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Trump entierra su promesa de deportaciones masivas de inmigrantes: reconoce su error y teme el castigo en las urnas

Trump entierra su promesa de deportaciones masivas de inmigrantes: reconoce su error y teme el castigo en las urnas
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La posibilidad de perder el control del Congreso y Senado en las elecciones de noviembre obliga al presidente de EEUU a buscar otras medidas migratorias menos expuesta al escrutinio público. Más información: Dentro de la resistencia contra la invasión de la 'ICEtapo' de Trump en Mineápolis: 'Es una campaña de miedo militarizada'

Protesta contra el ICE en Minnesota. REUTERS/Tim Evans

EEUU Trump entierra su promesa de deportaciones masivas de inmigrantes: reconoce su error y teme el castigo en las urnas

La posibilidad de perder el control del Congreso y Senado en las elecciones de noviembre obliga al presidente de EEUU a buscar otras medidas migratorias menos expuesta al escrutinio público.

Más información: Dentro de la resistencia contra la invasión de la 'ICEtapo' de Trump en Mineápolis: 'Es una campaña de miedo militarizada'

Denver Publicada 22 marzo 2026 01:40h

Las claves nuevo Generado con IA

Donald Trump ya no habla de "deportaciones masiva". Reconoce incluso que "fueron demasiado lejos". Y eso, en su mundo, no es un detalle. Es una señal. Durante meses fue su lema. Directo. Sin matices. Casi un eslogan de campaña permanente.

Hoy ha desaparecido del primer plano. No porque haya cambiado de política, sino porque ha cambiado el cálculo.

Minneapolis rompió el relato. Las encuestas encendieron las alarmas. Y noviembre —cuando se celebran las elecciones de mitad de mandato— lo condiciona todo.

Trump cesa a Kristi Noem como secretaria de Seguridad Nacional tras la muerte de dos ciudadanos en Mineápolis

Trump no está reculando. Está ajustando. Y, como casi siempre en su forma de gobernar, el ajuste empieza por las palabras.

Cuando una promesa deja de servir

En política, las consignas duran lo que los votos.

"Deportaciones masivas"funcionó bien en campaña porque simplificaba el mensaje y movilizaba a las bases. Pero gobernar es otra cosa. Y ahora, esa misma expresión, empieza a incomodar donde antes sumaba.

El cambio no es improvisado. Es dirigido. Dentro del Partido Republicano se ha trasladado una consigna clara: dejar de repetir ese término y centrar el discurso en la expulsión de "delincuentes violentos". No es una cuestión semántica. Es una operación de control de daños.

El contraste es evidente. Trump prometió la mayor operación de deportación de la historia y llegó a hablar de expulsar a entre 15 y 20 millones de personas, bastante más de los inmigrantes irregulares que se estima que hay en EEUU.

Era una promesa sin matices. Todo el que estuviera en situación irregular era un objetivo.

Hoy el propio Trump introduce un filtro. Quiere deportar a todos, sí. Pero insiste en que primero van los "peores". Ese matiz lo cambia todo.

El problema es que ese nuevo relato llega tarde. Durante los últimos 12 meses no hizo tantas distinciones como ahora vende.

Más de la mitad de los deportados no tenían antecedentes penales. Es decir, la política se parecía bastante a lo que decía el eslogan que ahora intenta esconder.

La realidad desborda el relato

Hay políticas que se pueden defender mientras son abstractas. Minneapolis dejó de hacerlo posible.

Dos ciudadanos estadounidenses muertos. Protestas. Versiones oficiales que se corrigen una y otra vez. Una investigación federal. A partir de ahí, la inmigración deja de ser solo un plan y se convierte en una imagen. Y las imágenes valen más que mil palabras.

Las encuestas lo reflejan con claridad. El apoyo al control de la inmigración se mantiene. Pero crece la sensación de que la administración ha ido demasiado lejos.

Menos discurso, más presión

Si uno se queda solo con el lenguaje, podría pensar que la política migratoria se está moderando. Basta mirar la frontera para ver que no es así.

El Gobierno ha dado un paso más allá: ha militarizado partes del territorio. Más de 320 km en Texas y Nuevo México han sido transferidas al Ejército y convertidas en "áreas de defensa nacional".

Esto no es un gesto simbólico. Permite añadir nuevos delitos a quienes cruzan: ya no solo entrada irregular, también allanamiento de propiedad militar. Desde otoño, miles de migrantes han sido acusados bajo esa figura.

El resultado es llamativo. La mayoría de esos casos no termina en condena. Muchos se caen en los tribunales porque no se puede demostrar que los acusados supieran que estaban entrando en una zona militar.

Jueces federales han cuestionado abiertamente la base legal de estas imputaciones. Y, aun así, los fiscales siguen presentándolas. La lógica no es jurídica. Es política. Añadir presión. Elevar el coste. Mandar un mensaje.

Lo mismo ocurre en otros frentes menos visibles. La administración ha restringido el acceso de inmigrantes a licencias de conducción comercial, una medida que puede afectar a cientos de miles de trabajadores del transporte y encarecer el coste de los productos, incluso en Europa.

No es una política de deportación. Es otra forma de endurecer el entorno.

Noem cae, Hegseth observa

En este ecosistema, la caída de Kristi Noem no se entiende como un relevo más. Se entiende como una advertencia. Trump la aparta en el momento en que la política migratoria empieza a generar desgaste.

Noem había sido el rostro de la fase más visible: redadas, exposición constante, una estrategia pensada para demostrar fuerza. Pero cuando esa misma estrategia empieza a sacudir las encuestas y a complicar el relato tras Minneapolis, deja de ser útil.

Su reemplazo por Markwayne Mullin no anuncia un giro. Anuncia otra fase. Menos ruido. Más control. La política sigue, pero cambia quién la encarna y cómo se presenta.

El movimiento solo se entiende mirando al 3 de noviembre. Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos no deciden la presidencia, pero sí deciden el poder real del presidente. Se renueva toda la Cámara de Representantes y parte del Senado.

Si Trump pierde alguna de esas cámaras, no abandona la Casa Blanca, pero pierde absolutamente la capacidad de gobernar. El Congreso puede bloquear leyes, frenar presupuestos, paralizar nombramientos y abrir investigaciones constantes. Es decir, puede convertir a un presidente fuerte en una marioneta.

No es un detalle técnico. Es un cambio de escenario. Trump ya lo vivió en su primer mandato. Y lo que intenta ahora es evitar repetirlo.

Por eso el lenguaje importa. Por eso desaparece "deportaciones masivas". Por eso cae Noem. No es una cuestión de convicciones. Es una cuestión de supervivencia.

En ese contexto se empieza a mirar a otras figuras. Pete Hegseth es una de ellas. No porque su salida sea inminente, sino porque encaja en el mismo patrón de riesgo.

Está al frente de un aspecto delicado —la política exterior y la implicación militar—, con una exposición creciente y con un coste potencial si el conflicto se alarga o se complica.

Trump quiere imponer multas diarias de 998 dólares a los inmigrantes ilegales por cada jornada que sigan en EEUU

En Washington, los principales analistas empiezan a leer el caso Noem como un precedente. Primero se intenta sostener la política. Si el coste aumenta, se ajusta el discurso. Y si aun así no basta, se cambia al responsable visible.

No es una excepción. Es el método.

Y ahí está la clave de todo el movimiento. Trump no ha dejado de creer en la mano dura. Ha dejado de hablar de ella como antes. Porque en noviembre no se juega solo la mayoría parlamentaria. Se juega seguir gobernando con poder o empezar a hacerlo con límites.

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