- MICHAEL PEEL
Los expertos aseguran que las autoridades sanitarias necesitan planes alternativos para las personas que dejan de tomar medicamentos como Ozempic y Wegovy.
Las personas que dejan de tomar medicamentos contra la obesidad recuperarán su peso original en dos años y perderán los beneficios que aporta el tratamiento para el corazón, los niveles de colesterol y la presión arterial, según un exhaustivo estudio.
Los hallazgos se suman a la evidencia de las dificultades para mantener la pérdida de peso significativa y los beneficios para la salud asociados que muchas personas consiguen con medicamentos como Ozempic, Wegovy y Mounjaro.
Los expertos advierten de que las autoridades sanitarias necesitan planes alternativos para los millones de usuarios que dejarán de tomar estos medicamentos populares en los próximos años.
"Lo que hemos demostrado en este análisis en concreto es que la recuperación de peso después de la medicación es común y rápida", afirmó Susan Jebb, coautora del estudio y científica especializada en nutrición de salud pública en la Universidad de Oxford. La obesidad es una enfermedad crónica con recaídas, y es evidente que es necesario contar con algún tipo solución para mantener los beneficios de estos tratamientos.
Los investigadores responsables del artículo publicado en BMJ analizaron datos de más de 9.000 personas de 37 estudios en las que presenciaron los efectos de suspender los fármacos. De media, los participantes tomaron los medicamentos durante 39 semanas y proporcionaron datos de seguimiento durante 32 más. Los científicos extrapolaron los datos de los estudios para predecir qué habría sucedido después de un período adicional.
Descubrieron que, de media, las personas perdieron 8,3 kg durante el tratamiento, pero habían comenzado a recuperar su peso original menos de 21 meses después de suspenderlo.
Se observó que los efectos beneficiosos sobre el corazón, los niveles de colesterol y la presión arterial de los participantes que tomaron los medicamentos desaparecerían en 18 meses.
Los índices de pérdida y recuperación de peso fueron mucho más rápidos que las de las personas que recibieron formación para modificar sus dietas y patrones de comportamiento. Los científicos reconocieron las limitaciones de su trabajo, incluyendo que casi un tercio de los ensayos que analizaron presentaban un alto riesgo de sesgo.
Las personas que participaron en los programas de tratamiento farmacológico y conductual podrían haber diferido en aspectos potencialmente importantes, como el grado de obesidad y la incidencia de comorbilidad, añadieron.
La investigación destacó la dificultad de mantener la pérdida de peso para los "millones de personas que probablemente dejarán de tomar estos medicamentos en los próximos meses y años", afirmó Adam Collins, profesor asociado de nutrición en la Universidad de Surrey.
Naveed Sattar, profesor de medicina cardiometabólica en la Universidad de Glasgow, destacó que los medicamentos para bajar de peso eran "fundamentales" para muchas personas con índices de masa corporal muy elevados.
Al parecer, los usuarios de medicamentos para bajar de peso son vulnerables a presentar deficiencias nutricionales y pérdida de masa muscular debido a la falta de orientación dietética adecuada, según un artículo independiente publicado el jueves en Obesity Reviews.
La evidencia sugiere que hasta un 40% del peso perdido con estos medicamentos puede corresponder a masa corporal magra, incluyendo músculo, según investigadores de la UCL de Reino Unido y la Universidad de Cambridge.
Los tratamientos para la obesidad del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido incluyen programas para garantizar una dieta equilibrada y un aumento de la actividad física. Sin embargo, la gran mayoría de los usuarios adquieren los medicamentos y, a menudo, no acceden a estos programas.
"Si la atención nutricional no se integra con el tratamiento, existe el riesgo de sustituir un conjunto de problemas de salud por otro, por las deficiencias nutricionales y la pérdida de masa muscular en gran medida evitable", afirmó Marie Spreckley, científica de la Universidad de Cambridge que dirigió la investigación.
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