“Aquello fue sorprendente”, dijo Julie Dragon, investigadora de la Universidad de Vermont y coautora principal del estudio. “Queríamos saber cómo es que un pez que vive en el fondo del lago estaba contrayendo un cáncer que asociamos con la exposición excesiva al sol”.
En un principio se pensó que la causa podría ser alguna sustancia tóxica o un patógeno vinculado a la contaminación. Una sospecha era que las inundaciones provocadas por la tormenta tropical Irene en 2011 hubieran deteriorado la calidad del agua con el arrastre de contaminantes ambientales. También preocupaba la salud del lago porque abastece de agua potable a más de 175,000 personas. Sin embargo, los primeros análisis genéticos comenzaron a apuntar en un dirección insólita.
Fue entonces que los investigadores se preguntaron si los tumores descendían de un único cáncer original que había aprendido a transmitirse entre individuos, en lugar de aparecer de manera independiente en cada pez.
Para poner a prueba esta peculiar idea, el equipo secuenció los genomas completos de tumores y tejidos sanos de peces afectados, además de comparar esos datos con ejemplares sanos procedentes de distintas poblaciones.
Los resultados indicaron que las células tumorales de distintos peces estaban mucho más emparentadas entre sí que con los animales en los que se desarrollaban. En otras palabras, los tumores compartían una identidad genética propia, distinta de la de sus huéspedes. Además, cientos de miles de variantes genéticas aparecían repetidamente en los tumores, pero estaban ausentes en los tejidos sanos de los mismos peces.
Ese patrón sería prácticamente imposible si cada melanoma hubiera surgido de manera independiente. A modo de comparación, los investigadores analizaron cientos de melanomas humanos y comprobaron que casi todas sus mutaciones son exclusivas de cada paciente. En contraste, la mayoría de las mutaciones presentes en los tumores de estos peces aparecía compartida por numerosos individuos, una señal característica de un cáncer clonal transmisible.
En un comunicado de la Universidad de Vermont, los investigadores señalaron que las células tumorales contenían niveles elevados de arsénico y que observaron una correlación entre la distribución geográfica del cáncer y zonas con altas concentraciones naturales de este elemento. No obstante, subrayaron que esa asociación no demuestra que el arsénico sea la causa del cáncer.“El arsénico se encuentra de forma natural en toda Nueva Inglaterra, y existen concentraciones muy altas en la región Northeast Kingdom de Vermont, así como en Maine, donde también hemos observado indicios de este cáncer”, añadió Henderson.
No obstante las alarmas, los científicos también indican que este fenómeno podría abrir nuevas vías de investigación para estudiar el desarrollo del cáncer, incluso en humanos. “Al estudiar cómo sobreviven y se propagan los cánceres fuera de su huésped original, podemos aprender mucho sobre qué los mantiene contenidos y qué sucede cuando esas barreras se rompen”, dijo Julie Dragon. “Estos peces brindan la oportunidad de estudiar la evolución del cáncer”.
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