Martes, 08 de septiembre de 2026 Mar 08/09/2026
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Política

Una chavala que va a clase

Una chavala que va a clase
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"Por acostumbrada que esté a ello la princesa Leonor, es difícil creer que ese nivel de exposición y de exigencia no deje huella en alguien" Leer

Las imágenes de la llegada a la universidad de la princesa Leonor me provocan un rechazo automático. Un sentimiento de compasión, hasta de pena. Hay algo en esa marabunta de cámaras, en todas esas personas que miran y que graban con el móvil a una chavala que empieza la carrera, que me resulta aberrante. Que la dejen en paz, pienso; que le dejen ir a clase tranquila.

Doy por hecho que la princesa está mucho más preparada para lidiar con ese nivel de atención de lo que lo estamos los demás. Doy por hecho, también, que el ambiente se tranquilizará en cuanto pase la novedad de tener a una futura reina en clase. Sencillamente creo que no puede ser bueno para nadie, y mucho menos para alguien muy joven, verse expuesta de esa manera. Tener encima tantas miradas, tantas expectativas, tal nubarrón de comentarios sobre cada paso que da. Encima, en un momento tan iniciático como es el primer día en un nuevo entorno.

Dirán que esto es parte del pack de la realeza. Y el caso es que estoy convencido de que la monarquía -constitucional, claro- puede ser una institución muy útil para un país. Los problemas que suscitan su origen y su carácter hereditario se ven compensados por la utilidad de tener a una figura en el centro del sistema, sin vinculación a un partido o facción concretos, que pueda dar estabilidad, ejercer funciones protocolarias y actuar como línea de defensa en momentos de grave crisis. También creo que esa utilidad teórica se ha verificado en la España de las últimas décadas. Si se celebrara un referéndum sobre el asunto, no tendría problema en votar a favor de mantener esta monarquía.

El problema es que la teoría de las monarquías modernas funciona bien hasta que reparas en que los reyes no pueden ser robots; deben ser personas de carne y hueso. Y ahí es donde la cosa se enturbia. No es solo que, como personas de carne y hueso, los reyes y los príncipes -adultos- puedan tener comportamientos poco ejemplares, como ha sucedido en tantas casas reales. También ocurre que, para que haya reyes, debe haber herederos; y, para que haya herederos, debe haber niños a los que se somete a una exposición casi inimaginable desde que nacen. No faltan recursos para protegerlos de esa exposición, empezando por el empeño de los propios padres. Pero esto no frena lo que vimos ayer: la imagen de una chica que llega a un campus en el que todo el mundo ya habla de ella, y en el que cada gesto que haga o palabra que diga será recordada y comentada. Por muy sensata que sea o por muy acostumbrada que esté a ello, es difícil creer que ese nivel de exposición y de exigencia no deje huella en alguien. La mayoría de famosos elige su fama; a los herederos se les impone la fama -con todas sus consecuencias- desde su nacimiento. No sorprende que haya algunos miembros de familias reales que acaban mal; lo raro es que haya tantos que salen más o menos bien.

Es fácil responder señalando los muchos privilegios que definen la vida de Leonor, y animando a que reservemos nuestra compasión para los jóvenes que están en situaciones verdaderamente difíciles. También es posible que aquellas experiencias que desde fuera parecen tan aberrantes no se lo parezcan a la persona concernida. Al final, lo único normal en este asunto es que todos le deseamos a Leonor lo mismo que al resto de chavales de su edad: que le vaya bien, que aprenda mucho, que sea feliz.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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