En América Latina hay muchos conservacionistas y pueblos indígenas que intentan proteger sus tierras y que son amenazados o incluso asesinados por su labor. ¿Cuál ha sido tu experiencia al enfrentarte a grandes corporaciones o incluso a gobiernos que intentan frenar tu trabajo?
Es difícil. Honestamente es muy difícil y creo que en realidad solo lo será más, porque el espacio para tener conversaciones abiertas está reduciéndose. Y si criticas demasiado –al menos en mi país– te retratan como alguien antinacionalista, lo cual es muy peligroso: esa es la narrativa que se usa para aplastar las voces de la gente, para aplastar la diversidad de pensamiento y opinión. Soy una gran creyente en que lo primero que debemos procurar es seguir haciendo el trabajo. Tenemos que ser inteligentes sobre cuándo alzamos la voz y por qué lo hacemos. No podemos pelear todas las batallas. Mientras diferentes personas estén luchando en cada frente, creo que estamos bien. Pero quedarse callado no es una opción; sin embargo, poner tu vida en riesgo es algo que hay que sopesar muy bien.