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Un callejón sin salida

Un callejón sin salida
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Si se concreta el domingo el resultado previsto en Castilla y León, el PP y Vox negociarán a cara de perro en Valladolid, al igual que lo están haciendo en Mérida y en Zaragoza, y la falta de pactos daría paso a gobiernos débiles por minoritarios o a nuevas elecciones que volverán a ser inconclusas. Leer
Ensayos liberalesUn callejón sin salida
  • TOM BURNS MARAÑÓN
13 MAR. 2026 - 00:29El presidente de Vox, Santiago Abascal, interviene en un acto el pasado lunes en el Parador de Gredos.RAÚL SANCHIDRIÁNEFE

Si se concreta el domingo el resultado previsto en Castilla y León, el PP y Vox negociarán a cara de perro en Valladolid, al igual que lo están haciendo en Mérida y en Zaragoza, y la falta de pactos daría paso a gobiernos débiles por minoritarios o a nuevas elecciones que volverán a ser inconclusas.

Por tercera vez en tres meses los españoles, sus socios europeos y sus aliados de la OTAN están pendientes del resultado de las elecciones convocadas en una de las once comunidades autonómicas gobernadas por el principal partido de la oposición. Según las encuestas, una mayoría de los votantes en Castilla y León volverá a rechazar pasado mañana al sanchismo y a sus compañeros de viaje como ya lo hizo en 2022. Una vez más, con todavía más razón, se hablará del fin de un ciclo gubernamental. Y, también si tal mutis es posible porque el sanchismo, y con el sanchismo, España se encuentra en un callejón sin salida.

En teoría los ciclos se suceden con la precisión que evoluciona la acción en el escenario y cae el telón sobre ellos cuando el drama culmina con el paso de una situación distinta a la inicial. El tramoyista pone fin a lo que en este caso del sanchismo habrá sido un prolongado periodo político de ocho años porque se ha cumplido el proceso de tesis y antítesis.

Tesis fue el gobierno contundentemente progresista que propuso Pedro Sánchez en un ya lejano 2020 cuando decía "somos la izquierda" y formó un gobierno de la mano de Podemos y con Pablo Iglesias Turrión de vicepresidente segundo del Gobierno. Fue el primer gobierno de coalición en el actual ciclo constitucional y el más radical desde el que formó el Frente Popular tras las elecciones de febrero de 1936.

La tesis tuvo su antítesis en la irrupción de Vox, una escisión enfáticamente de derechas del Partido Popular. Las elecciones este domingo no tendrían mayor interés fuera del de los censados en Castilla y León si no fuese porque se quiere medir el alcance de la insurgencia de Vox. En otras palabras, saber si en la derecha el perro mueve el rabo o si la cola menea al perro.

La democracia representativa es siempre dinámica, tiene mucho de teatro y las sucesivas obras que estrenan los gobernantes se atienen a la dialéctica de una idea que provoca otra contraria. Desde que en la antigüedad se debatían ideas, la ley de hierro es que cada tesis engendra su antítesis. Un partido, o una coalición de partidos, elabora un programa de iniciativas y, al ganar el poder, se ocupa de convertirlas. Mientras tanto otros partidos se oponen a estos proyectos, y anuncian una hoja de ruta distinta y hasta contradictoria a la que emplea el gobierno.

Son los dos primeros actos en toda obra que desarrolla un ciclo político. Concluido el segundo, el público ya sabe sobradamente que el sanchismo es un gobierno zombi. Y lo que espera es que se resuelva y se supere cuanto antes una situación que es inaceptable.

Futuros historiadores de estos años juzgarán que lo fue desde que en abril de 2024 Sánchez se tomó cinco días de reflexión y no los aprovechó para marcharse. Tampoco es de recibo que el presidente del gobierno no pueda salir a la calle sin ser increpado. Pero esto se da como algo normal.

En el tercer y último acto de un ciclo político, el partido opositor, solo o en coalición, consigue desplazar a los gobernantes y presenta una serie de políticas que enmiendan las que fueron aprobadas por quienes anteriormente ejercieron el poder. Esta es la síntesis y con ella termina un ciclo y comienza el siguiente.

En un sistema parlamentario bipartidista y estable que enmarca la alternancia de gobiernos, las novedades políticas que introduce el ganador de unas elecciones son más bien superficiales y de imagen. La capacidad de maniobra de un gobierno entrante suele ser limitada y las políticas públicas son una síntesis de las de los dos partidos adversarios.

Tesis y antítesis

La pregunta del millón es si, aquí y ahora, es posible este civilizado proceso que permite la superación de la tesis-antítesis con una síntesis más o menos consensuada. Se dirá que una ruptura pactada para unos y un continuismo corregido para otros, llámese como se quiera, está fuera de lugar en tiempos de políticas polarizadas. En España hoy los dos partidos nacionales y "dinásticos" están obligados a transigir con formaciones minoritarias y muy ideologizadas para alcanzar el poder.

