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El 'experimento' Isabel Matoses

El 'experimento' Isabel Matoses
Artículo Completo 1,077 palabras
No por casualidad, el nombre de la fotógrafa Isabel Matoses (Madrid, 1933-1985) fue cayendo en el olvido. Primero, porque no muchas mujeres en la época de los setenta (que es en la que se desarrolla el grueso de su trabajo) se dedicaban a la fotografía y cuando lo hacían (me vienen a la cabeza Joana Biarnés o Colita ) se terminaban especializando en foto documental. No obstante, en este ámbito empezó a desarrollar su trabajo creativo esta autora –que estudió leyes y pasó por la Escuela de Periodismo–, casi, además, por casualidad. Se lo contaba a ABC en una entrevista en 1971: «Un día vi en Roma que se anunciaba en un diario una Escuela de Fotografía y decidí inscribirme, lo que no fue fácil porque la matrícula estaba llena cuando yo llegué.Pero me llamaron al día siguiente porque hubo una baja de improviso». «¿Ha contribuido Roma a despertar una vocación no presentida?», le exhorta el entrevistador. «Yo creo que sí en cuanto que Roma es una atracción deslumbradora para los ojos y, en consecuencia, para el objetivo fotográfico», responde.Noticia relacionada general No No PORTADA Photographic Social Vision: la casa del fotorreporterismo español Javier Díaz-Guardiola Tampoco ayudó mucho que muriera pronto (no llegó a cumplir los 55), a lo que se suma que casi toda su actividad fotográfica tuvo lugar en la década de los setenta, cuando los carretes no se disparaban con la alegría con la que ahora llenamos de imágenes muertas las memorias de nuestro móviles. Asimismo, Matoses apostó desde muy pronto por la dimensión artística de la fotografía, desligándola de su naturaleza de documento de la realidad, apostando pues por la idea de la foto como imagen única, prácticamente irrepetible, en la que los trabajos de producción y postproducción (las labores de revelado y positivado) eran aún más importantes que el contenido. En unos años, insistimos, en los que a la foto le faltaba unas décadas para que instituciones y mercado la consideraran obra de arte. En la misma entrevista confesaba la autora «en realidad [veo Roma] con más dibujo que fotografía».Un estilo arriesgadoY, sin embargo, Isabel Matoses alcanzó gran notoriedad en su época. Expuso por vez primera en 1971 en el Palazzo Lovatelli de la capital italiana (motivo de la referida entrevista) y, un año después, en la galería Casa y Jardín en Madrid, cuya repercusión en los medios fue sonora. A final de la década saltaría a la galería Sen. Entre medias, pondría en marcha un estudio-taller en la Plaza del Alamillo, cuando los ámbitos en los que estudiar fotografía eran casi inexistentes y donde entraría en contacto con personalidades de la técnica como Cristina García Rodero, o el mismo Chema Madoz (que sería alumno). La comunidad creativa conformante se llamaría Grupo Alamillo, mientras que en el ámbito de la decoración, en el que también hizo sus pinitos, colaboró con Isabel García-Tapia. Pero lo más singular de su propuesta sería ese estilo arriesgado para la época, entre la psicoldelia y el op art, que convertiría en marca (escurridiza) de la casa. En riguroso blanco y negro («A mi entender, desde el punto de vista de la expresión artística, el color pierde todo el atractivo». Y esto era toda una provocación, en un momento en el que el color se traducía como símbolo de modernidad), la madrileña se convertirá en pionera y una de las artistas más singulares de la foto española en la Transición. En las imágenes, 'Gran Canal. Venecia' (1971); retrato de Camilo José Cela, una superposición y trama de 1974; e imagen del 'Ángel Caído' del Retiro Isabel MatosesFrente a la realidad del documento, la subjetividad de la mirada de la autora. Frente a la obra 'creada' por la máquina, la manipulación de lo reflejado con solarizaciones, sobreimpresiones, virados, barridos, desenfoques, tramas, incluso el empleo de soportes poco convencionales como la tela o el aluminio. Era lo que llamó «elaboraciones fotográficas». Y frente a la imagen seriada, la obra única, imposible de repetir, trabajada como trabaja el artesano cada pieza.Cerca de setenta entran ahora en el Museo Lázaro Galdiano, que 'resucita' también bibliográficamente (es fundamental el catálogo, sobre todo para ver cómo un mismo objeto o sujeto podían pasar por distintas metamorfosis en función de la técnica empleada) a una autora que se obsesionó también con algunos motivos recurrentes, como la estatua del Ángel Caído del Retiro (con él es recibido el visitante en la escalera del museo), y que trabajó con determinadas obras de arte, como 'El aquelarre', de Goya, precisamente en la colección del Lázaro. El repaso se reparte en tres estancias. En la sala denominada 'Arte invitado', formatos más pequeños, y esos inicios más documentales (junto a un autorretrato de los 80) donde sobresalen esos primeros paseos romanos o ese interés por las pintadas y grafitis en la Universidad Autónoma que reclamaban cambios sociales y políticos. Será lo más cerca que ella esté de la reivindicación.arte_abc_0724 En la Galería del piso superior, sus grandes formatos, y sus constantes saltos: de la polarización de 'Il cigno Cosmico' (1971) al 'Canal Grande' veneciano positivado en aluminio; o ese 'Rebaño' de 1984 de grano duro. Por último, en el Pórtico, una selección de sus retratos, de sus familiares a las grandes personalidades del momento (de Adolfo Suárez a escritores como Cela, Gala, Bergamín, o 'socialités' como Pitita Ridruejo, al a que más inmortalizó), encargos para prensa, pero con su personal sello inconfundible.Isabel Matoses 'La imagen recuperada' Lugar: Museo Lázaro Galdiano (Madrid) Dirección: C/ Serrano, 122 Comisaria: Begoña Torres Clausura: Hasta el 6 de septiembre de 2026 Valoración: ****Fundamental artista que nos enseña, en época de redes sociales y dispositivos móviles, que la imagen no se hace, se piensa. Y que el mundo no se copia: se reinterpreta poéticamente.

