Donald Trump, durante una reunión de gabinete en la Sala del Gabinete de la Casa Blanca. Evan Vucci Reuters
Oriente Próximo Trump amenaza a su aliado Omán con "medidas agresivas" si acuerda con Irán establecer un peaje permanente en OrmuzEl presidente de EEUU advierte de que "volará por los aires" al sultanato si pacta con Teherán el control del estrecho. Su secretario del Tesoro promete sanciones mientras Irán acusa a Washington de "matonismo".
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Guillermo Ortiz Publicada 29 mayo 2026 02:45h Las clavesLas claves Generado con IA
Donald Trump ha encontrado un nuevo enemigo en su pulso por el estrecho de Ormuz, y esta vez no es Teherán, sino uno de los aliados históricos de Washington en el Golfo: el Sultanato de Omán.
Este miércoles, durante una reunión de gabinete en la Casa Blanca, un periodista le preguntó si aceptaría un acuerdo de corto plazo que permitiera a Irán y a Omán gestionar conjuntamente el tráfico del estrecho. La respuesta fue tan tajante como inquietante: "Nadie va a controlarlo. Son aguas internacionales, y Omán se comportará igual que todos los demás… o tendremos que volarlos por los aires".
La Casa Blanca, preguntada por la agencia AFP, no aclaró si el presidente se había confundido y pretendía referirse a Irán en lugar de a Omán.
La amenaza verbal no quedó en una salida de tono aislada. A la mañana siguiente, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, la convirtió en política oficial con un mensaje en X: "El Gobierno de los Estados Unidos no tolerará ningún intento de imponer un sistema de peajes en el estrecho de Ormuz".
Y, dirigiéndose al sultanato, añadió: "Omán, en particular, debe saber que el Tesoro estadounidense actuará agresivamente contra cualquier actor implicado —directa o indirectamente— en facilitar peajes, y cualquier socio dispuesto a colaborar será penalizado".
Horas después, en lo que es una costumbre ya arraigada en la Administración Trump, el propio Bessent aseguraba haber hablado con el embajador de Omán y le había asegurado que el sultanato no iba a imponer peaje alguno. Otra cosa es que sea verdad.
Bessent anunció además el recrudecimiento de la 'Economic Fury', la campaña de asfixia financiera contra Teherán, con el cierre del acceso de las aerolíneas iraníes a repostaje y venta de billetes y nuevas sanciones contra la Persian Gulf Strait Authority, la entidad creada por Irán para cobrar el citado peaje.
La reacción de Teherán fue inmediata y, por una vez, revestida de aparente sentido común diplomático. El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmail Baqaei, calificó las amenazas de Trump de "peligrosas" y de "matonismo".
Amenazar con "destruir" a un Estado miembro de Naciones Unidas "que siempre ha jugado un papel constructivo, efectivo y responsable en la paz regional y ha empleado sus nobles esfuerzos como mediador durante muchos años", afirmó Baqaei, "no sólo viola el principio fundamental de prohibición de la amenaza del uso de la fuerza, sino que es otra señal peligrosa de que la anarquía y el matonismo en las relaciones internacionales se está convirtiendo en norma".
Que sea precisamente Teherán quien invoque la legalidad internacional resume bien lo enrevesado del momento y no deja de tener su alta dosis de ironía.
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La amenaza a Omán no es un episodio aislado, sino la pieza más reciente de un patrón. A lo largo de la semana, Trump ha exigido varias veces a sus aliados árabes —Arabia Saudí, Catar, Emiratos, Pakistán, Turquía, Egipto, Jordania y Baréin— que firmaran los Acuerdos de Abraham con Israel como condición para cerrar la paz con Irán.
Ahora, a Omán —mediador histórico entre Washington y Teherán y uno de los socios más fiables de Estados Unidos en la región— se le amenaza directamente con la destrucción física.
El paralelismo con la guerra de Ucrania resulta difícil de ignorar.
Allí, la doctrina de la Administración Trump ha consistido durante el último año en presionar sistemáticamente a Kiev y a los aliados europeos para que renuncien a cuestiones básicas —territorio, garantías de seguridad, aspiraciones de adhesión a la OTAN…— mientras se le ofrecían a Moscú todas las oportunidades de rehabilitación.
En Oriente Próximo, la mecánica es idéntica: a los amigos se les exige firmar acuerdos incómodos, ceder soberanía sobre sus aguas o normalizar relaciones que sus poblaciones rechazan; a Irán, el enemigo declarado contra el que se viene librando una guerra de tres meses, se le ofrece levantar el bloqueo, descongelar fondos y permitir la venta libre de petróleo. La presión se ejerce, una y otra vez, sobre quien ya está del lado de Washington.
El caso de Omán expone esta contradicción en estado puro. El sultanato no es un adversario: es el país que durante años ha hecho de canal discreto entre estadounidenses e iraníes, el lugar donde se gestaron algunas de las conversaciones más delicadas de la última década. Castigar a tu propio mediador es una manera segura de quedarte sin mediadores.
