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Triaca: la medicina que no curaba nada (y se recetó durante dos mil años para casi todo)

Triaca: la medicina que no curaba nada (y se recetó durante dos mil años para casi todo)
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Carne de víbora, opio, betún y otros sesenta ingredientes machacados y aderezados con miel. La triaca es el medicamento que más tiempo se ha recetado a lo largo de la historia: dos mil años, desde Nerón a 1920, como antídoto contra cualquier veneno y remedio contra casi todos los males. Curar no curaba, pero te morías con un colocón...
Elaboración de la triaca en una farmacia italiana del siglo XIV en una imagen del 'Tacuinum sanitatis', manual medieval de origen árabe sobre salud. Triaca: la medicina que no curaba nada (y se recetó durante dos mil años para casi todo)

Carne de víbora, opio, betún y otros sesenta ingredientes machacados y aderezados con miel. La triaca es el medicamento que más tiempo se ha recetado a lo largo de la historia: dos mil años, desde Nerón a 1920, como antídoto contra cualquier veneno y remedio contra casi todos los males. Curar no curaba, pero te morías con un colocón...

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Carlos Manuel Sánchez

21/09/2026 a las 17:11h.

En el año 63 antes de Cristo, en una ciudadela a orillas del mar Negro, Mitrídates VI del Ponto se encontró con un problema que ... no había previsto: quería morirse y no podía. Su hijo Farnaces se había sublevado y buena parte del ejército se había pasado al bando de su vástago. El monarca hizo lo que hacían los reyes acorralados: se tomó un veneno.

Por qué no fallaba

Lo cómodo sería pensar que aquellos médicos eran unos estafadores o unos imprudentes que recetaban cualquier mejunje sin mirar a sus pacientes. Miraban muchísimo. Galeno seguía la evolución de un enfermo con un detalle que no se permitiría ningún médico de atención primaria. El problema es que mirar a un enfermo, por atento que estés, no dice de dónde viene la mejoría. La mayoría de las dolencias remiten solas. El que se cura lo cuenta durante años y el que se muere no vuelve a protestar. Un médico puede terminar convencido de que su remedio funciona. Justo lo que le ocurrió a Occidente con la triaca durante dos milenios.

Una receta en verso

Un siglo después de Mitrídates, Andrómaco –médico personal de Nerón– cogió aquella tradición y la amplió hasta contabilizar 65 ingredientes, fijados en un poema. Su aportación estrella fue sustituir la carne de lagarto de preparados anteriores por la de víbora. Pensaba que si el remedio tenía que proteger de la mordedura de serpiente, algo de serpiente debía llevar. El resultado se llamó 'triaca', del griego therion, 'animal salvaje' o 'víbora'.

Galeno de Pérgamo, el médico más influyente de la historia occidental, se ocupó de la triaca en dos textos. Y Galeno no era un charlatán: fue un anatomista de primer orden y un observador exigente. Dentro de su sistema, sin embargo, el fracaso terapéutico siempre tenía una salida: la gravedad del mal, una preparación defectuosa, la dosis, la constitución humoral del enfermo...

La lista de componentes de las versiones tardías es una curiosa mezcolanza. Opio, betún de Judea, mirra, azafrán, jengibre, canela, incienso, goma, valeriana, escila (raticida natural que provoca arritmia a los roedores), genciana, preparados de carne de víbora y, de propina, castóreo: pasta amarillenta que el castor fabrica en dos bolsas junto al arranque de su cola. Aquello se trituraba, se disolvía en trementina, vino y miel, y se dejaba madurar. El resultado era un electuario, el nombre de los remedios amasados con miel hasta darles consistencia de mermelada espesa y que se tomaban a cucharadas.

En España figuró en las farmacopeas de 1905 y 1915, y el Real Colegio de Farmacéuticos de Madrid no acordó dejar de fabricarla hasta 1920

Plinio el Viejo, que opinaba sobre todo lo divino y lo humano, fue el primero en poner por escrito sus dudas sobre el mitridato. Señaló que ningún ingrediente aparecía en las diversas recetas en la misma proporción. Nadie le hizo caso, y no porque no lo leyeran: a Plinio lo leyó toda Europa durante mil quinientos años. Pero ni él ni ninguno de los escépticos que vinieron detrás tenía forma de zanjar la discusión. Para eso hubieran hecho falta ensayos aleatorios con pacientes. Y esa práctica científica no llegó hasta el siglo XX.

