Hay pocas cosas más inquietantes que una cocina impecable. No una cocina limpia —eso sería simplemente deseable—, sino esa cocina de internet donde nunca hay un plato en el fregadero, el pan de masa madre fermenta con puntualidad litúrgica y una mujer, envuelta en ... lino color avena, encuentra una suerte de revelación estética mientras recoge huevos al amanecer.
Son cocinas donde nadie parece haber discutido jamás, donde los niños nunca tienen mocos y donde el caos doméstico —ese gran invento de la realidad— ha sido cuidadosamente expulsado del encuadre. Todos hemos visto alguna. Y, durante unos segundos, todos hemos sentido la tentación de creer que esa vida existe.
'Yesteryear', de la autora estadounidense Caro Claire Burke, nace precisamente de esa fantasía contemporánea para volverla del revés. No sorprende que protagonizara una feroz subasta entre editoriales en el verano de 2024, ni que Anne Hathaway decidiera producir su adaptación cinematográfica y reservarse el papel protagonista.
Hay novelas que parecen escritas con vocación de pantalla porque parten de una imagen imposible de olvidar. Aquí esa imagen es la de Natalie Mills, una 'influencer' que ha levantado un imperio vendiendo la perfección doméstica, y que, tras un escándalo, despierta donde el tiempo parece haberse detenido hacia 1850. No hay electricidad, ni coches, ni teléfonos; las mujeres obedecen, los hombres deciden y la protagonista llega a creer que ha viajado al pasado.
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Antes de ese despertar, Natalie era el rostro perfecto de la maternidad tradicional. Su granja parecía una mezcla entre un cuadro prerrafaelita y un tablero de Pinterest; cada publicación sugería que existía una manera moralmente superior de vivir. Burke acierta al señalar una de las grandes trampas de las redes sociales: no comercializan vidas, sino aspiraciones. Y pocas mercancías resultan tan rentables como una promesa de felicidad.
Ahí reside la inteligencia de la novela. 'Yesteryear' convierte el fenómeno de las 'mom influencers' en una reflexión sobre la mercantilización de la intimidad, la instrumentalización de la fe y esa nostalgia tan propia del siglo XXI que idealiza un pasado siempre que pueda contemplarse a través de un filtro cálido. La ironía es magnífica: Natalie termina encerrada en la versión más radical del mismo ideal que llevaba años monetizando.
Ahora bien, si la premisa resulta brillante, no puede decirse lo mismo de su ejecución literaria. Burke demuestra un notable dominio de la arquitectura narrativa: administra el suspense con solvencia y mantiene intacta la curiosidad del lector. Sin embargo, se echa en falta una prosa con mayor relieve, menos pendiente de explicar y más dispuesta a confiar en la inteligencia de quien lee. La sensación final es que su ambición narrativa supera, por momentos, a su ambición literaria.
Una sigue leyendo. No tanto por el desenlace como por la lucidez con la que señala una contradicción profundamente contemporánea
Y, sin embargo, una sigue leyendo. No tanto por el desenlace como por la lucidez con la que la novela señala una contradicción profundamente contemporánea: hemos convertido el pasado en un objeto de consumo estético, olvidando que la Historia rara vez fue tan fotogénica como ahora pretende Instagram.
Comprendo, por ello, el interés que 'Yesteryear' ha despertado desde su publicación y su rápida adaptación cinematográfica. Porque pocas imágenes resultan hoy tan perturbadoras como descubrir que aquello que consumimos como fantasía podría acabar convirtiéndose en nuestra propia jaula.
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