Empecemos por lo bueno: el manifiesto impulsado por Jordi Sevilla supone un loable intento de introducir algo de cordura en el PSOE actual. O, más bien, en un PSOE futuro. Es difícil no compartir muchos de sus argumentos y de sus reivindicaciones. Quienes hemos lamentado el frentismo sanchista, por ejemplo, solo podemos aplaudir que haya un sector dentro de ese partido -por minúsculo que sea- que pide renunciar a ese frentismo. No es poco, sobre todo sabiendo cómo suele reaccionar Moncloa ante las críticas.
Ahora, lo malo: es muy difícil que el proyecto que se expone en ese manifiesto salga adelante. Y no solo ahora, cuando Sánchez y los suyos aún manejan todos los resortes del poder. La propuesta de los críticos también parece abocada al fracaso en un futuro post-sanchista. Por lo menos, en uno de los aspectos que más señalan: las alianzas con los separatistas y con el populismo de izquierdas.
En este sentido, resulta curioso que el manifiesto no ofrezca una explicación de cómo llegó el PSOE a asumir esa política de alianzas. Sobre todo, porque no parece muy difícil responder a esa pregunta. A la altura de 2018, aquellas alianzas ofrecían el camino más corto para alcanzar la Moncloa. El único, en definitiva, que no condenaba al partido a pasar varios años más de travesía por el desierto. Y los partidos pueden encarnar proyectos ideológicos, pero también operan como agencias de colocación. Los pactos de Sánchez ofrecían una vía rápida a los cuadros socialistas para hacerse con puestos, con nóminas, con poder. La colonización institucional a la que hemos asistido también responde a esta lógica. Sánchez lleva siete años mostrando que sus acuerdos pueden resultar molestos, sí, pero también abren un mundo de oportunidades laborales a quienes se presten a colaborar con él. Ejemplo ilustrativo: antes de saltar a la fama, la fontaneraLeire Díez desempeñó cargos importantes en empresas públicas.
El caso es que, incluso si los socialistas sufren un hundimiento electoral en lo que queda de legislatura, un PSOE post-Sánchez seguiría encontrando en los acuerdos con los separatistas y la extrema izquierda la vía más rápida para regresar al poder. Porque cuesta imaginar un escenario a medio plazo en el que el PSOE obtuviese una mayoría suficiente como para gobernar en solitario. E incluso en ese caso, seguiría necesitando acuerdos de investidura con unos separatistas previsiblemente radicalizados -más todavía- por el choque con un gobierno PP-Vox. Por otra parte, no faltarían quienes señalaran que la única forma de sobrevivir al hundimiento sería liderar una oposición implacable a un Gobierno de Feijóo y Abascal. Es decir, lo contrario de esa disposición a alcanzar acuerdos con el PP que piden los críticos. Es posible que, a la larga, su proyecto llevara al partido de vuelta a la Moncloa. El problema es ese «a la larga», y lo que supone para los cuadros socialistas que deberán decidir el futuro de su partido. Como reza una de las máximas que mejor explican nuestro tiempo: es muy difícil que alguien entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda