El presidente estadounidense, Donald Trump. EFE
Editorial EL RUGIDO DE EL ESPAÑOL Trump, atrapado en Venezuela: entre el ridículo y la escalada bélica Publicada 6 enero 2026 04:47hEste lunes 5 de enero, Delcy Rodríguez juró como presidenta interina de Venezuela en la Sala Elíptica del Parlamento, dándole la razón a Alberto Núñez Feijóo cuando afirmó en su comunicado de este fin de semana que las dictaduras no se derrocan a medias.
La ceremonia, presidida por su hermano Jorge y con la Constitución sostenida por Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente capturado, condensó la paradoja en la que Donald Trump parece hoy atrapado: bombardeó Caracas, detuvo a Maduro y lo llevó esposado a Nueva York, pero el chavismo sigue en el poder.
Y lo que es peor para la Casa Blanca: parece decidido a quedarse.
Apenas 48 horas antes, fuerzas estadounidenses habían ejecutado una operación militar nocturna que capturó al dictador venezolano y a su esposa.
Trump celebró el éxito en redes sociales y prometió "gobernar" Venezuela durante una transición que devolvería el petróleo a manos estadounidenses.
Pero entre la retórica triunfalista de Washington y la realidad sobre el terreno en Caracas hay un abismo que amenaza con convertirse en el primer fracaso estrepitoso de la nueva Administración.
Los gestos de desafío no se hicieron esperar. El sábado 3 de enero, Delcy Rodríguez activó el Consejo de Defensa de la Nación, exigió la "inmediata liberación" de Maduro y denunció un "ataque con tinte sionista".
El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, calificó la operación americana de "criminal" y acusó a Estados Unidos de bombardear zonas residenciales.
Diosdado Cabello, el hombre fuerte del régimen, llamó a "encontrar la quinta columna y arrasarla", mientras que el canciller Yván Gil solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU.
Nicolás Maduro Guerra fue aún más lejos: declaró que su padre había ordenado "pasar de inmediato a la lucha armada".
Más allá de la retórica, el régimen decretó el Estado de Conmoción Exterior en todo el territorio nacional y movilizó a sus estructuras paramilitares.
Los colectivos chavistas (grupos armados que han causado más de trescientas muertes en protestas durante los doce años de Maduro) tomaron el control de barrios populares en Caracas, Valencia y Maracaibo.
En Catia se documentaron saqueos y disparos contra vehículos; en Petare, caravanas de motocicletas con armas largas patrullaron las calles.
El mensaje era inequívoco: el chavismo no cederá sin resistencia.
La respuesta de Trump fue una amenaza directa. En una entrevista telefónica con The Atlantic, advirtió que si Delcy Rodríguez "no hace lo correcto, pagará un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro".
El presidente estadounidense exigió luego "acceso total al petróleo y a otras cosas" y sentenció que Estados Unidos estaba "a cargo" de Venezuela.
Luego, dejó entrever que podría haber "una segunda fase" con nuevos ataques si el régimen no cooperaba.
Pero Rodríguez, tras un breve amago de conciliación en el que invitó a Washington al "diálogo", mantuvo en el cargo a toda la cúpula chavista: Cabello, Padrino López, Yván Gil.
Los 863 presos políticos siguen encarcelados. Los colectivos continúan armados en las calles. Y dieciséis barcos petroleros sancionados zarparon simultáneamente de puertos venezolanos en un desafío coordinado al bloqueo naval estadounidense, según confirmó The New York Times mediante imágenes de satélite.
Es más. Tras su investidura, Delcy Rodríguez saludó a los embajadores de Rusia, China e Irán, presentes en la sala.
Es decir, a los representantes de las tres dictaduras que están utilizando Venezuela como proveedor de petróleo barato y como punta de lanza de una guerra contra las democracias occidentales que incluye el narcotráfico, el terrorismo y la financiación de partidos de extrema izquierda en todo el planeta.
Trump se enfrenta ahora a un dilema sin salida elegante. Si acepta que el chavismo permanezca en el poder con Delcy Rodríguez al frente, habrá ejecutado una operación militar costosa para cambiar un dictador por otro de la misma casta, convirtiendo la captura de Maduro en un gesto vacío.
Si escala militarmente con una "segunda fase", se adentra en una ocupación prolongada de un país de veintiocho millones de habitantes sin apoyo regional ni plan creíble de reconstrucción.
Y si negocia en secreto (como sugieren las filtraciones de que Rodríguez prometió a Rubio "hacer lo que necesite"), quedará expuesto como un emperador sin ropa que bombardea países para luego pactar con sus élites.
Venezuela ha demostrado en cinco días lo que Afganistán e Irak enseñaron en años: eliminar a un dictador es fácil. Construir una democracia en un país controlado por un régimen tiránico, imposible sin legitimidad y la voluntad de aplicar una dosis de fuerza muy superior a la que parecen dispuestas a aceptar las grandes masas de votantes de las democracias liberales.
Trump está atrapado entre el ridículo de haber logrado tan poco y la escalada de una guerra prolongada que sería mucho más costosa que la operación de captura de Nicolás Maduro a manos de los Delta Force. El chavismo, atrincherado y desafiante, lo sabe.
Y apuesta a que Washington parpadeará primero.