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Ver u observar: la frontera real de la transformación digital

Ver u observar: la frontera real de la transformación digital
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Decidir qué merece ser observado es un ejercicio que combina tanto conocimiento de negocio como empatía. Leer
OPINIÓNVer u observar: la frontera real de la transformación digital
  • VÍCTOR LÓPEZ-BARRANTES Director general de NTT DATA Iberia
Actualizado 23 JUL. 2026 - 00:30Seguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Decidir qué merece ser observado es un ejercicio que combina tanto conocimiento de negocio como empatía.

El verano nos invita a bajar el ritmo y, al hacerlo, entendemos mejor una diferencia fundamental entre dos acciones humanas: no es lo mismo el simple hecho de ver que la capacidad de observar. Ver es mirar, sin más; mientras que observar es prestar atención, comprender el contexto o detectar lo que está cambiando; implica un "para qué". Esa diferencia, tan cotidiana en apariencia, dice mucho también del momento que viven las empresas y del entorno de cambio acelerado que vivimos. Y es que ya no basta con reaccionar a lo que sucede, sino que el verdadero reto está en entender qué está ocurriendo, por qué pasa, qué impacto puede tener, y qué podemos hacer.

Si trasladamos esta misma diferencia al ámbito de la economía digital, donde las organizaciones gestionan ahora volúmenes ingentes de datos, diremos entonces que la clave ya no está en acumular más información, sino en transformarla en conocimiento útil para tomar mejores decisiones. Ahí es donde entra en juego la observabilidad: la capacidad de comprender, en tiempo real, lo que sucede en una empresa a partir de los datos que generan sus sistemas, sus operaciones y sus clientes. Sin esta capacidad, la digitalización corre el riesgo de añadir complejidad sin generar verdadero valor. A la vez, marca la diferencia entre saber que algo ha ido mal y entender por qué ha ido mal, permitiéndonos prevenirlo y arreglarlo.

El primer paso en este sentido implica, necesariamente, ver; en su forma más concreta, tener los datos frente a uno. Esto no es fácil, ya que implica romper con los silos que hemos creado con el tiempo, generando (desafortunadamente) cierta opacidad hacia dentro de la organización. No es casual que más de la mitad de las organizaciones citen la complejidad de la integración de los datos como uno de sus principales desafíos. Las empresas deben encontrar formas de poder contar, controlar y dar forma a sus datos. Esto supone construir arquitecturas que se correspondan con realidad, sin perder de vista el problema que queremos resolver.

Oportunidad antes que eficiencia

Las consultoras, y en particular las tecnológicas, nos hemos concentrado demasiado en hablar de eficiencia, cuando limitar el impacto de la digitalización y de otros avances a ajustar ciertos parámetros financieros no hace más que restringir nuestro horizonte y corta oportunidades en el mediano y largo plazo.

Consideremos una industria compleja y regulada como la farmacéutica. Si un camión con terapias génicas se detiene por el tráfico y la temperatura sube 0.5°C, el sistema puede, a partir de los datos con los que cuenta, enviar una alerta automática antes de que el producto se dañe, permitiendo desviar la ruta o activar sistemas de respaldo. En pocas palabras, la inteligencia artificial no solo vigila y avisa cuando algo va mal, sino que ayuda a que el sistema se arregle. Así, las fábricas funcionan sin parar, las máquinas avisan antes de romperse y el negocio se recupera de inmediato ante cualquier problema.

No se trata ya de ver errores a mes cerrado, sino de permitir acciones que marquen la diferencia competitiva. Aquí también aparece su uso en la ciberseguridad, donde debemos avanzar hacia un sistema en tiempo real que combina múltiples tecnologías para generar ecosistemas seguros. Las arquitecturas de confianza, que combinan seguridad, observabilidad y trazabilidad, deben generalizarse en las compañías. Se estima que el segmento de observabilidad de la IA pasará de unos 1.000 millones de euros en 2024 a más de 3.000 millones en 2029.

Una señal de ventaja

Al igual que una cámara, de nada sirve tener enfrente el atardecer más bonito si no se es capaz de enfocar correctamente. La pregunta, tanto en la empresa como en la playa, es qué debe ser observado. Porque, por más datos que la infraestructura soporte, si esta pregunta no es clara, el uso de la información no será con propósito, sino con mirada histórica, siempre un paso por detrás de la realidad... y los grandes beneficios potenciales acabarán brillando únicamente donde peor lucen: en la siguiente presentación de PowerPoint.

Decidir qué merece ser observado es un ejercicio que combina tanto conocimiento de negocio como empatía, una unión que la tecnología no puede replicar. Cuanta más tecnología desplegamos, más humanidad necesitamos. Las organizaciones no pueden sostenerse solo sobre datos, sino que necesitan de confianza, sentido y vínculos humanos reales.

Estas decisiones son más urgentes que nunca, en medio de los avances ya concretos en materia de agentes, así como lo que está por venir en la computación cuántica. Por ejemplo, los sensores cuánticos van a permitir realizar mediciones que hoy no conseguimos hacer, o con una mayor precisión. Esto abrirá nuevas fuentes de conocimiento que hoy simplemente no existen.

El camino por seguir es claro y pragmático: gestionar los desafíos del negocio de forma integral, potenciar las tecnologías que realmente solucionan problemas y tomar decisiones en función de resultados tangibles. Esto implica integrar la observabilidad en los propios procesos de la compañía, así como en su relación con proveedores y clientes, para que sistemas, operaciones y experiencias sean visibles y medibles de forma continua.

Pero, como ocurre al detenernos a mirar con calma, no se trata solo de ver, sino de aprender a observar. Porque es en esa diferencia donde se revela lo importante, donde los datos dejan de ser ruido y se convierten en sentido.

Las organizaciones que den este paso no solo entenderán mejor lo que ocurre, sino que sabrán anticiparse y actuar a tiempo. Y así, como quien vuelve del verano con una mirada renovada, podrán transformar la modernización en algo duradero: más productividad, mayor resiliencia y un crecimiento que no solo se mide, sino que también se comprende.

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Fuente original: Leer en Expansión
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