Galardonado con el Premio XLSemanal 2026 de Ciencia e Innovación, es el químico español más internacional y firme candidato al Nobel. Sus investigaciones y sus patentes son claves para fabricar combustibles más limpios.
Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarlos Manuel Sánchez | Fotografía: Óscar Chamorro
22/05/2026 a las 12:35h.Avelino Corma (Moncofa, Castellón, 1951) está en su salsa. Se mueve entre reactores –recipientes metálicos que se asemejan a una olla a presión– como un chef entre fogones. Observa, pregunta, corrige. Sus aprendices son estudiantes e investigadores que llevan bata blanca y gafas de seguridad en lugar de delantal, pero el principio es el mismo: aquí se cocina. Lo que sale de estos calderos no es comida, sino los materiales con los que se está reinventando la industria química. Catalizadores, sobre todo, que hacen que una reacción vaya más rápido, consuma menos y deje menos residuos. Y, entre ellos, las zeolitas: unos aditivos que Corma lleva medio siglo estudiando y que están en los nuevos combustibles (e-fuels), detergentes, fármacos, fertilizantes.
XLSemanal. El mundo parece abocado a la peor crisis energética desde 1973.
Avelino Corma. Esta crisis nos saca de una situación de equilibrio en la que nos habíamos acomodado, y eso, dentro de lo malo, puede ser positivo. Nos obliga a replantearnos lo que estamos haciendo. En Europa tenemos que aspirar a ser lo más independientes que sea posible desde el punto de vista energético. No va a ser de hoy para mañana. Pero puede obligarnos a poner más énfasis, más recursos y más urgencia en las renovables y la descarbonización.
XL. Pero el escenario pinta hacia un «sálvese quien pueda», donde lo más urgente es que nos estamos quedando sin reservas de petróleo.
A.C. Cada bloque tiene una lógica propia. En Estados Unidos influye mucho quién gobierna. Probablemente vuelva a las renovables cuando no esté Trump. China, en cambio, tiene una estrategia muy definida. Aprovecha lo que tiene, que es mucho carbón, y al mismo tiempo controla las tecnologías del futuro. Hoy produce la mayor parte de las células fotovoltaicas del mundo y está abaratando el hidrógeno muchísimo más que nosotros.
XL. ¿Y Europa?
A.C. Europa no tiene alternativa. Estados Unidos es un gran productor de hidrocarburos. Tiene reservas, fracking, carbón. Europa no. Europa tiene muy poco margen. Si dependiera del exterior en un 10 o un 20 por ciento en vez de en un 60 o un 70, el impacto de una crisis como esta sería muchísimo menor. Por eso nosotros tenemos que ir sí o sí a las renovables.
XL. ¿Vamos tarde?
A.C. No. Estamos a tiempo.
XL. De su laboratorio han salido más de doscientas patentes, una veintena funcionando industrialmente ahora mismo. ¿Dónde está la frontera entre la ciencia básica y la ciencia aplicada?
A.C. Eso me gustaría saber [ríe]. Cuando yo empezaba, lo importante era la investigación fundamental. Tratar de convertir ese conocimiento en una aplicación estaba bastante menos valorado. Algunos casi lo consideraban una prostitución de la ciencia.
«Antes, como teníamos menos medios, pensábamos más. Yo se lo digo a mis investigadores: primero, leer; después, pensar; al final, hacer. Ahora, todo es muy inmediato»
XL. ¿Lo miraban mal?
A.C. Hubo incluso quien me dijo que me estaba vendiendo al capital.
XL. ¿Qué hizo usted diferente?
A.C. Me di cuenta de que había que dar un paso más: estudiar un problema fundamental, encontrar una solución, desarrollarla, protegerla y sentarse con quien pudiera convertirla en producto. ¿Eso es ciencia básica o aplicada?
XL. Usted dirá…
A.C. Si publicas en las mejores revistas, es investigación fundamental. Si además has sido capaz de convertirlo en una patente y en una solución industrial, también es aplicada. No veo ningún conflicto.
XL. ¿Cuándo se dio cuenta de que aquello funcionaba?
A.C. Cuando empecé a atacar problemas que tenían importancia real en la industria. Yo publicaba, sí, y las empresas empezaron a venir a Valencia para hablar con nosotros.
Corma en su laboratorio de la Universitat Politècnica de València.XL. Su juventud parece sacada de una novela de Manuel Vicent.
A.C. Es verdad. Mis padres eran pequeños agricultores. Al venir a Valencia, mi padre compró un secano y lo transformamos entre todos: verduras primero, frutales después, naranjos. Pusimos una tienda. Yo iba con él a la lonja a las cinco de la mañana, cargaba para la tienda y luego salía corriendo a la universidad. Por la tarde, después de prácticas, vuelta a por género, descargar y limpiar. Los sábados ayudaba; los domingos, al campo hasta mediodía. En quinto de carrera le pedí a mi padre tener libre el domingo entero. Me respondió en valenciano: «¿Tú te has pensado que eres hijo de un marqués?».
