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Los empleados han reportado una sensación de tener más que hacer.
En una columna de enero sobre la paradoja del trabajo, recordé el inmortal chiste del escritor y guionista radiofónico inglés Douglas Adams acerca de las condiciones laborales: el horario es bueno, pero "la mayoría de los minutos reales son bastante pésimos". El chiste ha vuelto y la IA generativa ha invertido el guión.
Académicos de la UC Berkeley Haas School of Business han realizado una investigación etnográfica sobre el uso que hacen los trabajadores tecnológicos de la IA generativa. Lo que encontraron los investigadores fue lo contrario del chiste de Adams: los minutos son increíbles, pero las horas son terribles. "En los micromomentos de estímulo, iteración y experimentación, la gente hablaba de impulso y de una sensación de capacidad ampliada", explica la investigadora Xingqi Maggie Ye. "Pero cuando daban un paso atrás y reflexionaban sobre su experiencia laboral en general, a veces emergía un tono distinto. Describían sentirse más ocupados, más sobrecargados o menos capaces de desconectar por completo."
Estos trabajadores tecnológicos consideraban que la IA generativa los hacía drásticamente más productivos y capaces. Pero también intentaban hacer más, trabajaban voluntariamente más horas y se precipitaban hacia el agotamiento. ¿Son estas observaciones etnográficas un anticipo del futuro para el resto de nosotros? Sin duda lo averiguaremos, pero, mientras tanto, la teoría económica como la historia de la tecnología tienen algo que enseñarnos.
Primero, la teoría. Pensemos en un programador autónomo, pagado por resultados, que antes trabajaba 10 horas al día y de repente descubre que puede lograr lo mismo en dos. El sentido común podría sugerir que empezará a disfrutar de una jornada laboral de dos horas, pero la teoría económica es más ambigua: el "efecto renta" sugiere que debería trabajar menos horas, ya que puede conseguir lo mismo trabajando tan poco. El efecto sustitución dice que debería trabajar más horas, ya que cada hora adicional genera recompensas abundantes.
Luego está la cuestión de cuál será el nuevo equilibrio cuando todos dominen la tecnología. Los programadores armados con brillantes agentes de inteligencia artificial pueden encontrarse en la situación de programar todo lo posible mientras aún puedan cobrar por hacerlo, porque el código podría pronto volverse tan barato como el polvo.
También hay que considerar la dinámica corporativa. Puede que nueve de cada diez programadores internos estén a punto de ser despedidos, dejando a unos pocos al mando para gestionar a los agentes de codificación. Si es así, el imperativo es claro: para conservar tu empleo, demuestra que puedes programar más y mejor que todos los demás en el edificio. Esa es la teoría, pero la historia también ofrece lecciones. Las ayudas visuales antes eran elaboradas por diseñadores gráficos y se utilizaban sólo en ocasiones especiales; la invención de Microsoft PowerPoint hizo que profesionales altamente cualificados y bien pagados empezaran a perder tiempo creando sus propias diapositivas, a menudo mal hechas. El correo electrónico es mucho más rápido y barato que una carta, pero ha provocado una proliferación de mensajes de baja calidad y escaso.
En cada caso se produjo un asombroso aumento en una medida estrecha de la productividad, pero el efecto global fue distraer de la tarea real, crear una montaña inflada de trabajo superfluo e intensificar la sensación de deuda de productividad.
Los etnógrafos de la UC Berkeley Haas School of Business encontraron que "los trabajadores asumían cada vez más responsabilidades que antes pertenecían a otros", como detallaron. "Como la IA hacía que empezar una tarea fuese tan fácil... los empleados introducían pequeñas cantidades de trabajo en momentos que antes eran descansos".
Profesionales cualificados
No quiero sugerir que la IA sea inútil o trivial, pero existe una larga historia de tecnologías digitales que ahorran tiempo y que, en el mejor de los casos, nos hacen más productivos pero también nos abruman más. Y en el peor de los casos simplemente nos abruman más.
Las herramientas digitales no tienen por qué funcionar así. La economista y premio Nobel Claudia Goldin señala los empleos bien remunerados en farmacia, pediatría, atención primaria o veterinaria, donde los puestos y los sistemas informáticos que los respaldan están diseñados para permitir que profesionales altamente cualificados trabajen con horarios limitados y luego cedan el relevo a un colega igualmente cualificado. No es imposible imaginar agentes de inteligencia artificial utilizados para facilitar ese proceso de relevo, pero el discurso actual gira en torno a brillantes y singulares directores humanos que supervisan una frenética orquesta de agentes de IA. Los protocolos de traspaso suenan menos emocionantes, pero podrían ser mucho más útiles.
Que puedas recurrir a la IA en cualquier momento no significa que debas hacerlo. Hay algo valioso en planificar antes de interactuar con ella y en reservar tiempo sin su presencia, dejando espacio para que el ser humano en el circuito se detenga, reflexione y respire.
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