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En uno de 'Los desastres de la guerra', el séptimo, titulado ¡Qué valor!, Francisco de Goya presentaba a una mujer accionando un cañón, entre muertos y heridos. La figura era reconocible: Agustina de Aragón. A ella también dedicó unos versos lord Byron ... en 1812, tras una visita a la España en guerra: «Apenas creeríais que la torre de Zaragoza/ se extasiaría viéndola sonreír frente al peligro,/ diezmando atrozmente al enemigo, la primera en perseguir la gloria».
La gesta de Agustina ha sido narrada, cantada, pintada, esculpida, escenificada y llevada a las pantallas en numerosas ocasiones, a partir de la misma época de los hechos de 1808 hasta hoy: desde los ya citados Goya y Byron a las aventuras de Mortadelo y Filemón, de Francisco Ibáñez, o el cómic 'Agustina' (2009), de Monzón y Mendoza, pasando, entre otras, por las pinturas de David Wilkie o Augusto Ferrer-Dalmau, las esculturas de Mariano Benlliure o las películas de Juan de Orduña. Esta mujer fue un mito; una encarnación y símbolo, en fin de cuentas, de la patria.
Rafael Zurita ha escrito una interesante biografía de Agustina Zaragoza Domènech, más conocida como Agustina de Aragón o la Artillera. Un par de elementos resultan relevantes a la hora de definir el peculiar y acertado uso que el autor hace del género biográfico. Analiza, en primer lugar, tanto la vida como el mito del personaje. De hecho, este último acaba engullendo la propia existencia de la heroína de los sitios zaragozanos.
La estructura cronológica de la obra permite observar cómo el progresivo ocultamiento de la persona, tras su momento de gloria en la Guerra de la Independencia, coincide con el proceso de construcción de una memoria pública y de su mitificación. Estamos, en segundo lugar, ante la biografía de una auténtica desconocida entre su nacimiento en Barcelona, en 1786, y la llegada a Zaragoza, a principios de junio de 1808. Los datos son escasos, lo que obliga al historiador a imaginar el pasado a partir de un concienzudo trabajo de reconstrucción contextual. Su humilde familia procedía de Fulleda, en tierras leridanas, y emigró a la capital catalana hacia 1780-1781. Agustina, que a diferencia de sus progenitores sabía leer y escribir, contrajo matrimonio en 1803 con un artillero.
En 1808, con 22 años, protagonizó, durante los sitios de Zaragoza, una acción heroica, por la que iba a ser recordada, celebrada y convertida en mito. Defendió la puerta del Portillo, el 2 de julio, durante el segundo ataque francés a la ciudad, disparando un cañón. Fue recompensada por el general Palafox con el título de artillera y un sueldo.
Hubo otras mujeres que tuvieron un papel destacado en los combates de 1808-1809, como la condesa de Bureta o Casta Álvarez, pero el papel estelar, de cara a la posterioridad, le correspondió a la ínclita Agustina, frecuentemente caracterizada como amazona. Siempre ostentó su condición de artillera y no dudó en reclamar los honores y emolumentos vitalicios concedidos.
El centenario de 1808, la Guerra civil y el franquismo constituyeron momentos álgidos en el asentamiento del mito
Salió vencida y prisionera en 1809 de Zaragoza y vivió en distintas ciudades españolas, falleciendo en 1857 en Ceuta. Su hija, Carlota Cobo, iba a luchar contra el olvido de su madre con la publicación de una biografía novelada en 1859, así como con la reclamación del traslado de los restos a la capital aragonesa y el cobro de pensiones vitalicias en su condición de descendiente de la heroína.
El centenario de 1808, la Guerra civil y el franquismo constituyeron momentos álgidos en el asentamiento del mito y la monumentalización de Agustina de Aragón. La icónica mujer-patria conforma, al fin y al cabo, una figura esencial, en la era contemporánea, en los Estados-nación occidentales.
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