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Nada parece indicar que nos encontramos delante de una estrella de cine. Juliette Binoche (París, 1964) aparece vestida con unos pantalones vaqueros y una sencilla cazadora negra sobre una sudadera blanca. Sale del restaurante donde hemos quedado primero, en la orilla del río Guadalquivir, ... sin un gran séquito detrás y sin que nadie la pare para pedirle fotos. Se sube al coche que la llevará al emplazamiento alternativo que ha buscado para evitar el diluvio universal que cae sobre Sevilla en ese momento. «Me encanta la lluvia», comenta.
Al llegar al hotel Eurostars Torre Sevilla, la primera impresión cambia. En la planta 20, con vistas de 360 grados a toda la capital andaluza, la actriz se rodea de un equipo que viaja siempre con ella por todo el mundo para cuidar cada detalle de su imagen. Su asistente personal exige dar el visto bueno a cada fotografía que toma ABC, en caso contrario, no habrá entrevista. «Esta sí, está no. No, no, no. Vale, adelante con esta», le indica a nuestro fotógrafo cada dos o tres disparos. Mientras, su peluquera aprovecha para colocar cada pelo de su larga melena negra y su maquilladora le da unos retoques imperceptibles. «La última foto», zanja. Y se acabó.
Lo normal al nivel de una celebridad como ella, la única que cuenta con un Oscar, un César, un Bafta, la Palma de Oro de Cannes, la copa Volpi de Venecia y el Oso de Plata de Berlín, además del Premio Donostia y el Goya Internacional a su trayectoria. Pero Binoche es una diva que no va de diva, aunque haya rodado más de un centenar de películas con algunos de los directores más respetados de la historia, como Jean-Luc Godard, David Cronenberg, Louis Malle, Abbas Kiarostami, Abel Ferrara, Michael Haneke, Philip Kaufman y Anthony Minghella, entre otros. Con este último consiguió la estatuilla de Hollywood por 'El paciente inglés' en 1996.
La actriz debuta en la dirección con su documental 'In-I in Motion', presentado hoy en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, que le entrega el Giraldillo de Honor
Durante toda la entrevista se muestra muy segura de sí misma, como si no hubiera dudado una sola vez en sus más de cuarenta años de carrera. Reconoce que algunas de las películas en las que ha participado «no son tan buenas» como le habría gustado, pero no tuvo reparos en rechazar la oferta de Steven Spielberg para protagonizar 'Parque Jurásico', la película más taquillera de la historia en ese momento –su director se embolsó 250 millones de dólares– para protagonizar 'Tres colores: Azul', de Krzysztof Kieślowski.
«Mi tiempo es demasiado precioso para mí como para malgastarlo en cine basura. ¡No quiero! Mi vida es mi tesoro. ¡No, no, no! ¡No!», insistirá poco antes de recibir el Giraldillo de Honor a toda su carrera en el XXII Festival de Cine Europeo de Sevilla y presentar su debut como directora: 'In-I in-Motion'. Un documental que muestra el tormentoso y exigente proceso de creación del espectáculo de danza que, en 2007, representó junto al coreógrafo Akram Khan a lo largo y ancho del planeta –con escenografía del escultor Anish Kapoor y la música de Philip Sheppard–. No había mayor ambición con el proyecto, hasta que una noche Robert Redford se presentó en su camerino.
—Hicimos cien funciones. Cuando bajé del escenario de Nueva York en una de las últimas, Robert apareció entusiasmado en mi camerino e insistió en qué tenía que hacer una película de la obra. Tenía razón. Yo lo había pensado en alguna ocasión e, incluso, había grabado un par de ensayos. Además, es muy difícil decirle que no a Robert Redford, así que intenté organizarlo antes de que acabara la gira y le pedí a mi hermana [la también cineasta Marion Stalens] que grabara las últimas siete representaciones con la intención de editarlo algún día, pero luego aquellas cintas estuvieron 15 años en un cajón.
—No, a Robert no le dio tiempo [falleció el 16 de septiembre].
—Supongo que impresiona que un icono como él se interese por su obra, aunque usted ya había trabajado con los directores más importantes. ¿Alguno le marcó profundamente o cambió su forma de actuar?
—No, realmente. Lo que aprendí con ellos es a confiar en mi intuición y en mi visión de la película y a trabajar con los recursos que tenga a mi alcance. Aunque sean directores importantes, uno tiene que entender que hay muchas formas de hacer cine y ninguna es mejor que la otra. Son solo cineastas distintos, con su propia sensibilidad, así que tuve que aprender a ser yo misma, a confiar en mí, porque muchos de esos directores a los que admiraba no me decían cómo trabajar mis propios sentimientos, sino los suyos. Yo necesito que me hagan sentir que soy ese personaje.
