De confirmarse lo que muestra la última encuesta, el PP mantendría la mayoría absoluta en Andalucía y se juega el que sea por los pelos o con similar holgura a la de los comicios de 2022. En relación con el sondeo anterior, de hace dos semanas y poco, no hay demasiadas variaciones significativas; sube algo Por Andalucía -puede que las décimas se las aporte el dinamitero Podemos- y la izquierda también radical pero coherente de Adelante Andalucía.
El PSOE frena a duras penas su desplome; es demasiado atrevido achacar la contención del derrumbe andaluz a la postiza posición de Sánchez respecto de Trump -eso lo pueden sostener los guionistas de La Moncloa y sus alcahuetes mediáticos, aunque tienen razones para percutir porque el PSOE deriva un porcentaje significativo de voto hacia su izquierda-; lo lógico es que tenga más que ver con que el votante socialista descontento, a medida que toma conciencia de la proximidad de la fecha y de la magnitud de la debacle, se discipline. La disciplina sostiene a los partidos en crisis. En Andalucía, la observancia y obediencia se mantiene por tradición, no por liderazgo. Fue por liderazgo en tiempos de Felipe González y Rodríguez de la Borbolla. Ellos afianzaron un acervo que Sánchez y Montero hacen tanto por desbaratar. Desde siempre, el voto en Andalucía es mayoritariamente conservador. Y durante décadas, el conservadurismo vital andaluz lo representó el PSOE.
El modelo de partido agencia que ha creado Sánchez no ha cuajado en Andalucía, probablemente porque el ensamblaje de la corporación -y organización- en torno a La Moncloa y Ferraz coincidió con el desmontaje del partido en la región y la pérdida del poder. De hecho, Sánchez interpretó bien el contexto y achacó el desmantelamiento del tinglado autonómico socialista -poder, subvenciones, clientelismo, marchantería y tramas- a Chávez, Griñán y Díaz. Prometió un nuevo y modernizado maná, entramado y cartel, pero se encontró con que el Manual de convivencia de Moreno Bonilla contuvo y rebajó la potencia de la división y enconamiento del que se nutre Sánchez. Moreno Bonilla mejora su imagen, con la gestión posterior del accidente en Adamuz, frente a la incompetencia y negligencia del Ministerio de Puente, como reclamo.
Finalmente, Sánchez decidió indultar a los implicados en la trama de los ERE, también para afianzar su poder y convertir en cómplice de los manejos de Begoña Gómez y Cerdán a todo el partido. Díaz se ha plegado al césar incluso tras repasar la moviola del tejemaneje con las urnas que los secuaces de Sánchez prepararon para su boss, que se asomaba cada poco y parapetaba el acceso a la sala de votaciones mientras se procedía al intento de fraude en aquel ignominioso comité federal de 2016. Cuando Pedro Sánchez hace como que se muerde los carrillos, abre los ojos y mueve sus pupilas simulando estar atónito, trampea. Sánchez fue Sánchez desde el principio. Y por eso y así se hizo con el PSOE.
Así pues, lo más llamativo de la encuesta de hoy es que la fidelidad del votante de Vox decae, y que en Andalucía trasvasa más al Partido Popular de lo que el PP le transfiere a él. María Jesús Montero hurgará a voces y desubicada entre sus indecisos. Después suplicará de nuevo a Pedro Sánchez.