Durante la guerra de Corea, en los años 50, algunos informes militares estadounidenses describían cómo ciertos combatientes del bando comunista llevaban consigo granadas con un propósito muy concreto en caso de verse rodeados, una práctica que desconcertó a los mandos occidentales y que se interpretó como parte de una forma de combatir donde la rendición no entraba en los cálculos.
Despliegue opaco y más preguntas que respuestas. Lo hemos ido contando con el paso de los meses: la presencia de tropas norcoreanas en la guerra de Ucrania ha estado rodeada de secretismo desde el principio. Aunque se conocía que miles de soldados fueron enviados a combatir en la región de Kursk en apoyo a Rusia, con cifras de bajas elevadas, había muy pocos prisioneros confirmados por el lado ucraniano.
Esa misma ausencia llamó la atención de analistas y militares desde el primer momento. Con el paso del tiempo, los testimonios en el frente empezaron a apuntar a un patrón difícil de ignorar.
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Rendirse no es opción. El dato ha quedado aclarado tras las propias declaraciones de Kim Jong Un, cuyo discurso el fin de semana ha terminado por aclarar el enigma. El líder norcoreano ha elogiado públicamente a sus soldados por optar por la autodestrucción antes que caer prisioneros, describiéndolos como héroes que priorizan el honor incluso en el momento final.
Esta doctrina explica por qué apenas había capturados en el campo de batalla, pero también arroja una realidad impactante. No se trata de una casualidad ni de una excepción, sino de una norma asumida como parte del deber militar: acabar con su propia vida.
Uno de los primeros norcoreanos capturados por Ucrania
Confirmación en el campo de batalla. Contaban en Insider que Ucrania ya había detectado este comportamiento meses antes de que fuera reconocido oficialmente. Soldados heridos detonando granadas sobre sí mismos para evitar la captura o el ataque de drones se convirtieron en un fenómeno documentado por las fuerzas ucranianas.
No solo eso. También se observó que estas unidades combatían de forma más agresiva, con asaltos frontales y menos preocupación por la supervivencia individual. Todo ello dificultaba aún más la posibilidad de capturar combatientes con vida.
Propaganda, sacrificio y control. En paralelo, el régimen ha construido un relato que de alguna manera glorifica dicho sacrificio. La semana pasada fue noticia la inauguración del primer museo conmemorativo y homenaje a los caídos en Corea del Norte. Esto, junto al apoyo a sus familias forman parte de una estrategia para reforzar la cohesión interna.
El mensaje desde el régimen es brutal: morir en combate es un acto de honor absoluto. Además, recordaban en el Financial Times que este enfoque también ayuda a contener posibles críticas dentro del país y a justificar el elevado coste humano de la intervención.
Una alianza que va más allá del campo de batalla. Lo hemos ido contando también. La participación norcoreana en la guerra de Ucrania no se limita al envío de tropas. Pyongyang ha suministrado artillería, munición y misiles a Rusia, mientras recibe a cambio ayuda económica y acceso a tecnología militar avanzada.
De hecho, esta relación ha elevado el peso internacional de Corea del Norte y ha reforzado su vínculo estratégico con Moscú. Al mismo tiempo, ha ofrecido a sus fuerzas una experiencia de combate real que podría tener implicaciones en futuros conflictos.
El coste humano de una doctrina extrema. Las estimaciones apuntan a miles de bajas entre las tropas norcoreanas, muchas de ellas atribuidas a la falta de experiencia y a las duras condiciones del combate moderno, especialmente frente a drones y artillería. Sin embargo y tras las palabras del líder norcoreano, esa elevada mortalidad parece asumida dentro de la lógica del régimen. La prioridad, desde esa perspectiva, no es preservar a los soldados, sino cumplir la misión sin dejar rastro en manos del enemigo.
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Lo que revela esta guerra sobre el modelo norcoreano. Si se quiere también, el caso de Ucrania muestra hasta qué punto la ideología y el control político pueden moldear el comportamiento en combate.
La ausencia de prisioneros norcoreanos no es un accidente ni una anomalía, sino el resultado directo de una doctrina brutal que elimina esa posibilidad desde el inicio. En ese contexto, cada enfrentamiento no solo es una batalla militar, sino una “suerte” de extensión de un sistema donde la captura no forma parte del desenlace posible.