Liturgia en la calle del Barquillo

El 15 de marzo de 1732, Felipe V firmó una Real Cédula que concedía al Colegio de Boticarios de Madrid el privilegio de elaborar y vender la triaca magna bajo supervisión del Protomedicato, tribunal que regulaba la salud pública. El protocolo exigía exponer los ingredientes varios días y someterlos a inspección oficial antes de la mezcla. Cuentan las crónicas que los madrileños se plantaban ante el escaparate con la boca abierta, formando largas filas en la calle del Barquillo.

En el Tratado sobre la triaca, del siglo XIII, se mencionan varias hierbas para hacer el remedio.

No era una excentricidad española. En Venecia, la preparación anual de la triaca era un acontecimiento con autoridades presentes, y parecido ocurría en Montpellier, en Bolonia y en media Europa. La ceremonia cumplía una función: garantizar al comprador que el producto era auténtico en un mercado plagado de falsificaciones. Se controlaba que los ingredientes fueran los correctos. Lo que no se controlaba era si servía para algo.

El descrédito

En 1745, el médico inglés William Heberden publicó un breve opúsculo titulado Antitheriaka. Heberden no demostró experimentalmente que los ingredientes fueran inertes, pero desmontó la coherencia interna del asunto. Señaló que cada botica de Londres preparaba la triaca de una manera distinta, que las virtudes atribuidas a la mezcla carecían de fundamento racional, que meter opio y otras sustancias potentes en un electuario junto con decenas de componentes iba contra cualquier regla de la farmacia, y preguntó cómo era posible que un remedio antiguo protegiera contra venenos descubiertos mucho después. Comparó el preparado con el ejército de un rey bárbaro: una multitud discordante reclutada en países distintos, imponente de lejos y un desastre en combate.

El golpe aún tardó en hacer efecto. La Farmacopea de Londres de 1746, una revisión que barrió bastantes remedios antiguos, todavía incluyó el mitridato y la triaca. Edimburgo los eliminó en 1756, explicando en el prólogo que se desterraban prescripciones introducidas por la superstición y la credulidad de los antepasados. Londres no los suprimió hasta la edición de 1788, cuarenta y tres años después del panfleto. En Francia siguieron en el Codex hasta 1908. En España figuraban aún en las farmacopeas de 1905 y 1915, y el Real Colegio de Farmacéuticos de Madrid no acordó dejar de fabricar la triaca hasta 1920.

Doce marineros con escorbuto

Dos años después de que Heberden publicara su panfleto, en 1747, un cirujano naval escocés llamado James Lind puso en marcha un experimento excepcional para su época a bordo del HMS Salisbury. Seleccionó a doce marineros con escorbuto en fase parecida, los alojó en la misma zona del barco, les dio la misma dieta básica y los dividió en seis parejas. A cada una le asignó un tratamiento distinto: sidra, elixir de vitriolo, vinagre, agua de mar, un electuario medicinal y dos naranjas con un limón al día.

A los seis días, uno de los dos marineros de los cítricos estaba en condiciones de volver al servicio y el otro había mejorado lo suficiente como para ponerse a cuidar de los demás enfermos. No fue el primer experimento comparativo de la historia de la medicina ni Lind lo presentó como tal, pero sí uno de los más limpios realizados hasta entonces. Publicó los resultados en 1753. No obstante, la Armada británica no empezó a distribuir zumo de cítricos de forma sistemática hasta 1795.

Ni siquiera Lind entendió del todo lo que había demostrado. Siguió atribuyendo el escorbuto a varias causas a la vez y conce-diendo gran importancia al aire húmedo y la putrefacción, y los métodos que se emplearon después para concentrar el zumo mediante calor destruían buena parte de la sustancia que lo hacía eficaz. Y la vitamina C no se aisló hasta 1928. La farmacopea moderna llegó veinte años después. Un artículo publicado en 1948 por el Medical Research Council británico sobre la estreptomicina contra la tuberculosis suele considerarse el primer ensayo clínico aleatorizado. Fue la consagración del método que se utiliza hoy para probar si un medicamento es efectivo.

