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Trump podría acabar con el chavismo, pero abre la puerta del mundo a los depredadores

Trump podría acabar con el chavismo, pero abre la puerta del mundo a los depredadores
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Combinar el rechazo al albedrío depredador de Trump y a la dictadura de Maduro es difícil, pero supone el último dique de contención del orden liberal tan dañado y desprestigiado hoy.

Nicolás Maduro y Donald Trump

Columnas EL LIBRO DE LA SELVA Trump podría acabar con el chavismo, pero abre la puerta del mundo a los depredadores

Combinar el rechazo al albedrío depredador de Trump y a la dictadura de Maduro es difícil, pero supone el último dique de contención del orden liberal tan dañado y desprestigiado hoy.

Publicada 6 enero 2026 04:46h

Aporrean la puerta de una casa que todos quisiéramos tener. Sacan de la cama al fiscal Robert H. Jackson.

Es de madrugada y Jackson, un magistrado ambicioso que sueña con presidir el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, comienza a dilucidar ante un whisky con hielo si es posible juzgar a los criminales nazis recién capturados.

Es el inicio de Nuremberg, la película de James Vanderbilt estrenada hace unos meses. El guion resuelve de manera eficaz las dificultades que se hubieron de superar para celebrar el juicio y fracasa estrepitosamente a la hora de narrar el propio juicio.

Resulta muy interesante esa escena inicial para lo que ahora nos ocupa: el rapto de Nicolás Maduro.

Estamos en batín, copa en mano, junto al fiscal Robert H. Jackson, que lleva la sorpresa tatuada en el rostro y deja que los espectadores intuyamos una euforia enérgicamente contenida.

La confluencia en Jackson de esas dos pulsiones (la alegría contenida por la caída del dictador y la desaforada preocupación por la legalidad internacional) es justo lo contrario a la algarabía delirante del trumpismo.

Agentes de la DEA trasladan a Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, fuera de un helicóptero. Adam Gray Reuters

La clave: esa preocupación por la legalidad internacional es lo que contiene la alegría por la detención de Hermann Göring. Un espejo, el de Jackson, en el que conviene mirarse en estos días de grandes debates morales.

Nicolás Maduro está en Nueva York, pero no aparece nadie en la Casa Blanca dispuesto a explicar un plan verdaderamente relacionado con la democracia en Venezuela y la restauración de los derechos humanos que, además, respete la legalidad internacional.

O por lo menos que finja respetarla.

Es más: ni siquiera ha aparecido alguien en el Ejecutivo norteamericano procurando esconder la voracidad por el petróleo, el punto de partida de la operación de la Casa Blanca.

Fingimiento o convicción, probablemente mezcla de las dos, nuestro Robert H. Jackson se pone manos a la obra y alumbra un Tribunal Militar Internacional consensuado con el resto de las potencias vencedoras. Los juicios de Nuremberg.

Trump no quiere pasar por el Congreso para obtener respaldo parlamentario, no quiere incluir en el nuevo proceso a las grandes democracias del mundo, no quiere negociar con nadie, le importan un pimiento tratados y convenciones, y su mejor baza es…

…amenazar de muerte a Delcy Rodríguez, otra dictadora, para que se avenga a la tutela de Estados Unidos viviendo en un país internamente controlado por Rusia, China e Irán.

Nicolás Maduro aterriza en Nueva York, donde será juzgado por narcotráfico | Última hora de la operación del gobierno de Donald Trump en Venezuela

Sería absurdo escribir que Trump no tiene un plan. Por supuesto que lo tiene y por supuesto que no lo conocemos. Lleva razón en que colocar en el poder automáticamente a la oposición podría dar lugar a una masacre civil: Venezuela sigue gobernada por los paramilitares, el ejército bolivariano y la policía chavista.

Trump cree que sólo un chavista puede lograr el haraquiri, que es como se logran (enseñó España) las transiciones pacíficas. Es muy difícil imaginar a Delcy Rodríguez travestida de Adolfo Suárez y a Donald Trump reencarnando a Torcuato Fernández-Miranda.

Es prácticamente imposible, ¡sobre todo sonrojante!, pero no podemos escribir "imposible" sin conocer lo que conocen la CIA y el FBI.

Los medios venezolanos (chavistas y opositores) recogen estos días las primeras palabras de Nicolasito, el único hijo del dictador: "La historia dirá quiénes fueron los traidores".

Y las transiciones se hacen con traidores: Suárez traicionando al Movimiento, Carrillo traicionando la revolución y Juan Carlos I traicionando su juramento.

Sánchez "condena con rotundidad" el ataque de Trump en Venezuela por "violar la legalidad internacional"

La onda expansiva

Volvamos adonde estábamos, el hipotético plan de Trump. La estadística no le favorece. Los golpes de timón de Estados Unidos en América y en Oriente no suelen salir bien. Nunca salen bien… con la excepción de Panamá. Léase Chile, Guatemala, Cuba, Libia o Afganistán.

El tiempo dirá si era otra de sus locuras o si había una oportunidad.

Sin embargo, lo inquietante, lo más peligroso, es la ausencia de cobertura legal y el desprecio por el orden internacional. El impacto que esta operación tiene en la manera de funcionar del planeta. La onda expansiva.

Ha escrito sobre ello Michael Ignatieff en Letras Libres. El presidente de Estados Unidos podría haber descorchado la botella de los depredadores.

Si un país hegemónico puede decidir por sí solo qué es una dictadura, asaltarla y hacer allí un gobierno a su gusto, ¿adónde nos dirigimos? ¿Putin hará lo mismo en los antiguos territorios soviéticos? ¿Qué será de China y Taiwán?

