Youssef -descalzo, descamisado, con manchas de salitre y sudor en el rostro- camina en dirección contraria al recorrido que tomó hace dos días. Su viaje, aunque tuvo momentos de éxtasis, ha acabado en disgusto.
El chico tiene 19 años y la mirada cansada. En uno de los pómulos luce una gruesa cicatriz de unos siete centímetros que casi le alcanza un ojo. Cuenta que fue fruto de una pelea con navajas, cuando aún era un crío.
«Nos marchamos. ¡España no nos quiere! No nos han dado agua, no nos han dado un trozo de pan...», dice en un precario inglés. «Marruecos está podrido. Pero España nos echa. Estamos muy cansados. Nos vamos ya. ¡Había que intentarlo! Lo hemos hecho, pero no ha habido suerte».
El pasado jueves, Youssef se lanzó al mar con un grupo de ocho amigos de Tetuán, su ciudad natal, para tratar de llegar a nado a Ceuta. Lo consiguieron. A las siete de la tarde de ayer, sólo un día después de tocar suelo europeo, este joven marroquí se volvía cabizbajo hacia su país de origen, Marruecos.
Fue uno de los 50.000 inmigrantes que el Gobierno calcula que consiguieron acceder a la ciudad autónoma a través del espigón que separa Marruecos de España. Parte del recorrido también lo hizo a pie, entre rocas. Asegura que vio morirse a dos chicos delante de sus ojos al caer contra ellas, golpearse la cabeza y la espalda, y no poder salir a flote porque, como él, no sabían nadar. Sus cuerpos acabaron engullidos por el leve oleaje de estas últimas jornadas.
«Yo me ayudé de mis chanclas para llegar cuando tuve que nadar. Me las puse en las manos para impulsarme más rápido. También llevaba aletas, pero perdí una por el camino», cuenta este joven.
Cuando EL MUNDO habla con él, Youssef camina en paralelo a la playa de El Tarajal, en dirección a un pasillo habilitado entre España y Marruecos para que el éxodo vivido estos días sea a la inversa. Los que llegaron el jueves, ayer comenzaron a marcharse en masa. Ríos de inmigrantes, en su mayoría marroquíes procedentes de todas partes de su país, enfilaron esa misma ruta que ahora toma Youssef. Al chico se le pierde de vista en el momento en que los militares españoles impiden acceder al periodista más allá de una valla que hay junto a la frontera terrestre entre España y Marruecos, paralela a la franja costera que separa los dos países.
El Gobierno español, a través del Ministerio del Interior, señaló ayer que ya habían salido más de 48.000 personas de Ceuta. Es una cifra más que dudosa. Al cierre de esta edición, por las calles de la ciudad aún deambulaban miles de inmigrantes. Otros muchas seguían tirados en parques, en playas, en montes cercanos a la frontera.
«MI MADRE NO SABÍA NADA»
Pero el aspecto de las calles ya había cambiado por ese entonces. Ese retorno masivo hacia Marruecos sí se estaba produciendo, aunque no con la intensidad que aseguraba el Ejecutivo español.
Minutos después de hablar con Youssef, un chico de 15 años llamado Ahmed, menudo, estrecho de hombros, cargaba sobre su cuello un flotador negro idéntico a los cientos y cientos que han ido arrojando las olas hacia la orilla estos días. Lo llevaba consigo porque pensaba que tenía que volver a Marruecos a nado, tal y como llegó. Pero un militar español desplegado en la playa de El Tarajal le explicó, en árabe, que debía seguir esa larga fila humana que era conducida por un camino de tierra que desemboca en el país vecino.
«Me voy a casa. He venido solo», dice el crío, que habla con este periódico con la ayuda de la traducción que hace ese militar que le acompaña, originario de Ceuta. «Mi madre no sabía nada. Soy de Tetuán. No sé cuándo llegaré», consigue decir mientras se le acompaña más allá de la valla a la que se permitía alcanzar a la prensa.
Pese a que la mayoría de inmigrantes iban de vuelta a Marruecos, cientos de personas más siguieron intentando acceder a Ceuta durante toda la jornada de ayer. Sin embargo, eran devueltos al país vecino nada más tocar tierra.
Mientras tanto, los buzos de la Guardia Civil seguían recuperando cadáveres de esas aguas por las que llegaban los inmigrantes. Cuando encontraban uno, levantaban las manos. De inmediato, acudía una lancha de la Benemérita para sacar el cuerpo del mar. En torno a las siete y media de la tarde, este reportero fue testigo de cómo extrajeron cuatro cadáveres del agua.
Hasta el momento, al menos 57 personas han fallecido tratando de acceder a Ceuta en esta última oleada. Se trata de la mayor tragedia migratoria de la historia de España, por encima de las registradas en 2014, cuando en estas mismas aguas hubo 14 muertos, o en junio de 2023, cuando perdieron la vida 23 personas en un salto a la valla de Melilla, aunque Amnistía Internacional elevó la cifra a 37.