A mi cuñada le funcionó

La triaca tiene hoy sus herederos. El mercado mundial de suplementos dietéticos superó los 190.000 millones de dólares en 2024. En Estados Unidos, a diferencia de los medicamentos, los suplementos no tienen que demostrar ante la FDA su seguridad ni su eficacia antes de salir al mercado. El control de seguridad en Europa es bastante más estricto. Sin embargo, los 'complementos alimenticios' se regulan bajo el marco legal de los alimentos, con lo que no requieren ensayos clínicos previos de eficacia para salir al mercado.

Los productos homeopáticos, cuyas diluciones más características son tan extremas que no conservan ninguna molécula de la sustancia original, siguen registrados y comercializados en varios países europeos sin evidencia fiable de eficacia para ninguna enfermedad concreta. El mecanismo que los sostiene recuerda al que sostuvo la triaca: tradición, anécdota personal, ceremonia y la convicción de que si algo lleva mucho tiempo usándose por algo será. «A mi cuñada le funcionó» es la versión contemporánea de «Galeno lo recetaba».

De todo aquello nos queda una expresión que usamos a diario. Plinio contó que entre los papeles de Mitrídates apareció otra receta, de su puño y letra y mucho más modesta que las que circulaban en su nombre: dos nueces secas, dos higos y veinte hojas de ruda, machacados con un grano de sal. De aquel grano salió el cum grano salis de los romanos, y de ahí que digamos que algo hay que tomarlo con un grano de sal, es decir, con reservas o con pinzas. La frase que usamos para avisar de que una afirmación no está comprobada viene de la receta de un remedio que nadie comprobó durante dos mil años.

QUÉ LLEVABA LA TRIACA

    • Andrómaco, médico de Nerón, dejó la fórmula por escrito. Luego se ha reelaborado con 38 ingredientes, 65 e incluso 75 y variaciones en sus proporciones, prueba inequívoca de la escasa fiabilidad del producto.

  • CARNE DE VÍBORA

      La estrella de la receta y la que le dio nombre. Andrómaco sustituyó el lagarto de las fórmulas anteriores por víbora. Cocida sin cabeza ni cola, se amasaba con pan hasta formar unas pastillas llamadas 'trociscos'. Nadie reparó en que el veneno del reptil está en unas glándulas de la cabeza y no repartido por su organismo.
  • CASTÓREO

      Una pasta amarillenta y pegajosa que fabrica el castor y que mezcla con la orina para marcar territorio. Durante siglos se creyó que le salía de los testículos, de ahí el célebre relato (Cervantes lo recoge en el Quijote) de que el castor acorralado se autocastra de un mordisco, deja atrás sus testículos y corre, convencido de que su depredador se conformará.
  • BETÚN DE JUDEA

      Alquitrán que ascendía desde el fondo del mar Muerto y flotaba en la superficie. Los egipcios lo usaban para embalsamar cadáveres y los babilonios para calafatear barcos. En 1826, Nicéphore Niépce untó una placa de una aleación metálica con betún de Judea disuelto en aceite de lavanda, la dejó ocho horas en una ventana y obtuvo la fotografía más antigua que se conserva.
  • ESCILA, LA CEBOLLA 'MATARRATAS'

      Cebolla albarrana, un bulbo mediterráneo que alcanza los 20 centímetros y florece al final de verano. Es el raticida más antiguo, con una sustancia que provoca al roedor una arritmia mortal. Funciona porque las ratas no pueden vomitar. En España su venta está restringida.
  • OPIO DE EGIPTO

      El único ingrediente que hacía algo verificable. Calmaba el dolor y sedaba, aunque arrastraba efectos secundarios, como estreñimiento, o adicción. Nadie sabía por qué funcionaba ni distinguía su efecto del del resto de los componentes, así que la sensación de alivio se apuntaba al conjunto.
  • TIERRA (CON dENOMINACIÓN DE ORIGEN)

      En algunas versiones entraba arcilla de la isla griega de Lemnos, extraída un solo día al año, en ceremonia religiosa, y marcada con un cuño oficial para certificar su origen. Se vendía en pastillas con un sello impreso, antecedente de la denominación de origen.
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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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