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Crisis de fecundidad en España: por qué es el país europeo donde nacen menos niños

Crisis de fecundidad en España: por qué es el país europeo donde nacen menos niños
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Todos los indicadores económicos muestran que España ocupa una posición especialmente preocupante en la crisis de fecundidad en Europa: desde los años 60 del pasado siglo cada vez nacen menos niños y la inmigración no compensa la caída de nacimientos, que en los últimos años se reducen a mínimos por varios motivos entre los que destaca la falta de políticas públicas que favorezcan la conciliación. Leer
ECONOMÍACrisis de fecundidad en España: por qué es el país europeo donde nacen menos niñosActualizado 27 MAY. 2026 - 10:09Las familias con dos o más hijos, algo habitual hasta mediados del siglo XX, se han convertido en España en algo cada vez más episódico.DREAMSTIMEEXPANSION

Todos los indicadores económicos muestran que España ocupa una posición especialmente preocupante en la crisis de fecundidad en Europa: desde los años 60 del pasado siglo cada vez nacen menos niños y la inmigración no compensa la caída de nacimientos, que en los últimos años se reducen a mínimos por varios motivos entre los que destaca la falta de políticas públicas que favorezcan la conciliación.

España ocupa una posición especialmente preocupante en el marco de crisis de baja fecundidad en Europa por dos razones: un calendario reproductivo muy tardío y una baja fecundidad final, lo que ha convertido a España en un caso único en Europa, según concluye el informe Focus on Spanish Society realizado por Funcas.

La edad media de la maternidad de las mujeres españolas es una de las más elevadas de Europa occidental, a lo que se una fecundidad final baja, que muestra que el retraso no solo implica nacimientos aplazados, sino también nacimientos que no llegan a producirse.

"Las mujeres españolas no solo están teniendo los hijos más tarde; por término medio, también terminan su vida reproductiva con menos hijos", señala Héctor Cebolla, investigador de Funcas. "Cuando el primero llega tarde, las probabilidades de tener un segundo o un tercer hijo disminuyen considerablemente, y esa reducción no se compensa al final de la vida reproductiva".

La fecundidad comenzó a ralentizarse en el continente europeo a mediados del siglo XX; y en la segunda mitad de siglo ya se convirtió en la norma. "El reemplazo de generaciones no ha dejado de disminuir desde la década de los años 60 del siglo pasado", señala el estudio, y el retraso de la maternidad no se compensa en edades tardías.

La mayoría de las comparaciones internacionales sobre la crisis de la fecundidad se basan en el Índice Coyuntural de Fecundidad (ICF), para el que se realiza una estimación del número medio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida fértil basada en las tasas de fecundidad por edad de un año determinado. Con este indicador, España tiene uno de los niveles de fecundidad más bajos de Europa Occidental, tras un rápido descenso desde la segunda mitad de la década de 1970.

El análisis de la fecundidad por cohortes de población realizado por Funcas confirma que las mujeres españolas nacidas en 1940 tuvieron, de media, 2,59 hijos y en la cohorte nacida en 1950, esta cifra ya había descendido a 2,15. En 1960, el número medio de hijos, 1,75, ya se sitúa por debajo del nivel de reemplazo; en la de 1970 cayó hasta 1,48; y en la de 1979 bajó hasta 1,36.

Si bien es una tendencia que se ha producido en toda Europa Occidental, cuando se compara la situación entre países resalta la singularidad del caso español, subraya el informe.

"Todas las sociedades europeas han registrado una caída de la fecundidad final desde las cohortes nacidas a mediados del siglo XX. Sin embargo, en algunas sí se observa una recuperación. Francia, Suecia y Finlandia muestran niveles bastante altos de fecundidad final en las cohortes recientes. España, por el contrario, se sitúa en los niveles más bajos, junto a Italia, Grecia y Alemania.

Así, España registró un ICF en 2024 de 1,10 hijos por mujer, inferior también a los de Italia, Grecia, Alemania, Portugal, Países Bajos, los países nórdicos, Bélgica, Irlanda y Francia. El dato estimado para 2025, 1,11, "supone un ligerísimo repunte, pero confirma que la baja fecundidad española no es solo parte de una tendencia europea más amplia, sino una de sus manifestaciones más extremas".

