Ha fallecido recientemente el teniente coronel Antonio Tejero. Le deseamos que descanse en paz. Al mismo tiempo, hay que señalar que fue el principal protagonista del 23-F, que estos días hemos rememorado. Un golpe de Estado que, aunque fracasado, supuso el golpe más grave contra la democracia en la última etapa histórica de España y cuyo recuerdo es necesario mantener ahora y en el futuro para evitar los máximos peligros que amenazan a una democracia.
Mi recuerdo del 23-F comienza en el inicio del golpe de Estado a las 18.23 horas, cuando comenzó el trámite del llamamiento a cada diputado, por orden alfabético, por parte del secretario del Congreso para votar la elección del presidente del Gobierno. Precisamente en el momento en que se citó mi nombre y desde mi escaño, de pie, emití mi voto, se abrieron violentamente las puertas del hemiciclo: los golpistas dirigidos por Tejero entraron con gritos amenazadores y disparos, amenazándonos con la frase: «Todos al suelo».
Inmediatamente fui consciente de que estábamos en unos momentos de máxima violencia con peligro de muerte. Después, con las manos puestas sobre la tableta del escaño y ante las constantes amenazas, me comuniqué con la mirada con los diputados más cercanos, recordando a Tejero como al guardia civil de la operación Galaxia. El golpe de Estado se confirmó minutos más tarde, cuando se anunció la llegada de «la autoridad competente. Militar, por supuesto». Ante la realidad de la situación golpista, que me parecía increíble, junto al recuerdo de mi familia vinieron a mi memoria unos versos de Antonio Machado, mi poeta más admirado, vinculado a la Soria de mi origen y enterrado también un 23 de febrero en su heroico exilio por la democracia en Colliure: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón».
Me parecía increíble otra vez el enfrentamiento de las dos Españas, cuando habíamos firmado juntos, los que venían de la dictadura y los que habíamos luchado contra ella, el pacto más importante de la democracia y de la historia de España, de la convivencia pacífica de todos los españoles, que es la Constitución. Para llegar a este pacto histórico a nadie se le examinó de dónde venía, porque lo importante era asegurar a dónde se iba: al encuentro común democrático de todos los españoles por encima de las ideologías de unos y de otros. Aquel día fui consciente de que mi voto podía ser el último voto de la democracia en España.
No puedo citar por su amplitud los múltiples momentos de amenazas de muerte y de disparo que viví durante toda la tarde y la noche del 23-F y durante el día siguiente, hasta que a las 11 horas del 24 de febrero Tejero nos anunció que quedábamos libres, fracasando así el golpe de Estado con el triunfo de la democracia. Todos los momentos del 23-F pueden seguirse en el libro del letrado del Congreso Nicolás Pérez Serrano titulado El día que Godzilla tomó el Congreso.
Cuando nos enteramos, ya de madrugada, de la aparición televisiva del Rey Don Juan Carlos en contra del golpe, fue una noticia esperanzadora que agradecimos de corazón, por nosotros y por España. Por ello es necesario recordar y resaltar el reconocimiento democrático del Rey Juan Carlos, máximo protagonista de la democracia en España, junto a la valentía de Adolfo Suárez, que ya había demostrado con la propuesta de la Constitución Española de 1978.
No puedo olvidar tampoco el aplauso con el que mis alumnos de la universidad me recibieron cuando en los días siguientes acudí a mis clases.
Al recordar el 23-F vienen a mi memoria aquellos versos de Ovidio: «Cum Subit illius tristissima noctis imago...». Pero al mismo tiempo soy consciente del privilegio de haber participado en los momentos más importantes de la historia de España con el triunfo de la democracia sobre el golpismo y sobre la posible continuidad de la dictadura que fracasó el 23-F. La victoria de la democracia el 23 de febrero de 1981 es el momento culminante de la Transición democrática en España, admirada en todo el mundo, y debe servir hoy como ejemplo y lección ante el deterioro del sistema democrático que hoy padecemos. Los partidos políticos, cada vez más influidos por el populismo predominante, deberían estar a la altura de las exigencias del cumplimiento de las normas del Estado de derecho presidido por nuestra Constitución, una de las más completas al servicio de la convivencia y el bien general de los españoles.
En los momentos actuales de confusión y manipulación, con leyes como la de Memoria Democrática, y ante la reciente decisión del Gobierno de publicar los documentos hasta ahora secretos del 23-F, debería proponerse como memoria democrática el recuerdo del fracasado golpe de Estado del 23-F como lo que fue: el triunfo del Estado de derecho de nuestra Constitución de 1978.
* Manuel Núñez Encabo fue diputado del PSOE (1979-1993). Catedrático de Filosofía y Moral del Derecho y de Ciencias Jurídicas, y profesor honorífico vitalicio de la Universidad Complutense de Madrid.