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Cómo controlar (o descontrolar) a una mujer

Cómo controlar (o descontrolar) a una mujer
Artículo Completo 758 palabras
Cuando, hace unas semanas, vimos cómo la presentadora Marta Gómez Montero abandonaba el set de RTVE frente a miles de televidentes después de decirle a su compañero, Jesús Cintora, que no iba a aceptar una humillación más, todos quedamos estupefactos. Por supuesto, no es algo que suceda frecuentemente. Para entender los motivos de Marta, que derramó algunas lágrimas antes de salir quitándose el micrófono, busqué la emisión anterior del programa 'Malas lenguas', y me encontré con un Cintora vociferante , que opacaba la voz de su compañera a punta de gritos, que la descalificaba diciendo «¡Esto es 'Malas lenguas', bulos no, bulos no!» y que enseguida, ignorando a Marta, le daba la palabra al invitado del día. No soy española ni vivo en España, y por tanto no entiendo los intríngulis políticos del caso del que se ocupaban, ni tampoco conozco la naturaleza del programa, pero lo que me queda claro es que vi una escena de maltrato delante de miles de televidentes, lo que quiere decir que al agresor su reacción le parecía natural, por lo menos hasta que se armó el lío, las redes sociales se encendieron y el director de RTVE, José Pablo López, salió a pedir disculpas a Gómez Montero y a pedirle que se reintegrara al programa.No es, sin embargo, de ese caso concreto del que me quiero ocupar, sino de las estrategias masculinas de callar, intimidar o castigar a una mujer, que hoy están incluso tipificadas, pero que muchos y muchas todavía normalizan y pasan por alto. La más obvia, por supuesto, es la de gritar e interrumpir en una discusión, una forma de generar miedo y desestabilizar emocionalmente a la otra persona. Pero hay otras más sofisticadas, incluso perversas, que pueden, repetidas, causar angustias profundas y hasta alteraciones graves en la salud mental . Ahora bien: esto no quiere decir que algunas mujeres no recurran también a estas estrategias, pero sin ninguna duda en muchísima menos proporción que los hombres, como lo afirman los estudios de género.Está también el que castiga con silencios humillantes o perturbadores, o no oye a la mujer que tiene al ladoEnumeremos algunos de los recursos más usados, de los aparentemente más inofensivos hasta los terroríficos. Está el llamado ' mansplaining ', un anglicismo que describe una práctica muy frecuente: la del macho que con aire de suficiencia o tono paternal explica a una mujer algo sobre un tema cualquiera, presuponiendo que ella lo desconoce, o aún a sabiendas que es una conocedora; es el mismo tipo que siempre, siempre, dirá la última frase , creyendo que aporta algo nuevo o simplemente para dar por cerrada la conversación. ¿Qué mujer no ha vivido esto alguna vez? Está también el que castiga con silencios humillantes o perturbadores , o simplemente no oye, porque tampoco «ve», a la mujer que tiene al lado. Y el que pregunta, en tono molesto o burlón, si es que la irritabilidad se debe a que tiene la regla , o el que usa generalizaciones para desacreditar al género, opina que las mujeres manipulamos con lágrimas, o afirma que todas somos chismosas, histéricas o mentirosas. Y por último quiero hablar del 'gaslighting' , término que nace de la obra 'Gas Light' de Patrick Hamilton, presentada en 1938, en la que el señor Manningham intenta volver loca a su esposa escondiéndole las joyas para luego hacerle creer que fue ella la que lo hizo, o bajando y subiendo la luz de la lámpara de gas con el fin de que piense que alucina. ¿Inverosímil? No crean. Que los hay los hay. Son los perversos.

Cuando, hace unas semanas, vimos cómo la presentadora Marta Gómez Montero abandonaba el set de RTVE frente a miles de televidentes después de decirle a su compañero, Jesús Cintora, que no iba a aceptar una humillación más, todos quedamos estupefactos. Por supuesto, no es ... algo que suceda frecuentemente.

Para entender los motivos de Marta, que derramó algunas lágrimas antes de salir quitándose el micrófono, busqué la emisión anterior del programa 'Malas lenguas', y me encontré con un Cintora vociferante, que opacaba la voz de su compañera a punta de gritos, que la descalificaba diciendo «¡Esto es 'Malas lenguas', bulos no, bulos no!» y que enseguida, ignorando a Marta, le daba la palabra al invitado del día.

No soy española ni vivo en España, y por tanto no entiendo los intríngulis políticos del caso del que se ocupaban, ni tampoco conozco la naturaleza del programa, pero lo que me queda claro es que vi una escena de maltrato delante de miles de televidentes, lo que quiere decir que al agresor su reacción le parecía natural, por lo menos hasta que se armó el lío, las redes sociales se encendieron y el director de RTVE, José Pablo López, salió a pedir disculpas a Gómez Montero y a pedirle que se reintegrara al programa.

Marta Gómez Montero, «humillada» y llorando, abandona 'Malas Lenguas': «Prefiero comer mierda»

No es, sin embargo, de ese caso concreto del que me quiero ocupar, sino de las estrategias masculinas de callar, intimidar o castigar a una mujer, que hoy están incluso tipificadas, pero que muchos y muchas todavía normalizan y pasan por alto. La más obvia, por supuesto, es la de gritar e interrumpir en una discusión, una forma de generar miedo y desestabilizar emocionalmente a la otra persona.

Pero hay otras más sofisticadas, incluso perversas, que pueden, repetidas, causar angustias profundas y hasta alteraciones graves en la salud mental. Ahora bien: esto no quiere decir que algunas mujeres no recurran también a estas estrategias, pero sin ninguna duda en muchísima menos proporción que los hombres, como lo afirman los estudios de género.

Está también el que castiga con silencios humillantes o perturbadores, o no oye a la mujer que tiene al lado

Enumeremos algunos de los recursos más usados, de los aparentemente más inofensivos hasta los terroríficos. Está el llamado 'mansplaining', un anglicismo que describe una práctica muy frecuente: la del macho que con aire de suficiencia o tono paternal explica a una mujer algo sobre un tema cualquiera, presuponiendo que ella lo desconoce, o aún a sabiendas que es una conocedora; es el mismo tipo que siempre, siempre, dirá la última frase, creyendo que aporta algo nuevo o simplemente para dar por cerrada la conversación. ¿Qué mujer no ha vivido esto alguna vez?

Está también el que castiga con silencios humillantes o perturbadores, o simplemente no oye, porque tampoco «ve», a la mujer que tiene al lado. Y el que pregunta, en tono molesto o burlón, si es que la irritabilidad se debe a que tiene la regla, o el que usa generalizaciones para desacreditar al género, opina que las mujeres manipulamos con lágrimas, o afirma que todas somos chismosas, histéricas o mentirosas.

Y por último quiero hablar del 'gaslighting', término que nace de la obra 'Gas Light' de Patrick Hamilton, presentada en 1938, en la que el señor Manningham intenta volver loca a su esposa escondiéndole las joyas para luego hacerle creer que fue ella la que lo hizo, o bajando y subiendo la luz de la lámpara de gas con el fin de que piense que alucina. ¿Inverosímil? No crean. Que los hay los hay. Son los perversos.

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Cómo controlar (o descontrolar) a una mujer

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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