Tales acuerdos crean bloques políticos diametralmente opuestos que impugnan cualquier ensayo de síntesis. La izquierda y los nacionalistas de la anti-España quieren a toda costa evitar que gobierne la derecha. Si por ellos fuese, un cordón sanitario prohibiría para siempre un gobierno "no progresista" que está "en el lado incorrecto de la historia". La derecha, por su parte, quisiera derogar casi todo lo que ha legislado el sanchismo desde que ganó una moción de censura en 2018. En el caso de Vox, absolutamente todo.

Las encuestas indican que no habrá grandes cambios en la gobernanza de Castilla y León. Puede, por supuesto, haber sorpresas de última hora, pero los expertos de la demoscopia señalan que el Partido Popular ganará de nuevo las elecciones del domingo pero que, una vez más, el partido de centro derecha se quedará lejos de una mayoría en las Cortes que se reúnen en Valladolid; que el Partido Socialista seguirá en la oposición porque su voto está estancado; y que Vox, la vociferante derecha sin complejos, avanza.

La meta de la derecha insurgente en las elecciones del domingo es superar por primera vez la barrera del 20% de los votos emitidos. La izquierda radical, por su parte, nunca ha dejado de ser irrelevante en la antigua Castilla la Vieja y lo seguirá siendo a partir de la semana que viene.

Lo que está en juego pasado mañana es la proporcionalidad en el voto de la derecha y los comicios son un asunto familiar entre los electores antisanchistas. Unos dicen que lo eficaz es introducir en la urna la papeleta del Partido Popular para que gobierne en solitario y otros que lo útil es llevar en la mano la de Vox para así "derechizar" la formación mayoritaria.

El "asunto" se complicará si los castellanoleoneses votan de manera parecida a la que hicieron los extremeños a finales del pasado mes de diciembre y los aragoneses hace ahora un mes. En ambas elecciones autonómicas anteriores Vox dobló su voto. Y esto tiene consecuencias que son fáciles de anticipar. Pasan las semanas y Extremadura y Aragón carecen de nuevos gobiernos porque no hay acuerdo entre los dos partidos que quieren expulsar al sanchismo del gobierno.

Gobiernos débiles

Si, en grandes líneas, se repite el domingo el resultado previsto, le espera a Castilla y León un dilatado proceso negociador para investir al presidente de la Comunidad. El Partido Popular y Vox negociarán a cara de perro en Valladolid al igual que lo están haciendo en Mérida y en Zaragoza y la falta de acuerdos dará paso a gobiernos débiles por minoritarios o a nuevas elecciones que volverán a ser inconclusas.

Tal perspectiva, tan poca alentadora para las comunidades autonómicas en cuestión, no ofrece consuelo alguno si se reproduce a escala nacional en las próximas elecciones. La peor situación de todas es la de seguir aguantando un sanchismo herido de muerte que se resiste a morir.

España, que lleva tres años sin Presupuestos Generales del Estado, necesita un gobierno capaz de contar con las inapelables mayorías parlamentarias que requieren decisiones necesariamente duras y complejas dadas las turbulencias y la posible estanflación de las actuales circunstancias globales. Y los líderes de la Unión Europea y los de la OTAN necesitan un gobierno fuerte, coherente y fiable en España.

Prácticamente cada vez que dice algo Pedro Sánchez sobre los temas de nuestro tiempo irrita a los jefes de gobierno adultos del entorno. Lleva la contraria en las políticas de inmigración, en las energéticas y en las de gasto en seguridad y Defensa. Peor aún, se postula como el fustigador de Donald Trump y el líder europeo que mejor se lleva con China. Al hacerlo entorpece las relaciones de la Unión con su socio y aliado indispensable. Sánchez está solo como lo está todo el que saca los pies del tiesto en mitad de una tormenta.

En el plano nacional la tesis de Sánchez se ha reducido al "no a la guerra" de 2003 y esto es la prueba palmaria de que recurre a lo vacuo porque ya no tiene nada que proponer. Es como decir "no" a cumplir años y hacerse mayor. Se obceca con el cántico del "no pasarán" los de la extrema derecha y lo único que consiguen sus denuncias de la 'fachoesfera' es aumentar los votos de Vox.

El sectarismo sanchista se ha convertido en el mejor banderín de enganche para el partido que lidera Santiago Abascal. No hay síntesis a la vista. Se prevé más incertidumbre tras las elecciones pasado mañana en Castilla y León y Sánchez, que está en un callejón sin salida, no da por concluida la función.

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Fuente original: Leer en Expansión
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