El voto antisistema de los nuevos indignados, que antes era patrimonio de la izquierda radical, ha pasado ahora a estar capitalizado por Vox.
Hay cinco circunstancias que favorecen enormemente el crecimiento de Vox hasta convertirlo en un actor esencial de la política española. La primera es que en este país todavía queda un remanente importante de rechazo al bipartidismo y ese grupo de votantes ya no se entrega a partidos como Sumar y Podemos, que han participado en el Gobierno con unos resultados decepcionantes. Con ellos en el Gobierno se ha elevado un indicador como el salario mínimo, pero el poder adquisitivo de los salarios reales no ha dejado de decrecer.
A ellos se les identifica con un sistema donde el acceso a la vivienda, sobre todo para los más jóvenes y los vulnerables, se ha convertido en una entelequia. Un sistema que, además, no ofrece soluciones más allá de extender las culpas y multiplicar un intervencionismo que se ha demostrado inútil. En estas condiciones, el voto antisistema de los nuevos indignados, que antes era patrimonio de la izquierda radical, ha pasado ahora a estar capitalizado por Vox.
En segundo lugar, Vox ha sabido acercarse a muchos ciudadanos tratando problemas reales que la izquierda no ha sabido abordar, en ocasiones debido a posiciones demasiado dogmáticas. El Gobierno y los partidos que le dan apoyo presumen de estar en un permanente proceso de escucha que luego sin embargo se salda abordando temas que solo son prioritarios para una minoría muy selecta. Por ejemplo, posiciones radicales en materia ambiental han golpeado directamente a actividades industriales o al propio sector agrícola poniendo en peligro su competitividad y el empleo. Y eso ha sido un caladero de votos para Vox. Temas como el discurso de género, llevado a posiciones radicales, ha abierto polémicas sociales que Vox ha sabido rentabilizar.
Problemas como la ocupación, de la que el Gobierno se ha despreocupado por considerarla residual y por la oposición radical a extirparla de algunos de sus socios, han acabado por calar entre la sociedad, que tiene la impresión de que en ocasiones se protege más a quien delinque que a quien tiene una propiedad. También la inmigración, fundamentalmente la irregular, y la forma en la que esta afecta a la seguridad y a los servicios en muchas zonas deprimidas, ha acabado por armar un cuerpo electoral en torno a Vox.
La denuncia contra los privilegios de los nacionalistas es otro de los temas fundamentales que más ha empujado a Vox. Desde la amnistía, pasando por los indultos a los protagonistas del 'procés', hasta llegar a las financiaciones a medida, todas las decisiones de Sánchez han dejado por el camino un reguero de agraviados que Vox ha ido recogiendo. ¿Por qué ha sido Vox y no el PP el que ha captado a muchos de esos votantes? Posiblemente no solo ha sido más beligerante sino que en muchos casos ha sabido tensar los ánimos acusando a los populares de cierta connivencia con el PSOE. Lo que es aprovechar las circunstancias para recuperar el eslogan de la derechita cobarde .
Hay un tercer aspecto que también favorece a la formación que lidera Santiago Abascal. Vox no sufre el desgaste que supone haber gobernado y esto le permite jugar con ventaja. Se puede permitir el lujo de criticar y sin embargo no está expuesto a la crítica. Allí donde ha compartido Ejecutivo con el PP ha ocupado carteras que prácticamente no comprometían a nada y esa falta de responsabilidad limita también su exposición a casos de corrupción.
En cuarto lugar, buena parte del crecimiento de Vox se explica por el espacio que se ha abierto en la derecha por la pugna de PSOE y PP por el centro. Con el sanchismo cada vez más escorado a la izquierda, el PP se ha esforzado en asumir cuestiones que eran más propias de la socialdemocracia tradicional y eso ha dejado un flanco importante que Vox ha ocupado, denunciando de nuevo que los de Feijóo son solo otra versión del socialismo.
Hay una quinta razón que engarza directamente con los aspectos más viscerales de la política. Sánchez se ha ocupado desde que llegó al poder de hacer de la confrontación política su estilo de juego. El debate lo ha convertido en un o ellos o nosotros, con el famoso muro de por medio. Y ese grado de crispación ha favorecido la radicalización del voto, hasta el punto de que si alguien odia a Sánchez con toda su alma vota a Vox.
Hay que reconocer que el presidente del Gobierno durante todos estos años ha sabido darles razones para hacerlo moviendo el avispero. Desde el primer momento se ha aplicado en construir en su entorno un espacio sectario en el que los medios de comunicación que no le trataban bien eran pseudomedios, los jueces que le acusaban estaban ejerciendo 'lawfare', y los periodistas que destapaban escándalos en torno al Gobierno eran difusores de bulos.
Esa forma de pensar le ha empujado a colonizar todas las instituciones que ha podido para permanecer en el poder. Buena parte de la sociedad desprecia esta forma de pensar y gobernar, impropia de una democracia. Y la mejor forma que encuentran de demostrar su rechazo es votar a la opción que con más vehemencia se pronuncia contra Sánchez. Y en esto Vox se lleva la palma.
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