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En su libro 'Lo que cabe en un instante', Abigaíl Thomas revisa su vida a través de breves fragmentos que recrean un encuentro, una conversación, una escena, momentos significativos —a pesar de su aparente nimiedad— que han sido traídos del pasado por su memoria. ... Un relato caleidoscópico en que lo vivido por la autora se recompone ante nuestros ojos a la luz de instantes vividos, como promete el título.
En ese título pensé mientras leía 'Cuchillo' de Salman Rushdie y 'A pedazos' de Hanif Kureishi, dos libros hermanos en muchos sentidos: sus autores, los dos británicos, los dos buenos amigos —el primero nacido en Bombay y el segundo de origen pakistaní—, apelan a la escritura para mostrarnos cómo la vida les cambió en un instante, y cómo sus cuerpos han tenido que lidiar con el dolor, la incapacidad, la fractura y la pérdida, y sus mentes con el miedo, la desesperación, la impotencia y el desaliento.
El libro de Rushdie tiene un epígrafe demoledor de Samuel Beckett: «Somos otros, ya no lo que éramos antes de la desgracia de ayer», y comienza de forma muy concreta mostrando cuál fue su instante: «A las once menos cuarto del 12 de agosto de 2022 (…) fui agredido y casi asesinado por un joven armado con un cuchillo».
Como se sabe, sucedió en Nueva York, y el victimario fue un islamista radical, un fanático. También Kureishi comienza con el hecho: en la Navidad del mismo 22, mientras veía un partido de fútbol en su apartamento en Roma, donde estaba de paso, sufrió un mareo, cayó sobre su cuello y quedó parapléjico.
Es un relato descarnado, no exento de humor e ironía como una forma sabia de alivianar la tragedia
Un instante, el azar o el destino, un hecho de violencia política, un desafortunado accidente. Lo que sigue, en cada caso, es un relato descarnado, no exento de humor e ironía como una forma sabia de alivianar la tragedia —más en Kureishi que en Rushdie—, que describe los tormentos indescriptibles de cada uno: los destrozos del ojo, la mano, el hígado, la incapacidad de comer por sí mismo, de escribir, de volver a caminar, la vergüenza de que otros te limpien el culo, los intestinos atrofiados, los largos insomnios, el aburrimiento de las horas muertas, el estrés postraumático, la depresión, la irritabilidad… En fin, las innumerables formas del sufrimiento de dos seres atrozmente heridos.
Pero también, y este es el milagro, el recurso salvador de la escritura. Rushdie, después de su «cautelosa reentrada en la vida normal»; Kureishi, apenas puede empezar a dictar a sus hijos y a su novia sus conmovedoras páginas. Los dos hablan del agradecimiento y de cómo los sostiene el amor —Rushdie con vanidad inocultable, Kureishi desde la vulnerabilidad y la dependencia—.
Rushdie se centra en el presente, Kureishi se vuelca al pasado. Menos cerebral, más emotivo, y también menos arrogante, este último diserta bellamente sobre la escritura. Los dos, por momentos, se nos revelan como machos envanecidos, incluso algo canallas.
En fin: dos meditaciones serenas, de sensibilidades muy distintas, sobre lo que cabe en un instante, que nos recuerdan que todos caminamos siempre en un borde, y que nos llevan a preguntarnos de qué seríamos capaces a la hora de una desgracia semejante.
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