinidad positiva. Hoy la valencia de ambos términos está invertida para las mayorías de los países en que se hablan lenguas europeas –lo masculino es destructivo y lo femenino levanta–, pero la explosividad del término persiste.
No está tan claro que Fernández de Lizardi pensara, como Bolívar en ese 1815, que los lazos que ataban al imperio tuvieran que cortarse a sangre y fuego. Si, en la 'Carta de Jamaica', el caraqueño asume con estruendo el mando absoluto de una guerra a muerte contra España, lo que reclama 'El Periquillo' es más complicado: podremos discutir qué tipo de gobierno reclama la «patria» cuando vivamos en un país en el que toda la población sepa leer: sólo trescientos mil de los seis millones de mexicanos de entonces podían hacerlo.
A Fernández de Lizardi le parecía que lo que Bolívar llamaba, otra vez en términos biológicos, «la guerra de regeneración», se tenía que pelear sin devastar la tierra en nombre de la democracia y la igualdad, implantando un sistema educativo funcional basado en una libertad de prensa irrestricta.
En ese par de proyectos en conflicto, proyectos que fueron ideas en movimiento –Bolívar y Fernández de Lizardi fueron consistentes, tenaces y valientes en los campos de contiguos de la guerra y el periodismo, vieron el emotivo parto de las repúblicas independientes que vislumbraron cuando mucha gente pensaba que eran una imposibilidad–, había un lugar en que ambos coincidían, además del delicioso temperamento pre-freudiano de sus textos.
Bolívar lo expone con más claridad en la 'Carta': «Las instituciones perfectamente representativas», dice, «no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales». Pensaba que «el pequeño género humano» latinoamericano, vive, como el Periquillo, en «una infancia permanente», un estado larvario que se debate entre los usos de «los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles», otra contradicción sin remedio, en la medida en que los criollos que lideraron las independencias se veían como descendientes de los ocupantes. Para ambos, la proto-ciudadanía hispanoamericana tenía calidad de ajolote: una larva que nace, crece y muere sin madurar nunca en salamandra.
Ninguno de los dos entendía que la fortaleza del proyecto latinoamericano –una fortaleza de la que da testimonio la impresionante estabilidad de las repúblicas de la región, más antiguas y claramente delineadas que la mayoría de las europeas– proviene de esa ambigüedad original, de ese ser de todo sin basamentos étnicos, porque para ganar las guerras de independencia había que sumar a los que estaban y los que llegaron: indios, europeos, negros, asiáticos. Curiosamente, el sueño del progresismo actual.
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