El enviado especial a Oriente Medio, Steve Witkoff, con Jared Kushner, estrecha la mano del ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Sayyid Badr bin Hamad Al Busaidi. Ministerio de Asuntos Exteriores de Omán
Lo militar ha fracasado; lo diplomático, quizá, todavía no
La pregunta de fondo es cómo impedir realmente el peaje iraní-omaní, y la respuesta se reduce a dos vías: la militar y la diplomática.
La militar lleva tres meses demostrando sus limitaciones. Ni la Operación 'Furia Épica' —semanas de bombardeos masivos sobre infraestructuras, instalaciones nucleares y cuadros militares— ni el bloqueo naval estadounidense de los puertos iraníes han conseguido que Teherán renuncie al control del estrecho.
Es más: este mismo jueves, fuerzas estadounidenses atacaron objetivos cerca del puerto de Bandar Abbás "en autodefensa", e Irán respondió con un ataque contra una base aérea estadounidense en el Golfo, cuyos misiles y drones fueron interceptados por las defensas de Kuwait. El intercambio de fuego se mantiene vivo pese al alto el fuego nominal vigente desde abril.
La vía diplomática, en cambio, parece estar más cerca de fructificar de lo que las amenazas dejarían suponer.
Según una información de Axios confirmada este jueves por ABC News, los negociadores estadounidenses e iraníes creen haber alcanzado un borrador de acuerdo que prorrogaría el alto el fuego durante 60 días más y abriría de manera gradual el estrecho.
El supuesto memorando estipula que no habrá restricciones a la navegación —nada de peajes y nada de acosos—, que Irán retirará en un plazo de treinta días todas las minas desplegadas y que Estados Unidos levantará el bloqueo naval de forma proporcional a la restauración del tráfico, además de emitir algunas exenciones para que Teherán pueda volver a vender petróleo. El principio rector, según un alto cargo estadounidense, es "aliviar la presión a cambio de cumplir los compromisos".
El detalle decisivo, sin embargo, es que ese borrador no es todavía un acuerdo.
Ni Trump ni el líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, le han dado su visto bueno final. Y aquí la complicación alcanza tintes casi novelescos: Jameneí, herido y "probablemente desfigurado", según el secretario de Defensa Pete Hegseth, en el bombardeo del 28 de febrero que mató a su padre, permanece escondido como "objetivo designado" y sólo puede comunicarse mediante una red de mensajeros, lo que retrasa días cada respuesta.
Washington negocia, en la práctica, con una contraparte invisible cuya supervivencia física es condición para que cualquier firma tenga validez.
A todo esto, hay que añadir el hecho de que Irán insista en que ellos no están dispuestos a llegar a acuerdo alguno. Este mismo jueves, fuentes cercanas al equipo negociador iraní declararon a la agencia de noticias Tasnim que ni había borrador definitivo ni se había dicho nada en ese sentido a los mediadores paquistaníes.
Da la sensación de que puede que se trate de un nuevo globo-sonda de la Casa Blanca amplificado por uno de sus periodistas de cabecera, Barak Ravid.
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De hecho, el portal Axios sugiere en su información que el acuerdo podría anunciarse "el domingo", pero la misma fuente reconoce que "todavía podría descarrilar".
El acuerdo de Schrödinger.
La Casa Blanca cree que el liderazgo iraní está dividido y que forjar un consenso entre las facciones será difícil. La propia trayectoria de esta crisis —ultimátums de 48 horas que se aplazan, fechas límite que se evaporan, "cesiones significativas" iraníes que Trump anuncia a bombo y platillo y que nunca se materializan del todo— aconseja la máxima prudencia a la hora de anticipar un desenlace.
Porque hay un factor que rara vez se menciona y que lo explica casi todo: en Oriente Próximo están acostumbrados desde hace tiempo a manejar a Trump.
Los líderes del Golfo aprendieron durante el primer mandato que al presidente estadounidense se le gana con halagos, con inversiones multimillonarias y con gestos teatrales —un avión de regalo de Catar, recepciones faraónicas en Riad—, y que sus amenazas más atronadoras suelen diluirse en cuanto aparece la posibilidad de un titular victorioso.
La volubilidad presidencial, esa que en los mercados ha cristalizado en el acrónimo TACO —"Trump Always Chickens Out", Trump siempre se acobarda— es perfectamente conocida en las cancillerías de Mascate, Doha y Teherán.
De modo que la amenaza de "volar por los aires" a Omán puede acabar significándolo todo o no significando nada, según sople el viento de las próximas setenta y dos horas.
Si el borrador de Axios se confirma, Trump podrá venderlo como una victoria histórica: el estrecho reabierto, el peaje descartado, la guerra cerrada. Si descarrila, volveremos a los ultimátums, las amenazas y los bombardeos "de autodefensa".
Lo único firme, a estas alturas, es que el régimen de los ayatolás —degradado, escondido y asediado, pero con su potencial de represión intacto— sigue teniendo en su mano la llave del estrecho más estratégico del planeta, y que ni la fuerza ni las amenazas se la han arrancado todavía.
La diplomacia, esa que Trump ejerce amenazando a sus propios amigos, es la última carta sobre la mesa. Y, como saben bien en el Golfo, las cartas de Trump tienen la curiosa costumbre de cambiar de palo en mitad de la partida.