XL. Tiempos duros…
A.C. Lo eran. Pero esa generación de la que nadie se acuerda hizo posible la siguiente. Nos dieron la posibilidad de estudiar y de vivir mejor.
XL. Cuando se habla de descar-bonizar, ¿solo hablamos de paneles solares y molinos de viento?
A.C. Es mucho más complejo. Por un lado, están las renovables. Pero, por otro, seguimos necesitando carbono.
XL. ¿Pero el carbono no es lo que queremos eliminar?
A.C. Una cosa es el carbono que se quema y va a la atmósfera, y otra el que se usa como materia prima en la industria. La química orgánica está hecha de carbono: los plásticos, los medicamentos, los tejidos sintéticos, los combustibles. Necesitamos átomos de carbono para fabricar todo eso. La cuestión es de dónde los sacas. Hasta ahora los hemos sacado siempre del petróleo, del gas y del carbón mineral. La alternativa renovable es coger ese mismo carbono del aire o de la biomasa, que es dióxido de carbono (CO2) que las plantas ya capturaron al crecer.
XL. ¿Y eso, en concreto, cómo se aplica?
A.C. Tres líneas de trabajo. Células solares más eficientes y baratas. Electrificar todo lo electrificable: no solo procesos químicos, sino industriales en general. Y para lo que no vamos a poder electrificar fácilmente –la aviación, por ejemplo, o la fabricación de fertilizantes, acero, cemento–, producir combustibles e intermediarios químicos a partir de CO2, biomasa e hidrógeno renovable.
XL. El famoso hidrógeno verde.
A.C. El hidrógeno es el combustible más limpio que existe: cuando lo quemas, lo único que sale es vapor de agua. Y se puede fabricar partiendo de la electrólisis. El problema es que esa operación gasta mucha electricidad. Si la electricidad viene de quemar gas o carbón, estás solucionando un problema creando otro: el CO2 lo emite la central térmica, no el tubo de escape, pero lo emites igual. A eso lo llamamos 'hidrógeno gris'. Pero si la electricidad la pones tú con un parque eólico o con paneles solares, entonces sí es hidrógeno verde.
XL. Y aun así no acaba de despegar. ¿Cuál es el cuello de botella?
A.C. El precio, primero. Producir hidrógeno verde sale todavía dos o tres veces más caro que el gris. Y luego está el transporte, que tampoco es trivial. El hidrógeno es un gas tan ligero que se escapa por cualquier rendija. Necesita tuberías especiales, depósitos especiales.
XL. ¿Entonces?
A.C. Hay una alternativa y es no transportarlo solo, sino meterlo dentro de moléculas más estables que ya sabemos manejar. Gasolina, queroseno y metano sintéticos.
XL. Perdone, pero eso suena a combustibles contaminantes…
A.C. No es lo mismo. La gasolina convencional sale del petróleo: su carbono llevaba millones de años enterrado y al quemarla lo devuelves a la atmósfera. La sintética se fabrica con hidrógeno verde y capturando CO2 que ya estaba en el aire, circulando. No suma nada.
XL. ¿Le preocupan los políticos que hacen bandera de negar el cambio climático?
A.C. También hay gente que dice que la Tierra es plana. Pero eso no puede impedir que avancemos en la dirección correcta. Ahí tienen que estar firmes los gobiernos. Y si no están los gobiernos tendrán que presionar los ciudadanos.
El rey de las zeolitas y el orgasmo total
Avelino Corma fundó el Instituto de Tecnología Química (ITQ) en 1990 con una idea que entonces se consideró provocadora: que un laboratorio público podía hacer ciencia de frontera y, además, hablar de tú a tú con la industria. Hoy es referencia mundial en catálisis y materiales para la transición energética. Más de 200 patentes —24 en explotación comercial— avalan medio siglo de trabajo. Corma ha donado a la universidad los royalties que le correspondían: siete millones de euros. El ITQ trabaja en tres frentes para sacar a Europa de su dependencia energética: combustibles sintéticos, queroseno de aviación a partir de biomasa —clave para un sector que no puede electrificarse y del que depende el 15 por ciento del PIB español vía turismo— y metano como vehículo para transportar hidrógeno por la red de gasoductos existente. El producto estrella son las zeolitas: materiales con poros tan diminutos que solo dejan pasar las moléculas del tamaño exacto, como un colador hecho a medida. Sirven para acelerar reacciones químicas y están en la gasolina, el detergente, los fertilizantes y medio botiquín. Una de cada cinco zeolitas lleva su firma. Corma tiene ya todos los grandes: Príncipe de Asturias, Fronteras del Conocimiento, Mejor Inventor Europeo, Medalla de Oro de la Sociedad Europea de Química, y su nombre suena cada año para el Nobel. «A mí lo que más me ha gustado siempre es la faena. Jamás le he pedido a nadie que me presentara a un premio. Si llega, llega. Si no llega, la satisfacción está en publicar. Si patentas el invento y lo aplicas, ya es orgasmo total».
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