—No es muy común esa seguridad. ¿Jamás se sintió intimidada por tener enfrente a esos cineastas?
—Nunca, la verdad, ni siquiera cuando era joven. Aprendí a concentrarme en el trabajo y no en quien tuviera delante. Nunca me ponía nerviosa por tener enfrente a los directores y actores más famosos del mundo. Además, me concentraba desde el mismo momento en que me llegaba el guion, mucho antes de estar con el equipo. Por lo general, ya me emociono cuando lo estoy leyendo y no puedo pensar en otra cosa.
—En Europa, muchos aficionados tienen una visión crítica de Hollywood, como si no hubiera espacio en el cine comercial para películas más experimentales. ¿Pueden coexistir esos dos mundos?
—No estoy segura. Para los directores estadounidenses es muy difícil hacer un filme en un contexto de negocio tan grande como en el que están inmersos. No hay ningún sistema creado que les ayude a ganar dinero con obras más experimentales. Por eso a ese tipo de directores les resulta muy difícil sobrevivir en Hollywood, donde el negocio supone un contrapeso muy importante respecto a las aspiraciones artísticas más arriesgadas. Hay alguna excepción, como David Lynch, pero solo en raras ocasiones vemos triunfar a directores de ese perfil.
—Durante años, usted ha tenido la habilidad de participar en películas de éxito comercial y en otras más independientes con propuestas más arriesgadas. ¿Piensa en ese equilibrio al escoger unas películas u otras?
—No busco un equilibrio ni nada parecido, pero ha resultado así. Elijo los filmes que quiero hacer en cada momento y trato de involucrarme en la historia de la mejor manera posible, por eso nunca me he sentido una extraña en los proyectos, por muy comerciales que sean. Si me llega una propuesta, sea la que sea, y quiero participar porque me encanta el guion o estoy ansiosa de trabajar con un director o actor determinado, sea muy famoso o poco, me implico mucho.
—¿No se plantea si la película es más o menos comercial?
—Nunca, no me importa una mierda. Solo presto atención a cómo me siento. Si funciona, estoy agradecida. Si no, será una experiencia más. No me pone triste. No soy productora. Si una de mis películas cambia la vida de una sola persona, ya es un éxito para mí. Es la única forma de comportarme que soporto cuando hago cine. De otro modo sería algo así como… ¿un cálculo frío de vivir el arte? No creo que sea bueno.
—En los últimos tiempos da la sensación de que las fronteras entre el activismo y el mero entretenimiento se están borrando. No sé si eso ha llevado al cine a la manipulación…
—Hoy todo está muy manipulado con los teléfonos, las redes sociales, los medios de comunicación y, ahora, con la inteligencia artificial, que está inundando nuestras vidas y distorsionando la verdad todavía más. Es muy difícil confiar en la información que nos llega y saber si lo que nos cuentan es verdad o mentira, si está creado con IA o si ha ocurrido en la vida real. Con respecto al cine, recuerdo un discurso de Robert De Niro frente a un montón de miembros de la industria en el que dijo: «Al menos en las películas intentamos decir la verdad y ser honestos con las emociones que proyectamos en las historias. En la política siempre se miente para obtener el poder». Sin embargo, he llegado a la conclusión de que en el cine también es complicado ver la frontera entre la verdad y la mentira. Siempre pensé que los documentales eran ese lugar, pero me di cuenta de que también se pueden manipular.
—¿Hace algo para evitar esa manipulación?
—Hay que intentar buscar la verdad dentro de uno mismo [risas, como si le hubiera resultado pedante]. Ese es lo verdaderamente importante, por donde debemos empezar. A partir de ahí, si crees que hay películas, documentales o noticias que tratan de influenciarte, dependerá de ti intentar averiguarlo, aunque cada vez sea más complicado. Es una tarea muy personal, teniendo en cuenta todo el ruido que hay alrededor.
—¿Puede el cine cambiar el mundo, más allá de las dos horas de entretenimiento que te proporciona una película? ¿Tiene ese poder?
—A mí me cambió la vida. Creo que el arte está aquí para alimentarnos y ayudarnos a vivir. Para tocarnos el corazón profundamente y hacernos reflexionar. El objetivo de una película debe ser transformar a los espectadores. Para mí, el entretenimiento no es suficiente, es solo un paréntesis. Yo quiero sumergirme en la historia y que me cambie la vida. Quiero que la película entre en mi vida y la transforme de alguna manera. Si es solo para pasar un buen rato, no es suficiente, prefiero hacer otras cosas. Hay una diferencia entre las películas que solo buscan entretener y el cine de verdad. El cine es una forma de arte.
