El Congreso de los Diputados quiere disolverse, pero Pedro Sánchez no le deja. En su batalla infinita contra las instituciones, los contrapoderes y los equilibrios democráticos, el presidente del Gobierno ya tiene un nuevo enemigo: los representantes del pueblo español. Nunca ha sido Sánchez muy amigo de tener que explicar nada a los diputados, ni de responder a sus preguntas en sesiones de control, ni de llevarles a la Cámara unos presupuestos para que los debatan y aprueben. Ya dijo en su momento que gobernaría sin el Poder Legislativo si era necesario, en esta costumbre sanchista de poner en valor a las instituciones solo si están de acuerdo con él, y si no que les den. Pero ahora ha dado el paso de gobernar sin el Congreso a gobernar contra el Congreso, y este es un salto cualitativo importante.
Que una mayoría de la Cámara Baja pida al presidente que convoque elecciones es una anomalía de estas que nunca habíamos visto. El Parlamento quiere disolverse para que los españoles puedan elegir otro, porque entiende que la configuración que salió de las últimas elecciones ya no representa a la sociedad. Pero no tiene instrumentos para materializarlo. La única persona que puede hacerlo es el presidente del Gobierno, que ha respondido a la demanda con una risotada y un epitafio sobre la lápida de la separación de poderes: «Abandonad toda esperanza».
El Congreso puede presentar una moción de censura, sí, pero la naturaleza que los constitucionalistas dieron a esta herramienta la hacen inviable en la situación política actual. La moción de censura exige la presentación de un candidato alternativo para la Presidencia del Gobierno, pero Feijóo tampoco tiene los votos necesarios para ser investido. Una votación que disuelva el Parlamento y convoque elecciones tendría mayoría. Una que haga presidente a Feijóo sin urnas mediante no la tiene.
Así las cosas, el Congreso no puede sostener al Gobierno actual, no puede sustituirlo por uno nuevo y tampoco puede disolverse para que los españoles elijan uno nuevo. Por eso la petición de elecciones anticipadas no es un capricho ni un atajo para que Sánchez abandone el poder de forma anticipada, sino una necesidad democrática. Un duelo de minorías como el actual, en el que ninguno de los dos partidos mayoritarios es capaz de garantizar un Gobierno efectivo apoyado en una mayoría parlamentaria, debe ser resuelto en las urnas cuanto antes.
Todo lo demás, incluidas las ansias que puede tener el PP por llegar a La Moncloa, las ganas de revancha de Vox o el oportunismo de un Junts en busca de supervivencia, es realmente secundario.
También lo es el rencor que puede acumular tras tantos años en la brecha alguien como Emiliano García-Page. Su voz, solitaria una vez más, en el Comité Federal del sábado tiene más valor para el PSOE que todas las que desfilaron en apoyo de Sánchez juntas y está por encima de sentimientos personales, que a nadie se le escapa que los hay. Su reclamo de elecciones y su defensa de las instituciones democráticas ofrecen a su partido un discurso ético al que agarrarse en un momento de tantos vacíos morales. Cuando el partido quiera, claro, si es que quiere algún día. Page cree que sí. Él es el único barón que le queda al PSOE, con Adrián Barbón en un discreto y cómodo lugar secundario. Salvador Illa es otra cosa y los demás secretarios generales no existen, ni siquiera la presidenta navarra, María Chivite: el poder lo dan los votos y nada más. El encargado principal de responder a Page fue Óscar López, que es ministro de alguna cosa, lidera el tercer partido en Madrid y su mejor horizonte político es, si acaso, ser líder de la oposición contra Ayuso.
De momento, el PSOE oficial aplaude a López e ignora a Page. Como el sultán de Sherezade, el partido va escuchando mil y un cuentos para mantenerse entretenido y no ver la realidad. Sánchez hizo cero autocrítica y no ofreció nada, y eso les pareció bien a los dirigentes del Comité Federal. La tesis más extendida entre los socialistas es que nada se puede mover mientras Sánchez siga en La Moncloa, pero empieza a vislumbrarse que el objetivo es que no se mueva nada tampoco cuando ya no esté en ella. Al tiempo.