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Cada vez está más claro que Israel y Trump se metieron en esta guerra con el único objetivo de eliminar a Alí Jameneí, el clérigo chií que gobernaba con mano de hierro Irán y que desestabilizaba la región. Atacaron con la única intención de aprovechar la oportunidad que suponía tenerle a tiro, y sin valorar en profundidad todo lo que su muerte podía desencadenar. La lectura rápida que hizo Estados Unidos a instancias de Israel fue sencilla: el mundo va a ser mejor sin Jameneí y y toda esa jauría de integristas que va a perecer con él en el ataque. Su muerte va a remover los cimientos del integrismo chií, que, en mitad de la crisis interna que vive Irán, va a ser percibido como vulnerable. Con esta sencilla lectura, ¿qué podía salir mal? El argumento de que el ataque fue ideado para debilitar el programa nuclear y la capacidad de Irán de usar misiles se improvisó sobre la marcha con el único objetivo de maquillar el magnicidio.
En geopolítica no siempre los resultados de una acción son evidentes inmediatamente, pero hasta el momento no está claro que los ataques sobre Irán hayan debilitado al régimen. En primer lugar, en un país con más de 90 millones de habitantes, una buena cantidad de gente que no soportaba a los ayatolás y que eran la base de las revueltas internas que se vivieron hace solo unos meses, por la crisis económica motivada por una inflación desbocada, el colapso de algunas entidades y la represión, puede haber virado ahora su odio hacia los atacantes, y eso supone dar aire a los ayatolás. En segundo lugar, el régimen ha descubierto que el estrecho de Ormuz es un arma tan poderosa como la propia capacidad nuclear que ansía. Que con obstaculizar el paso de los petroleros por esa angosta zona la economía mundial se pone a temblar y eso ejerce mayor presión que cualquier otra cosa sobre los agresores. Hay un tercer elemento que no se puede obviar en estos momentos. El temor a que las hostilidades reactiven a todas esas células de terrorismo islámico dispersas por el mundo, sobre todo con el Mundial de fútbol en Estados Unidos a la vuelta de la esquina, es un factor a tener en cuenta, que vuelve a dar razones a quienes creen que la iniciativa de Estados Unidos e Israel ha sido un gran error.
Ante todas estas circunstancias no calculadas, Trump tiene ahora más prisa de la que confiesa por salir de este conflicto. Necesita ponerle fin, pero antes tiene que construir sobre la marcha un relato ganador que le permita maquillar lo que se percibe ya como una operación fallida, en la que Estados Unidos ha exhibido más sus vulnerabilidades que sus fortalezas. El mundo es muy consciente de que los norteamericanos tienen una capacidad militar destructiva en la distancia, pero que eso no le permite cambiar regímenes como antaño. Para ello necesitaría desplegar ejércitos sobre el terreno y eso significa miles de muertos que las democracias soportan muy mal.
Hay otro factor, en este caso económico y moral, que está hundiendo la credibilidad que en algún momento pudo tener Trump como líder de una democracia acreditada. El hecho de que cada una de sus declaraciones parezca una maniobra para enriquecer a alguien no soporta el mínimo nivel ético que se le debe exigir a un líder occidental. El mismo que crea la expectativa de un ataque devastador para acabar con la civilización persa, reconoce como bueno, pocas horas después, un acuerdo repleto de lagunas con ese mismo régimen que decía iba a exterminar. En cada intervención del presidente de los Estados Unidos los mercados se mueven como una montaña rusa, como si estuvieran a merced del capricho y la frivolidad. Occidente no había conocido hasta ahora un personaje a la altura de Donald Trump.
Hay un último elemento que no puede pasar desapercibido. El ataque a Irán ha abierto una brecha importante en las relaciones exteriores de Estados Unidos, que amenaza con quebrar los vínculos culturales y morales que le unen a Europa. Unos vínculos que no los tiene con ninguna otra zona del mundo y que son ahora mucho más importantes que nunca, por mucho que Trump quiera ignorarlo. La gran pregunta es ¿qué va a pasar ahora con la OTAN una vez que Estados Unidos ha comprobado que muchos de sus teóricos aliados no le han acompañado en esta campaña?
Realmente no es la primera vez en la historia que hay tensión entre Europa y Estados Unidos en el seno del Tratado del Atlántico Norte. A mediados de los años 60, Francia, con Charles De Gaulle al frente, se plantó ante Estados Unidos por el dominio que ejercía y abandonó la estructura militar a la que no regresó hasta 2009. La verdad es que Francia trató de crear una estructura militar europea independiente, pero nadie le siguió, porque todos los países estaban cómodos sabiendo que otro sufragaba los gastos. Ahora Europa tiene, como antaño Francia, la capacidad para incomodar a Estados Unidos, pero tampoco tiene el empuje necesario para ir en solitario. Estados Unidos sigue soportando casi el 70% del gasto militar de la OTAN, en un momento en el que la seguridad de Europa está más comprometida que nunca. Si alguien plantea echarle un órdago a Trump temo que, como ocurrió en el pasado, se quedará solo.
Iñaki Garay. Director adjunto de Expansión
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