Sin embargo, el ICF, por sí mismo, no permite distinguir si la caída de los nacimientos refleja un retraso en la maternidad o si también apunta a una reducción efectiva del número final de hijos que las mujeres tienen a lo largo de su vida, "cuestión clave para entender el caso español", apunta Funcas.

"En sociedades en que las mujeres tienen hijos a edades cada vez más tardías, el ICF puede caer a pesar de que parte de esos nacimientos acaben teniendo lugar más adelante. En ese caso, el indicador estaría captando un efecto calendario o efecto temporal: los nacimientos no desaparecen, se desplazan hacia edades posteriores. La cuestión es, por tanto, determinar si España se caracteriza solo por una maternidad más tardía o si ese retraso también se traduce en una recuperación incompleta de la fecundidad".

Para responder a esta pregunta, los expertos recurren a calcular y ponderar la edad media de la maternidad, es decir, la media de años en los que las mujeres españoles tienen su primera hijo. En 2023, superó los 32 años, una de las más altas de Europa occidental. "Aunque el retraso en la maternidad es una tendencia generalizada, en España es más intensa. Este desplazamiento de los nacimientos hacia edades más avanzadas reduce el tiempo disponible para tener un segundo o un tercer hijo, sobre todo en contextos de inestabilidad laboral, dificultades de acceso a la vivienda y limitaciones para conciliar la vida laboral y familiar".

Por otra parte, indicadores demográficos más sofisticados, como el ICF ajustado por el retraso en la maternidad, "muestran que la crisis de fecundidad española apenas puede entenderse como una crisis de calendario reproductivo. Incluso después de ajustar estadísticamente el efecto del aplazamiento, el nivel de fecundidad en España sigue siendo muy bajo".

Hogares unipersonales y parejas sin hijos

Los hogares unipersonales en España han aumentado un 81% en tres décadas, según un informe del Observatori Social de la Fundación La Caixa" y el Centre d'Estudis Demogràfics.

España ha pasado en apenas tres décadas de un modelo de hogar familiar numeroso a otro cada vez más reducido y diverso, en el que los núcleos unipersonales han crecido hasta un 81%, señala este estudio elaborado a partir de datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). En estos 30 años, las casas formadas por cinco o más personas han pasado de ser lo más frecuente a registrar una caída del 73%.

Aunque la población española aumentó un 21,9% durante esos años, el número total de hogares creció un 67,7%, hasta los 19,75 millones, debido principalmente a la reducción del tamaño medio de los hogares, de 3,3 personas en 1991 a 2,4 en 2022.

Según el director del Centre d'Estudis Demogràfics, Albert Esteve, el "motor principal" de este cambio es el envejecimiento de la población, "que ha implicado un aumento del número de personas que viven solas, sobre todo mujeres que viven más años que sus maridos".

El estudio también atribuye esta transformación a la caída de la fecundidad y al incremento de las separaciones y divorcios, factores que han reducido el tamaño de las familias nucleares y favorecido la expansión de hogares monoparentales y de personas que viven solas. Además, los datos constatan un retraso en la emancipación juvenil, lo que prolonga la convivencia con los progenitores, y una disminución de los años vividos con pareja e hijos.

A ello se une que la gente pasa ahora más años viviendo en solitario: en el caso de las mujeres, la media ha pasado de 4,9 años de vida en solitario en 1991 a 7,5 años en 2022 y, entre los hombres, el aumento ha sido de 2,6 a 7,5 años en el mismo periodo.

Los inmigrantes también tienen menos hijos

El aumento de población por la llegada de extranjeros no ha podido paliar por ahora la situación de la débil natalidad por diversas razones: la dependencia de flujos crecientes de inmigración, la rápida convergencia de comportamientos reproductivos, el envejecimiento del propio stock inmigrante y la desigualdad territorial en la distribución de sus efectos.

"La inmigración ha sostenido el crecimiento poblacional y ha amortiguado el envejecimiento, pero no corrige las tendencias de fondo del desequilibrio demográfico español", señala otro informe de Funcas. El estudio Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España concluye que los nacimientos de madres inmigrantes en España disminuyeron un 10% entre 2009 y 2024 y el número de hijos por mujer de las mujeres inmigrantes residentes en España se redujo un 32% en estos 15 años.

A ello se une que la población inmigrante de 55 años o más creció un 42% entre 2021 y 2025, frente al 25% del grupo de 20 a 54 años. En 2025, el porcentaje de inmigrantes de 55 años o más alcanzó el 22% (dos millones de personas).

