Antonio Fontana ha publicado su mejor novela. Es una novela coral cuya segunda parte se centra fundamentalmente en la historia y voz de tres hermanas gemelas, Amelia, Amadora y Angustias, hijas de Benigna, quien las ha concebido en una violación nunca declarada.
Desde ... el comienzo, Antonio Fontana sabe meter al lector en una atmósfera en la que la realidad y la irrealidad se nutren mutuamente, porque no hay realismo capaz de decir la tragedia de un lugar pequeño, rural, en que la posguerra aumenta el hambre y la indigencia sepulta a las mujeres, sobre todo si están condenadas a vestir santos, que es la condición de las tres hermanas solteras.
Mundo masculino y femenino apenas comunican, lo hacen únicamente en la esfera de dominio del varón sobre las mujeres, que sería más apropiado denominar hembras, pues eso son para aquellos. Los Percheles, localidad cercana a Málaga, es lugar pobre y apenas hay de donde comer. La tragedia aquí narrada por Antonio Fontana tiene ribetes muy lorquianos.
Mientras leía esta novela me he acordado mucho del teatro de García Lorca, está 'Yerma', y está 'La casa de Bernarda Alba', no en la superficie de la anécdota, sino en la profundidad de los mitos ancestrales, muy elementales, que atenazan a sus criaturas en redes de una miseria violenta, cuando la familia se comporta como cárcel.
Pero también es lorquiana por estar impregnada de baladas populares, decenas de canciones, fundamentalmente boleros, son traídas porque lo popular es cultura e ideología que pasa de unos a otros en versiones orales, en las que la canción reproduce esencialmente los roles que una sociedad reconoce como suyos y hereda.
'Nazarena', de Karina Sainz Borgo: en la estela de Rulfo y Faulkner
Junto a las canciones, hay un ramillete de fuentes que Fontana recopila en un apéndice final que le han servido para nutrir el imaginario educativo del franquismo en la primera posguerra bien de monjas o de la sección femenina.
Pero lo importante en literatura es la palabra. Allá donde Fontana es más lorquiano es en haberse dado cuenta, imagino que de modo inconsciente como andaluz que tuvo siempre el oído atento a decires populares. Un tópico en literatura solo es elocuente cuando cuaja en un lenguaje necesario para decirlo. Y ese lenguaje, que la novela convierte en un verdadero friso de hallazgos verbales, para ser verdadero no tiene, no puede ser realista.
Lo que una tragedia enseña sobre todo, y por tal cosa apelo al adjetivo lorquiana, es que el destino no es fruto del azar, sino de la necesidad
Tiene que ser fundamentalmente poético, en su sentido primigenio de hacer nacer en la palabra una sensación, una angustia, todos esos lugares del miedo y la congoja que el lector accede con reconocimiento de una expresividad que va más allá de lo diurno, que muchas veces forma parte de las pesadillas, o bien permanece oculto en lo que estas mujeres analfabetas sienten, pero son incapaces de expresar directamente. Lo hacen poéticamente, es decir, con la salvaje expresividad de una prosa que parece estar pidiendo ser dicha en versos.
De hecho, las formas verbales que Antonio Fontana elige se despliegan muchas veces en versículos, reiteraciones de letanía o de jaculatoria, eso que sus mujeres hablantes no serían capaces de racionalizar, pero sí de sentir.
También es rica la novela, aparte de las perversidades que sufren las hermanas, y primero su madre Benigna, en tipos como Herminia, la vidente que en consultorio administra consejos. Tanto Maxi como Santos son depredadores que administran un lugar social prepotente, por poder elegir, pero lo importante no son tanto los hechos, de una brutalidad casi animal, sino que se viven como inevitables.
Lo que una tragedia enseña sobre todo, y por tal cosa apelo al adjetivo lorquiana, es que el destino no es fruto del azar, sino de la necesidad. La primera imagen que el lector encuentra es la de la nube, como lugar refugio, símbolo que representa la manera de advertirnos que lo que en la novela vamos a encontrar es el desarrollo de fuerzas elementales: sexo, comida, pero también un imaginario de deseos de maternidad, de cariño, de ruptura de cadenas, como si estas hermanas, ocurrió antes también en 'Nazarena' de Karina Sainz Borgo, tuvieran su mayor condena prendida a la inevitable condición de un mundo rural y primitivo que se ve definido con un adjetivo como ancestral. Solo la buena literatura puede traerlo.
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