Los avances consisten por ahora sobre todo en haber ganado tiempo. Washington y Pekín acordaron prolongar otros dos meses la tregua comercial que debía expirar el 10 de noviembre. No hay un gran tratado que cierre las disputas que enfrentan a las dos mayores economías del mundo. Hay algo más modesto, pero también significativo después de años de amenazas, aranceles y represalias: ninguno de los dos parece interesado ahora en volver al enfrentamiento comercial abierto.
Tierras raras
La relación ha cambiado desde que Trump regresó a la Casa Blanca. Su primera presidencia convirtió los aranceles en el instrumento fundamental para enfrentarse al enorme desequilibrio comercial con China. En esta segunda etapa ha vuelto a utilizarlos, pero Washington ha descubierto también los límites de esa herramienta. Pekín dispone de sus propias armas, especialmente su dominio de buena parte del procesamiento mundial de tierras raras y minerales críticos. Los dos países pueden hacerse mucho daño y ambos parecen haber llegado a la conclusión de que mantener esa amenaza bajo control resulta más útil que ejecutarla constantemente.
Ya en mayo, durante la visita de Trump a China, ambos Gobiernos crearon mecanismos para gestionar el comercio y las inversiones, y Pekín asumió compromisos sobre productos agrícolas estadounidenses, minerales críticos y compras de aviones Boeing. Parte de esas promesas avanza lentamente y otras siguen pendientes, pero el marco ha sobrevivido. La visita de Xi no lo sustituye por algo nuevo: lo prolonga.
Xi dice que China y EE UU tienen que garantizar que la inteligencia artificial permanezca «bajo control humano» y «sirva al bienestar de las personas»
Por eso, la inteligencia artificial ha ocupado un lugar mucho más crítico en estas conversaciones. Estados Unidos y China son las dos potencias que compiten por dominar una tecnología que Trump considera más transformadora que la Revolución Industrial. La discusión ya no consiste únicamente en quién desarrolla el mejor modelo. Abarca quién fabrica los semiconductores que permiten entrenarlo, quién dispone de la energía y los centros de datos necesarios, quién controla las cadenas de suministro y, finalmente, quién establece las reglas bajo las que funcionará esa tecnología.
Según dijo Trump en redes sociales, en la cena de Estado los dos líderes hasta propusieron cambiar el nombre de «inteligencia artificial» por «inteligencia superior» o algo semejante, ya que les parece más positivo. Trump ha resistido peticiones de los grandes empresarios del sector por frenar por decreto avances que hagan de esa tecnología un peligro para la seguidas nacional norteamericana.
Evitar riesgos tecnológicos
El presidente de Estados Unidos ha defendido siempre una regulación mínima para no frenar a las empresas de su país y llegó a escribir antes de la reunión que quería dejar la inteligencia artificial «exactamente donde está». Xi introdujo un matiz significativo. China y Estados Unidos, dijo, tienen la responsabilidad de garantizar que la inteligencia artificial permanezca «bajo control humano» y sirva al bienestar de las personas.
No hubo acuerdo sobre ese punto. Sí hay, sin embargo, un primer intento de establecer unas reglas mínimas entre las dos potencias. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha propuesto a Pekín crear un mecanismo de notificación para incidentes relacionados con inteligencia artificial que puedan afectar a la seguridad nacional. Sería algo parecido a un canal de emergencia entre dos rivales que asumen que van a competir, pero quieren evitar que un accidente tecnológico provoque una crisis mayor.
La paradoja es que la distensión comercial coincide con una competición tecnológica cada vez más intensa. Estados Unidos mantiene restricciones sobre la exportación a China de los semiconductores más avanzados y Pekín exige que se relajen. Mientras tanto, las empresas chinas intentan reducir su dependencia. Alibaba acaba de presentar un nuevo procesador de inteligencia artificial y prepara modelos cada vez mayores, mientras Huawei continúa desarrollando alternativas nacionales a los chips estadounidenses. Las restricciones han dificultado el acceso chino a la tecnología occidental, pero no han detenido la carrera.
La composición de la cena de Estado dejó una imagen bastante precisa de esa nueva relación. Entre los aproximadamente 130 invitados estaban Jensen Huang, fundador de Nvidia; Jeff Bezos, fundador de Amazon, y Elon Musk, al frente de Tesla y SpaceX. No había, en cambio, grandes empresarios chinos. En una visita de Estado dedicada formalmente a las relaciones entre dos países, buena parte de los protagonistas estadounidenses procedían de las compañías que determinarán quién tiene ventaja en la siguiente fase de esa competición
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