Málaga
Domingo, 15 de febrero 2026, 01:00
... los votos. Resaca de un Aragón que apostó todo al azul y verde. La izquierda, y la izquierda de la izquierda, sin urnas que la esperen.A través de una cuantiosa campaña en medios de comunicación afines, la encumbró como la nueva líder que la izquierda necesitaba. Nos vendió a todos que sus votantes eran una suerte de escisión generacional del ámbito progresista, que se sumarían a los votantes prototípicos del PSOE: funcionarios, beneficiarios del maná estatal, jubilados y simpatizantes de toda la vida. Sumar comenzó con su «érase una vez» y los españoles, elección tras elección, le han ido respondiendo con un rotundo «colorín, colorado, tu cuento se ha acabado».
Amortizados electoralmente Sumar y Podemos, desde Moncloa han comenzado a trabajar en su particular «Izquierda Fest» con Gabriel Rufián. Es el señalado por Pedro Sánchez para que recoja el puñado de votos que necesitará en 2027 fuera del PSOE. Farreras lo ha bendecido, Alberto Garzón ha dicho que hay que escucharle y 'El País' le ha regalado su portada. Reproducen el mismo argumentario hagiográfico que hicieron en su día con la vicepresidenta del Gobierno.
La 'Operación Rufián' es el enésimo intento de reagrupar el voto de la izquierda de la izquierda para apuntalar al PSOE en el poder. ¿A quién quieren engañar? Junqueras, Otegui y Maíllo, que lo conocen bien, no le han comprado sus ínfulas. En ERC, y en muchos otros sectores catalanistas, se le considera un auténtico botifler (traidor). Una versión charnega del secesionismo catalán que hace monólogos sin gracia en Madrid. Con 44 años ha dejado de ser la joven promesa de la política catalana. Se han cansado de él y estudian excluirlo en su candidatura futura a las elecciones generales.
En esa tesitura, Rufián tiene que buscarse la vida, no puede volver a Cataluña. En su caída en desgracia, Pedro Sánchez ha encontrado la oportunidad de hacer de él a una especie de 'Yolanda Rufián' que sostenga en parte su caída. Nadie se traga la segunda parte de una película cuyo triste final ya conocemos. En política, lo artificial siempre perece.
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