- ROBIN HARDING
Las valoraciones pueden ser espectaculares y podría producirse una crisis, pero aunque existe euforia, no hay fiebre ni irracionalidad.
Burbuja, en el contexto de los mercados financieros, es una palabra con un significado específico. Quiere decir que el precio de ciertos activos supera su valor intrínseco (una estimación racional de las rentabilidades futuras) y, por definición, implica cierta fiebre, euforia o irracionalidad.
A pesar de que se habla mucho de burbujas, dicha irracionalidad sigue siendo difícil de diagnosticar en la actual ola de entusiasmo del mercado por la inteligencia artificial. Esto no significa que todo el capital que se destina al sector deba generar buenos rendimientos, ni mucho menos. Pero, al menos por ahora, es mejor considerar la IA como un boom (que puede convertirse en una crisis) en lugar de como una burbuja.
Quienes temen una burbuja tienen muchas señales de euforia a las que señalar: el espectacular comportamiento de las acciones de IA, que en el caso de Nvidia la llevó a convertirse brevemente en la primera empresa con un valor superior a los 5 billones de dólares (4,2 billones de euros); la enorme proporción de la producción estadounidense destinada a la inversión tecnológica; las start up de IA valoradas instantáneamente en miles de millones de dólares; el creciente uso de deuda para financiar centros de datos; y los acuerdos dudosos y circulares como las asociaciones de OpenAI con Nvidia y AMD, mediante los cuales los proveedores de tecnología invierten en empresas de IA que inmediatamente utilizan el dinero para comprar el producto del proveedor.
Sin embargo, la exuberancia no implica necesariamente irracionalidad. Es importante distinguir dos situaciones que se asemejan a una burbuja, pero no lo son.
Una es el optimismo excesivo. Siempre que surge una tecnología radical nueva como la IA, existe una considerable incertidumbre sobre su valor. ¿Funciona siquiera? ¿Cuáles son sus aplicaciones? ¿Seguirá mejorando exponencialmente?
Los inversores tienen que emitir juicios con una información extremadamente limitada y, a medida que la utilidad de la tecnología se hace más evidente, podría resultar que sus evaluaciones iniciales fueron erróneas. Eso se manifestará como un boom de la inversión que se convierte en una crisis, no como una burbuja que se desinfla. Una sobreestimación del valor intrínseco no es una desviación del mismo.
Tres años después de que el lanzamiento de ChatGPT anunciara la llegada de la IA generativa, su utilidad final aún no está clara. Muchas empresas han descubierto que los chatbots no les llevan muy lejos, pero durante 2025 la IA ha encontrado aplicaciones importantes, como en la programación informática, y la tecnología continúa evolucionando rápidamente. Sigue habiendo motivos para el optimismo sobre su valor.
Una segunda situación estrechamente relacionada es un tipo diferente de error, donde los inversores evalúan correctamente el valor de una nueva tecnología, pero confunden a los ganadores. Mirando atrás, uno de los aspectos más notables del boom de las puntocom en la década de 1990 es lo racional que fue.
Los inversores de la época acertaron sobre el enorme valor de Internet. Como es natural, hicieron apuestas iniciales, comprando las empresas líderes del momento (Yahoo y Lycos, Amazon y AOL), pero Google tenía su sede en un garaje y Mark Zuckerberg aún estaba estudiando. Puede que los ganadores de la era de la IA aún no se hayan fundado, pero, una vez más, el error no implica irracionalidad.
Sin embargo, la principal razón para llamarlo un boom en lugar de una burbuja es la fuerza impulsora detrás de él: un pequeño grupo de gigantes tecnológicos consolidados con razones fríamente racionales para invertir cientos de miles de millones en IA.
Uno de los textos sagrados de Silicon Valley es Sólo los paranoides sobreviven, un libro de 1996 del difunto consejero delegado de Intel, Andy Grove. Cuando llegó la IA generativa, los gigantes tecnológicos, que controlaban algunos de los cuasimonopolios más valiosos de la historia de la humanidad, tenían motivos para la paranoia.
La interfaz ChatGPT representó una amenaza inmediata y evidente para las búsquedas en Internet (Alphabet: capitalización de mercado de 3,8 billones de dólares). Los algoritmos, el filtrado y la creación de contenido con IA generativa afectan a las redes sociales (Meta: 1,7 billones de dólares). Con un poco de imaginación en torno a los agentes de IA y las interfaces de voz —y los ejecutivos que dirigen estas empresas tienen una imaginación muy desarrollada en cuanto a la competencia—, la tecnología también podría revolucionar el sector de los smartphones (Apple: 4,05 billones de dólares) y el comercio electrónico (Amazon: 2,5 billones de dólares) incluso antes de llegar a Microsoft y al resto de la industria informática.
Proteger estos negocios enormemente valiosos merece fácilmente invertir una fortuna sólo como una póliza de seguro, incluso si la IA, al final, no crea mucho valor nuevo. "Si terminamos malgastando un par de cientos de miles de millones de dólares, creo que será muy desafortunado, obviamente, pero... pienso que el riesgo es mayor por el otro lado", declaró Zuckerberg en septiembre. Puede equivocarse. No parece delirar.
OpenAI, la mayor empresa nueva que ha emergido en este sector, demuestra este argumento en lugar de contradecirlo. La razón más plausible para que valga cientos de miles de millones es el potencial de monetizar sus más de 800 millones de usuarios semanales a expensas de los gigantes tecnológicos existentes. Por otra parte, si alguien invierte cientos de miles de millones al año en IA, ese gasto respalda una gran inversión en centros de datos, y compra una gran cantidad de semiconductores de Nvidia, independientemente del éxito final de la tecnología.
Las valoraciones de Meta y Alphabet, que cotizan a 25-30 veces sus beneficios, parecen optimistas, pero no eufóricas. Insisto, esto no significa que la IA vaya a triunfar, que las expectativas del mercado sean correctas o que el boom no se convierta en una crisis. Dada la incertidumbre, sorprendería más que las creencias actuales del mercado fueran correctas que el que fueran erróneas, pero los inversores deben analizar el potencial real de esta tecnología en lugar de descartarla como una burbuja.
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