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, a su llegada a la Casa Blanca procedente de Mar-A-Lago. Reuters

Dice Ignatieff: "La estabilidad se construirá en adelante sobre un relativismo moral franco (lo que está bien para mí es asunto mío, lo que está bien para ti es asunto tuyo) y la paz dependerá de la disuasión armada en una ley de la selva".

La fuerza de Trump radica aquí. Únicamente aquí, que no es poco. Díganselo a los millones de venezolanos exiliados: "Y si yo no lo hago, ¿quién lo hace? Si no acabo yo con el dictador, ¿quién acaba?".

Porque Trump, efectivamente, ha asaltado una dictadura, y no una nación libre. Ha apresado al opresor. Ha retirado al caudillo que amañó las últimas elecciones.

Combinar el rechazo al libre albedrío de Trump, al mismo tiempo que se discurren formas efectivas de acabar con las dictaduras, es hoy el último dique de contención del orden liberal.

Porque hay dictaduras, como la de Cuba, como todavía Venezuela, que no mueren nunca.

Y porque hay dictaduras que, tras ser derrocadas con un golpe externo, pueden dar lugar a algo peor. ¡Es tan difícil!

Sánchez, único líder de la UE que condena con la izquierda latinoamericana a Trump por querer 'apropiarse' de Venezuela

En España, en esta dichosa España del muro, será difícil defender esta posición. Desear la caída de la dictadura al mismo tiempo que se condena la violación legal de Trump.

Y será más difícil todavía porque se trata de un análisis de salón en cuanto se contrasta con el parecer de los exiliados, de las víctimas y de quienes todavía viven encerrados en sus casas o en la cárcel.

Pero, por más análisis de salón que sea, no queda otro camino si se quiere la pervivencia del mejor orden mundial conocido hasta ahora.

¿Qué hacer con Maduro?

Volvamos a Jackson y a Göring. Volvamos a Maduro, con el gorro de reno, recorriendo el asfalto acompañado por agentes de la DEA.

Trump no sabe qué hacer con Maduro. O sí lo sabe. Pero va por el camino de aplicarle un juicio madurista, el de la Ley del Talión. Si uno acude a las acusaciones que se vierten oficialmente contra Maduro en Nueva York, encuentra el narcotráfico y los delitos cometidos contra Estados Unidos.

Porque en Estados Unidos sólo se le puede juzgar por delitos cometidos contra este país. Y no está claro, pese a la intuición lógica, que haya pruebas documentales contundentes como para condenarlo.

Salvo que los topos colaboradores de la CIA las hayan ido recabando.

Los delitos por los que hay que juzgar a Maduro son los del asesinato y la represión de la oposición. Los de las torturas en el Helicoide. Y eso no se puede hacer en Estados Unidos. Debe hacerse en Venezuela.

El trofeo de Maduro, que de momento no es más que eso, resulta carne suficiente como para resaltar el vacío democrático de la acción de Trump.

Delcy Rodríguez durante una reunión de la cúpula de la dictadura en Venezuela. Europa Press

Publican los grandes medios estadounidenses estos días reacciones de líderes republicanos, compañeros de Trump, preocupados, como el fiscal Jackson entonces, por la cobertura legal inexistente en la captura.

El juicio de Nuremberg, la creación de aquel Tribunal Militar Internacional, se ensambló a posteriori, pero Trump, en lugar de tranquilizar al mundo con el a posteriori, no ha hecho más que desconcertarlo… y atemorizarlo.

De hecho, los partidos conservadores europeos, los más cercanos a la oposición venezolana, empezaron a marcar distancias con él en cuanto escucharon su alocución.

¿Qué es eso de hablar de petróleo antes que de presos políticos? ¿Qué es eso de Estados Unidos dirigiendo la transición en Venezuela? ¿Qué es eso de ningunear a la oposición que ha estado jugándose la vida?

Trump contaba con un argumento poderoso a favor, ya mencionado, para su operación: Venezuela está mejor sin Maduro que con Maduro. No hay un solo demócrata que no sintiera una sensación de alivio al ver al dictador caribeño esposado.

El "halago de los instintos que produce ver caer a un dictador repugnante y sangriento", en palabras del filósofo Javier Gomá.

Conforme pasaban las horas, Trump tuvo muchas oportunidades de hacer gestos para dar un barniz democrático al secuestro.

Donald Trump supervisa la operación militar para capturar a Maduro y su esposa la madrugada del 3 de enero. White House

Por ejemplo.

1. Decir que Venezuela ya tiene un presidente electo legítimo, que se llama Edmundo González Urrutia.

2. Decir que Estados Unidos hará todo lo posible para que se restaure esa legalidad constitucional.

3. Decir que, en cuanto la situación lo permita, la Casa Blanca se apartará para que sean los venezolanos quienes decidan su futuro.

4. Decir que Estados Unidos no hará nada que ponga en peligro la soberanía venezolana.

5. Decir que las elecciones libres en Caracas son el principal objetivo del plan.

6. Decir que Estados Unidos no se servirá del petróleo venezolano en condiciones humillantes para los venezolanos y sin el permiso de un gobierno legítimo.

7. Decir que su presencia militar se circunscribe a la anulación del régimen dictatorial y al combate de cualquier intento de Rusia, China e Irán por resucitar el chavismo.

8. Decir que buscará el respaldo de su Parlamento.

9. Decir que Estados Unidos no es quien para juzgar al dictador y que va a buscar una solución internacional para dilucidar quién lo hace.

10. Decir que el supuesto ideal sería que lo juzgara una Venezuela libre.

Trump todavía está a tiempo de dar un giro. Podría hacer y decir tantas cosas.

Pero sólo podría decirlas si fuese un político republicano al uso, un conservador o un liberal. Puede que un liberal-conservador. Pero Trump no es eso.

Trump no es Maduro, claro, pero… siempre será Trump.

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