- FEDERICO STEINBERG / CARLOS SÁNCHEZ REBOIRO
Para Europa, el dinero digital no es solo un debate técnico: es una decisión estratégica sobre su lugar en el orden geopolítico del siglo XXI.
Desde la Segunda Guerra Mundial, el sistema monetario internacional ha descansado sobre el mismo equilibrio: el dólar estadounidense como moneda dominante, sus mercados financieros como núcleo del sistema y las infraestructuras -pagos, liquidación y mensajería financiera- controladas por Occidente. Sin embargo, la digitalización del dinero está erosionando ese equilibrio y dando lugar a una nueva geografía del dinero, caracterizada por nuevos instrumentos y relaciones de poder. La aceleración de la innovación financiera que suponen tanto las stablecoins como las monedas digitales soberanas (y en menor medida las criptomonedas), acompañada por la pérdida de la credibilidad del dólar -que está generando una fuerte apreciación del oro y la plata- ha puesto en marcha una transición hacia un sistema monetario internacional cuyas características son todavía difíciles de anticipar. Lo que sí parece claro es que, en la medida en la que Estados Unidos, China y la Unión Europea avanzan en la digitalización financiera desde posiciones y marcos regulatorios distintos, debemos prepararnos para una mayor fragmentación, competencia geopolítica y crecientes tensiones.
El dólar sigue mandando, pero cada vez menos
La hegemonía del dólar sigue descansando en la profundidad, amplitud y liquidez de sus mercados financieros, el papel del bono del Tesoro a diez años como activo central del sistema y el poder militar norteamericano. Además, el control de las infraestructuras y "tuberías" del sistema financiero ha otorgado a Estados Unidos lo que los politólogos Farrell y Newman han llamado el "imperio subterráneo", que permite a la Casa Blanca usar (y abusar) del dólar como arma geopolítica.
Sin embargo, la creciente multipolaridad de la economía global, el aumento desorbitado de la deuda pública estadounidense, las agresivas e impredecibles políticas de la Administración Trump y la creciente instrumentalización política del sistema financiero -sanciones, desconexión de bancos de Swift o congelación de reservas- están debilitando la centralidad del dólar. En este contexto, la digitalización del dinero se ha convertido en una herramienta adicional de poder geoeconómico.
Estrategias divergentes de las grandes potencias
Como en el país de los ciegos el tuerto es el rey, Estados Unidos -a pesar de sus problemas- sigue siendo el centro del sistema monetario internacional. Pero lo novedoso es que la Administración Trump ha potenciado el dinero digital para aumentar la penetración del dólar en el mundo. Con la aprobación de la Ley Genius el verano pasado, el liderazgo digital estadounidense descansa hoy más en empresas privadas que en una estrategia pública bien definida. Las stablecoins vinculadas al dólar se utilizan en pagos transfronterizos, remesas, plataformas de comercio electrónico y mercados financieros digitales y ya cuentan con más de 140.000 millones de dólares en circulación. Además, al respaldarse mayoritariamente con deuda pública, aumentan la demanda de bonos del tesoro norteamericano, lo que podría contribuir a reducir el coste de financiación de la deuda. Asimismo, en países con inflación elevada, controles de capital o sistemas financieros frágiles, las stablecoins facilitan una dolarización digital de facto. Esta expansión no es accidental. Y su resultado es privatizar la innovación digital en dólares mientras Estados Unidos conserva los beneficios geopolíticos del sistema monetario existente.
China, por su parte, ha avanzado en la construcción de una infraestructura monetaria digital alternativa (y pública) como uno de los pilares para contestar la hegemonía del dólar a largo plazo. El e-CNY, el mayor proyecto de moneda digital emitida por un banco central (CBDC) del mundo, cuenta con más de 260 millones de usuarios, se utiliza en pagos minoristas, transporte y transferencias públicas. A ello se suma Cips, el sistema de pagos chino alternativo a Swift, con más de 1.300 instituciones participantes de 100 países, y el proyecto mBridge, que permite la liquidación entre las CBDC de varios países. Sin embargo, su potencial está limitado por contradicciones internas. El renminbi no es plenamente convertible y China mantiene controles estrictos de capital porque teme la inestabilidad financiera. Una moneda internacional exige libre movilidad de capitales, tipos de cambio flexibles, mercados profundos y credibilidad institucional, condiciones que Pekín no está dispuesto a aceptar sin perder control político sobre su sistema financiero. En todo caso, China ya ha logrado reducir su vulnerabilidad al dólar y ampliar su influencia financiera regional, pero todavía no ha podido construir una alternativa: su estrategia apunta más a la resiliencia que a la sustitución del dólar. Aunque el uso del renminbi en pagos internacionales ha aumentado, sigue siendo modesto, alrededor del 3% de los pagos Swift y menos del 3% de las reservas globales.