"La inmigración no constituye una solución duradera al desajuste demográfico español, sino que solo retrasa las consecuencias que tendrán el envejecimiento y la caída de la natalidad. La estrategia de mantenimiento demográfico ha funcionado razonablemente bien en el corto plazo, señala el informe, pero no es sostenible. "A largo plazo, el modelo exigiría flujos crecientes de inmigración procedentes de países que también envejecen y cuyos excedentes demográficos disminuyen".

"La llegada de extranjeros ha permitido sostener el crecimiento poblacional y amortiguar el envejecimiento, pero lo ha hecho mediante un mecanismo que requiere flujos continuos y crecientes, pierde eficacia con el tiempo y no corrige las tendencias de fondo del desequilibrio demográfico", explica en el estudio María Miyar, directora de Estudios Sociales de Funcas.

Esta experta recalca que "eeconocer los límites del modelo no implica negar los efectos positivos de la inmigración, sino situarla en el lugar que le corresponde en el análisis de políticas públicas. Destaca, asimismo, que "el cortoplacismo que domina el debate público sobre los beneficios de la inmigración no ha permitido el análisis de las consecuencias a largo plazo y ha favorecido la ausencia de una estrategia demográfica explícita", añade Héctor Cebolla, investigador de Funcas.

Más inmigrantes, pero no más nacimientos

"España es el principal receptor de inmigración de Europa en términos relativos, y el segundo en términos absolutos, solo por detrás de Alemania. Entre 2013 y 2023 absorbió el 16% de la inmigración llegada al continente. Con todo, su capacidad de retener a los inmigrantes es limitada. A pesar de que entre 2002 y 2024 entraron casi 15 millones de personas, la población solo aumentó en siete millones. Desde 2021, la tasa de retención española (la relación entre el aumento de la población y el volumen de entradas) se situó en el 51%, una de las más bajas de Europa", explican.

Es decir, "España atrae inmigrantes con eficacia, pero no retiene con la misma intensidad, lo que obliga a mantener altos flujos de entrada para sostener una población que se renueva constantemente. Sostener este modelo exigiría flujos crecientes e ininterrumpidos, con un perfil de edad cada vez más difícil de garantizar, procedentes de países que también envejecen y cuyos excedentes demográficos se reducen".

Y en concreto a la fecundidad, el estudio constata que "aunque la inmigración ha aumentado el número de mujeres en edad fértil, no ha contribuido a aumentar el número de hijos por mujer: los hogares inmigrantes convergen rápidamente, en una sola generación, con los patrones reproductivos de la población autóctona por lo que el efecto rejuvenecedor que aporta la inmigración tiene fecha de caducidad".

El freno que la inmigración pone al envejecimiento también presenta limitaciones, añade Funcas. Por un lado, la población nacida en el extranjero ya no es una población joven, sino menos envejecida que la autóctona, y esa brecha se reduce con el tiempo a medida que las cohortes llegadas entre 2000 y 2008 -hoy entre 40 y 55 años- avanzan hacia la jubilación. En términos absolutos, el incremento de población inmigrante de 55 años o más entre 2021 y 2025 (42%) supone que se sumaron a la población española más de 615.000 personas de esa edad -cifra equivalente a la población de Málaga-, una dinámica que anticipa mayor presión sobre los sistemas de salud y dependencia.

Además, la edad a la que llegan los inmigrantes a España añade una segunda limitación. "España se sitúa entre los países de la UE con mayor peso relativo de llegadas en edades avanzadas, solo por detrás de Estonia, Chipre, Bulgaria y Letonia. En 2024, solo el 13% de los nuevos residentes tenía menos de 15 años, mientras que el 18% tenía 55 años o más.

Por último, el estudio se refiere a la paradoja geográfica. "La inmigración y su segunda generación rejuvenecen más los territorios que ya crecen y dejan sin corrección aquellos donde el envejecimiento es más severo. Se trata de un desajuste que responde a la lógica económica de la migración. Los efectos atenuadores más altos se concentran en La Rioja, Cataluña y Baleares, con índices de envejecimiento moderados. Asturias, Galicia y Castilla y León, las comunidades más envejecidas, presentan efectos mucho más limitados".

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Fuente original: Leer en Expansión
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