—Pero la mayoría de las películas no transforman nada ni cambian la vida de nadie…
—Cierto, por eso no voy mucho al cine ni veo muchas películas.
—¿No le gustan las comedias livianas que no tienen otra pretensión que hacerte reír un rato?
—No, no me satisfacen, y no quiero perder mi vida en eso. Al final del día, si tuviera que contar todas las horas que he perdido viendo películas mediocres o series, me deprimiría. ¡No quiero! Mi vida es mi tesoro. No quiero malgastarla en consumir productos que solo se han hecho para ganar dinero [risas]. La vida es demasiado preciosa. ¡Hay que despertar! Si empiezo a ver una película y siento que he visto esa historia un millón de veces, la paro y me voy. ¿Perder mi vida por eso? Nunca.
—¿Jamás ha rodado un filme del que se arrepintiera?
—No. Sé que he hecho algunas películas que no son geniales, que no son tan buenas como me gustaría, pero decidí correr ese riesgo. Siempre he sido muy selectiva respecto a mi visión del cine. Nunca accedí a participar en una cinta sin tener en cuenta mi criterio artístico sobre lo que se iba a contar y cómo se iba a contar.
—Tengo curiosidad por saber cuál será su siguiente paso como directora, si es que lo hay. ¿Le gustaría dirigir ficción tras el documental?
—Sí, estoy pensando en ello, pero no te puedo contar nada.
—En 'Un bello sol interior' (2017) aparece usted, con 54 años, entregada al sexo. Es un tema que ha tratado en las películas que ha rodado recientemente con la directora Claire Denis. Sin embargo, no siempre se sintió cómoda con esas escenas de desnudo…
—Cuando empecé a ser actriz en los 80, en los guiones que me mandaban leía cosas que nunca había hecho en la vida real, como los desnudos, las escenas de sexo o que me escupieran en la cara. Era muy joven y no tenía ni idea de cómo me iba a sentir rodando esas escenas, pero tuve que ser valiente. Recuerdo pensar que tenía un ángel de la guarda todo el tiempo. No fue fácil, pero me hizo fuerte. Por eso, cuando empecé, declaré en algunas entrevistas que estaba cansada de desnudarme delante de la cámara…
—Me percaté de que cuando cuentas una historia de amor, no es suficiente con que te hagas una imagen en la cabeza de ese romance para interpretar al personaje. Cuando haces el amor con otro actor, tienes que enamorarte de verdad, aunque sea por un momento. Tienes que dejar que todo tu cuerpo lo sienta, porque es una parte esencial de los seres humanos. Aún así, debes ser muy consciente de cómo va a funcionar esa escena dentro de la película. Eso es importante, porque he leído muchas escenas de desnudo o sexo y rápidamente me doy cuenta de que solo es una herramienta comercial para vender el filme, para que la gente vaya al cine, pague entradas y el productor gane dinero. Creo que eso está cambiando y los actores y espectadores son cada vez más conscientes de esos trucos banales, lo que es bueno.
—Hace treinta años reconoció que había sido víctima de abusos en la profesión…
—Sí. Recuerdo en una ocasión cómo un director y productor se lanzó a besarme fuera del rodaje y yo lo empujé y reprendí: «¿Qué estás haciendo?». Era muy joven. Le dije que estaba enamorada, que tenía novio y me marché de allí.
—¿Tuvo miedo de que tuviera consecuencias en su carrera?
—¡No! Para nada. Ya era una mujer fuerte y una actriz con personalidad a pesar de mi juventud. En otra ocasión otro director me amenazó con boicotear mi carrera. Tenía solo 18 años y le había dicho que haría con él una película para televisión, pero como todavía no había firmado el contrato y me ofrecieron rodar una de cine, decidí hacer esta última. Me amenazó diciendo que iba a hablar mal de mí a toda la industria francesa, pero no me importó en absoluto. De hecho, lo intentó, pero no consiguió nada. La vida es más fuerte.
—¿Le educaron sus padres para ser esa mujer fuerte e independiente?
—Bueno… No creo que me educaran con esa intención, fue la vida en sí lo que nos hizo fuertes e independientes a mi hermana y a mí, quizá debido al ambiente en el que crecimos. Primero por su divorcio, después porque ambos estaban muy involucrados políticamente y tercero porque no teníamos mucho dinero para ir a buenas escuelas. Tuve una infancia y una adolescencia un poco dura y eso me hizo fuerte.
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