Personas que 'suenan' inteligentes pero que sólo son ladrones de tiempo. La jerga vacía y 'pseudoprofunda' resulta costosa y destruye la eficacia.
Vamos a alinear a los stakeholders", "necesitamos más agility", "hay que activar sinergias", "pongamos esto en un roadmap transformacional", "hagamos un deep dive para aterrizar quick wins", "volvamos a esto offline"... Ríase usted del cringe, el six-seven, lechuga-tomate o el zero banana de los jóvenes creadores de palabras para la vida moderna... Literal.
En la vida laboral actual y en el mundo corporativo real hay quien lleva ya mucho tiempo alimentando una jerga inflada y una retórica vacía que sólo es pseudoprofundidad y que implica un alto coste para las organizaciones y para los profesionales.
El bullshit corporativo nos hace perder tiempo, arruina nuestras reuniones (o recalca lo innecesario de muchas de ellas), introduce ambigüedad en nuestro trabajo, empeora la coordinación y degrada la calidad de las decisiones. Y por si fuera poco, con la inteligencia artificial -que es capaz de amplificar y exagerar el humo corporativo- el problema aumenta e incrementa el retrabajo.
Mucho lenguaje; poca sustancia. Hay estudios para todo y esto, obviamente, está más que analizado. La última investigación sobre palabrería vacía en la oficina la ha hecho la Universidad de Cornell, que no sólo ha descubierto que la jerga moleste, sino que una alta receptividad a mensajes grandilocuentes, pero vacíos, se asocia con un menor pensamiento analítico, menor reflexión cognitiva y peor juicio práctico en contextos laborales. La comunicación abstracta y confusa suena impresionante, pero es semánticamente vacía.
Entre los desastres que provoca la retórica inútil está el incremento de reuniones que existen sólo para descifrar mensajes anteriores. Cuando un email, una presentación o una directriz están escritos en lenguaje nebuloso, el siguiente paso suele ser convocar una reunión "para alinear". Ahí llegan las reuniones cuya finalidad real no es decidir, sino traducir. Atlassian encontró que el 54% de los empleados sale de reuniones sin claridad sobre los siguientes pasos, y Microsoft sitúa las reuniones ineficientes entre los principales ladrones de tiempo.
A esto hay que unir el incremento de las interrupciones y el descenso del trabajo profundo. Microsoft describe el día de trabajo infinito con un dato: los empleados que usan Microsoft 365 son interrumpidos, de media, cada dos minutos por una reunión, email o notificación. La jerga no causa por sí sola esas interrupciones, pero sí las multiplica cuando obliga a pedir aclaraciones, reenviar mensajes, abrir hilos adicionales o convocar otra llamada para "aterrizar" lo que se quiso decir. Es un coste directo sobre el tiempo de concentración.
El bullshit corporativo parece ahorrar tiempo al abreviar, pero a menudo lo devuelve multiplicado en forma de fricción. La comunicación clara, según Digital.gov, es la que permite a la audiencia encontrar, entender y usar la información a la primera. Si eso no ocurre, el tiempo "ahorrado" al escribir algo vago se desplaza hacia el receptor, que tendrá que interpretar, comprobar, preguntar y rehacer.
Ese desplazamiento del coste temporal es muy importante en organizaciones intensivas en conocimiento. McKinsey señala que una parte enorme del tiempo de los trabajadores del conocimiento se va en buscar información, coordinarse y comunicarse.
Sus estimaciones apuntan a mejoras de productividad del 20% al 25% cuando se mejora la comunicación y el acceso al conocimiento, y a reducciones sustanciales del tiempo perdido en búsqueda de información. Cuando la información está clara y es reutilizable, el sistema gana tiempo, pero cuando está envuelta en vaguedad, ese tiempo se pierde en navegación, interpretación y duplicación.
Aparece también la desalineación silenciosa: todos creen haber entendido, pero cada uno ha escuchado algo diferente, y eso deteriora la coordinación, porque el lenguaje abstracto tolera múltiples interpretaciones. Una investigación de la Universidad de Harvard observa que las organizaciones pueden reducir el uso de jerga corporativa inútil cuando hacen visible la importancia de ser comprendidos. Esto sugiere que parte del problema "no es la falta de capacidad lingüística, sino la falta de incentivos culturales hacia la claridad".
A todo esto hay que añadir que cuando el lenguaje opaco se normaliza, termina creando una pequeña economía política interna: quien habla más abstracto parece más sénior, y quien pide precisión parece menos "estratégico"... Y quien traduce el mensaje suele hacer un trabajo invisible.
Modelos reales
Quien crea que todo esto sólo es un juego de palabras divertido -pero inútil-, debe saber que instituciones como la Universidad de Harvard o la SEC (Securities and Exchange Commission) han estudiado casos reales que tienen que ver con lo que se conoce como management fashion (otra palabra al saco de la jerga), y que se refiere a conceptos y etiquetas de gestión que se difunden con fuerza porque prometen modernidad, ventaja competitiva y sofisticación, pero son inútiles... aunque pueden hacer mucho daño. Y en esos estudios se reflejan casos como el de WeWork, que vendió una historia muy ambiciosa sobre transformar el trabajo y crear comunidad, pero al analizarla de cerca se vio que esa narrativa era mucho más fuerte que su negocio real. El problema fue que el discurso sonaba visionario, pero no encajaba con las cuentas, la gestión ni la estructura de la empresa.
O el de Theranos y su fundadora Elizabeth Holmes, considerada la nueva Steve Jobs, que creó una cultura de secretismo y promesas difíciles de comprobar, en la que el relato pesaba más que la revisión técnica y las dudas internas. Terminó en la cárcel tras prometer una revolución médica y engañar a Silicon Valley con su palabrería.
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