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La noticia
Ya sabemos por qué hay tan pocos prisioneros de Corea del Norte en Ucrania: porque el régimen no contempla la captura
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
Ya sabemos por qué hay tan pocos prisioneros de Corea del Norte en Ucrania: porque el régimen no contempla la captura
La ausencia no es un accidente ni una anomalía, sino el resultado directo de una doctrina que elimina esa posibilidad desde el inicio
Durante la guerra de Corea, en los años 50, algunos informes militares estadounidenses describían cómo ciertos combatientes del bando comunista llevaban consigo granadas con un propósito muy concreto en caso de verse rodeados, una práctica que desconcertó a los mandos occidentales y que se interpretó como parte de una forma de combatir donde la rendición no entraba en los cálculos.
Despliegue opaco y más preguntas que respuestas. Lo hemos ido contando con el paso de los meses: la presencia de tropas norcoreanas en la guerra de Ucrania ha estado rodeada de secretismo desde el principio. Aunque se conocía que miles de soldados fueron enviados a combatir en la región de Kursk en apoyo a Rusia, con cifras de bajas elevadas, había muy pocos prisioneros confirmados por el lado ucraniano.
Esa misma ausencia llamó la atención de analistas y militares desde el primer momento. Con el paso del tiempo, los testimonios en el frente empezaron a apuntar a un patrón difícil de ignorar.
Rendirse no es opción. El dato ha quedado aclarado tras las propias declaraciones de Kim Jong Un, cuyo discurso el fin de semana ha terminado por aclarar el enigma. El líder norcoreano ha elogiado públicamente a sus soldados por optar por la autodestrucción antes que caer prisioneros, describiéndolos como héroes que priorizan el honor incluso en el momento final.
Esta doctrina explica por qué apenas había capturados en el campo de batalla, pero también arroja una realidad impactante. No se trata de una casualidad ni de una excepción, sino de una norma asumida como parte del deber militar: acabar con su propia vida.
Uno de los primeros norcoreanos capturados por Ucrania
Confirmación en el campo de batalla. Contaban en Insider que Ucrania ya había detectado este comportamiento meses antes de que fuera reconocido oficialmente. Soldados heridos detonando granadas sobre sí mismos para evitar la captura o el ataque de drones se convirtieron en un fenómeno documentado por las fuerzas ucranianas.
No solo eso. También se observó que estas unidades combatían de forma más agresiva, con asaltos frontales y menos preocupación por la supervivencia individual. Todo ello dificultaba aún más la posibilidad de capturar combatientes con vida.
Propaganda, sacrificio y control. En paralelo, el régimen ha construido un relato que de alguna manera glorifica dicho sacrificio. La semana pasada fue noticia la inauguración del primer museo conmemorativo y homenaje a los caídos en Corea del Norte. Esto, junto al apoyo a sus familias forman parte de una estrategia para reforzar la cohesión interna.
El mensaje desde el régimen es brutal: morir en combate es un acto de honor absoluto. Además, recordaban en el Financial Times que este enfoque también ayuda a contener posibles críticas dentro del país y a justificar el elevado coste humano de la intervención.
Una alianza que va más allá del campo de batalla. Lo hemos ido contando también. La participación norcoreana en la guerra de Ucrania no se limita al envío de tropas. Pyongyang ha suministrado artillería, munición y misiles a Rusia, mientras recibe a cambio ayuda económica y acceso a tecnología militar avanzada.
De hecho, esta relación ha elevado el peso internacional de Corea del Norte y ha reforzado su vínculo estratégico con Moscú. Al mismo tiempo, ha ofrecido a sus fuerzas una experiencia de combate real que podría tener implicaciones en futuros conflictos.
El coste humano de una doctrina extrema. Las estimaciones apuntan a miles de bajas entre las tropas norcoreanas, muchas de ellas atribuidas a la falta de experiencia y a las duras condiciones del combate moderno, especialmente frente a drones y artillería. Sin embargo y tras las palabras del líder norcoreano, esa elevada mortalidad parece asumida dentro de la lógica del régimen. La prioridad, desde esa perspectiva, no es preservar a los soldados, sino cumplir la misión sin dejar rastro en manos del enemigo.
Lo que revela esta guerra sobre el modelo norcoreano. Si se quiere también, el caso de Ucrania muestra hasta qué punto la ideología y el control político pueden moldear el comportamiento en combate.
La ausencia de prisioneros norcoreanos no es un accidente ni una anomalía, sino el resultado directo de una doctrina brutal que elimina esa posibilidad desde el inicio. En ese contexto, cada enfrentamiento no solo es una batalla militar, sino una “suerte” de extensión de un sistema donde la captura no forma parte del desenlace posible.