Hay artistas cuya obra adquiere una dimensión inesperada con el paso de los años, no solo porque el tiempo permite reconocer su condición de adelantados, sino porque el presente activa nuevas lecturas de sus gestos, intuiciones y rupturas.
Es el caso de Miguel Benlloch ... (Granada, 1954-Sevilla, 2018), nombre clave de la escena artística y activista de su tiempo, cuya práctica cobra hoy una renovada potencia. Benlloch hizo de la disidencia una forma de estar en el mundo: desbordó identidades, disciplinas y convenciones, convirtiendo el cuerpo, el lenguaje y la acción en territorios de experimentación política y poética.
Como apunta el comisario Rafa Barber Cortell: «Miguel fue una de las figuras que, con su arte, hacía mundo, un mundo 'queer' antes de lo 'queer'». Una afirmación que sitúa su legado no solo en aquello que anticipó, sino en su capacidad para imaginar otras formas posibles de existencia.
'Todavía', la primera exposición individual de Benlloch en The Ryder, llega poco después de la clausura de 'Bajar la voz', la retrospectiva que el CAAC de Sevilla le dedicó bajo el comisariado, también, de Rafa Barber Cortell y Enrique Fuenteblanca. Ambas muestras se inscriben en un necesario proceso de recuperación de un artista cuya relevancia ha sido inversamente proporcional a su notoriedad.
Acercarse a Benlloch exige también recordar una trayectoria en la que práctica artística y compromiso político resultan indisolubles: desde su militancia en el Frente de Liberación Homosexual de Andalucía hasta sus posicionamientos antibélicos. Una implicación sostenida durante décadas que permite entender hasta qué punto su obra estuvo vinculada a las luchas y transformaciones sociales de su época.
La muestra conduce de lo colectivo y social, en la planta superior, a lo íntimo, en la inferior, a través de una selección de obras en las que la acción –entendida en su sentido más amplio– atraviesa no solo el recorrido expositivo, sino también la práctica y la propia vida de Benlloch.
Escuchar su voz en un 'walkman' mientras se transita por la galería o poder llevarse reproducciones de algunas de sus obras desborda la contemplación pasiva y propicia una relación más directa con su universo. Son gestos sencillos, pero eficaces, que prolongan la lógica participativa de su trabajo y convierten la exposición en una experiencia de proximidad, contribuyendo, al mismo tiempo, a la recuperación y al (re)conocimiento del artista.
La exposición culmina en la enfermedad, tal vez uno de los territorios más conmovedores y conceptualmente intensos de la trayectoria de Benlloch. La vulnerabilidad, el deterioro del cuerpo, los tratamientos médicos y los cuidados se incorporan progresivamente a su práctica como materia autobiográfica, pero también como una última forma de acción.
Sobresale en este tramo final 'La vida prestada', el texto que dedicó a Pepe Espaliú y que escribió poco antes de morir. «No era así la vida prometida», se puede leer en él. Una frase tan sencilla como demoledora, que condensa la conciencia de un cuerpo atravesado por la experiencia y el tiempo y que, al término de la muestra, permanece resonando como el eco de un artista excepcional.
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