Incluso en Asia emergente, el comercio sigue facturándose mayoritariamente en dólares, aunque el uso del renminbi ha crecido mediante líneas swap del Banco Popular de China con otros bancos centrales.
Por último, la Unión Europea ha seguido un camino distinto. El euro es la segunda divisa más importante para reservas internaciones (alrededor del 20%) y facturación comercial (40% de exportaciones) y en el ámbito digital, cuenta con el marco más completo del mundo para criptoactivos (la regulación MiCA), el régimen piloto DLT parar experimentar con mercados financieros tokenizados y el BCE avanza en el proyecto del euro digital. Sin embargo, la capacidad para transformar este liderazgo normativo en poder geoeconómico es limitada al menos por cuatro factores estructurales: la fragmentación de sus mercados de capitales, la ausencia de un activo seguro paneuropeo, la dependencia tecnológica de proveedores y medios de pagos estadounidenses y la falta de campeones tecnológicos capaces de influir a nivel global. A ello se suma la ausencia de una unión fiscal y política y sus divisiones internas. El resultado es que la UE regula lo que no controla. Define estándares globales, pero carece de la capacidad financiera, tecnológica y política para exportarlos.
Escenarios de futuro
Aunque es difícil anticipar cómo evolucionará el sistema, de las tensiones entre Estados Unidos, China y Europa emergen cinco posibles escenarios para la próxima década. El primero, estaría caracterizado por una multipolaridad digital coordinada. Emergería si las grandes potencias acordaran estándares mínimos de interoperabilidad entre monedas digitales y sistemas de pago, lo que evitaría la fragmentación y reduciría los riesgos financieros sistémicos. El segundo sería el de la confrontación por bloques: los pagos y las infraestructuras financieras se fragmentarían en esferas de influencia dominadas por Estados Unidos y China, con Europa en una posición intermedia y los países emergentes eligiendo bandos. El tercero -y el más benigno para Europa- pasaría porque la Unión Europea lograra superar sus contradicciones y se convirtiera en el actor que definiera las reglas, estándares e infraestructuras del dinero digital global sobre la base de su legitimidad institucional y su sólido estado de derecho. El cuarto escenario, y también el más peligroso, sería el de la fragmentación caótica, caracterizado por la proliferación de sistemas incompatibles, lo que daría lugar a mayores riesgos financieros en un contexto de muy débil gobernanza financiera global. Por último, el escenario más favorable para Estados Unidos tendría como elemento central la dolarización digital global a través de las stablecoins denominadas en dólares, que se consolidarían como medio dominante de pago internacional, reforzando la hegemonía estadounidense.
El dinero digital está redefiniendo quién controla las infraestructuras y fija los estándares del sistema monetario internacional. Estados Unidos quiere extender la hegemonía del dólar a través del sector privado; China innova para reducir vulnerabilidades sin renunciar al control financiero; y Europa se arriesga a quedar atrapada entre ambos modelos, con capacidad normativa pero insuficiente poder monetario.
En este nuevo contexto, la ventaja no la otorgará la tecnología sino la capacidad de convertir regulación, mercados y poder político en influencia real.
Para Europa, el dinero digital no es solo un debate técnico: es una decisión estratégica sobre su lugar en el orden geopolítico del siglo XXI.
Federico Steinberg, catedrático Príncipe de Asturias e investigador del Real Instituto Elcano; Carlos Sánchez Reboiro, especialista en finanzas digitales y desarrollo económico en el Banco Mundial.
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