No por casualidad, el nombre de la fotógrafa Isabel Matoses (Madrid, 1933-1985) fue cayendo en el olvido. Primero, porque no muchas mujeres en la época de los setenta (que es en la que se desarrolla el grueso de su trabajo) se dedicaban ... a la fotografía y cuando lo hacían (me vienen a la cabeza Joana Biarnés o Colita) se terminaban especializando en foto documental.

No obstante, en este ámbito empezó a desarrollar su trabajo creativo esta autora –que estudió leyes y pasó por la Escuela de Periodismo–, casi, además, por casualidad.

Se lo contaba a ABC en una entrevista en 1971: «Un día vi en Roma que se anunciaba en un diario una Escuela de Fotografía y decidí inscribirme, lo que no fue fácil porque la matrícula estaba llena cuando yo llegué.Pero me llamaron al día siguiente porque hubo una baja de improviso». «¿Ha contribuido Roma a despertar una vocación no presentida?», le exhorta el entrevistador. «Yo creo que sí en cuanto que Roma es una atracción deslumbradora para los ojos y, en consecuencia, para el objetivo fotográfico», responde.

Photographic Social Vision: la casa del fotorreporterismo español

Tampoco ayudó mucho que muriera pronto (no llegó a cumplir los 55), a lo que se suma que casi toda su actividad fotográfica tuvo lugar en la década de los setenta, cuando los carretes no se disparaban con la alegría con la que ahora llenamos de imágenes muertas las memorias de nuestro móviles.

Asimismo, Matoses apostó desde muy pronto por la dimensión artística de la fotografía, desligándola de su naturaleza de documento de la realidad, apostando pues por la idea de la foto como imagen única, prácticamente irrepetible, en la que los trabajos de producción y postproducción (las labores de revelado y positivado) eran aún más importantes que el contenido.

En unos años, insistimos, en los que a la foto le faltaba unas décadas para que instituciones y mercado la consideraran obra de arte. En la misma entrevista confesaba la autora «en realidad [veo Roma] con más dibujo que fotografía».

Y, sin embargo, Isabel Matoses alcanzó gran notoriedad en su época. Expuso por vez primera en 1971 en el Palazzo Lovatelli de la capital italiana (motivo de la referida entrevista) y, un año después, en la galería Casa y Jardín en Madrid, cuya repercusión en los medios fue sonora. A final de la década saltaría a la galería Sen. Entre medias, pondría en marcha un estudio-taller en la Plaza del Alamillo, cuando los ámbitos en los que estudiar fotografía eran casi inexistentes y donde entraría en contacto con personalidades de la técnica como Cristina García Rodero, o el mismo Chema Madoz (que sería alumno). La comunidad creativa conformante se llamaría Grupo Alamillo, mientras que en el ámbito de la decoración, en el que también hizo sus pinitos, colaboró con Isabel García-Tapia.

Pero lo más singular de su propuesta sería ese estilo arriesgado para la época, entre la psicoldelia y el op art, que convertiría en marca (escurridiza) de la casa. En riguroso blanco y negro («A mi entender, desde el punto de vista de la expresión artística, el color pierde todo el atractivo». Y esto era toda una provocación, en un momento en el que el color se traducía como símbolo de modernidad), la madrileña se convertirá en pionera y una de las artistas más singulares de la foto española en la Transición.

Frente a la realidad del documento, la subjetividad de la mirada de la autora. Frente a la obra 'creada' por la máquina, la manipulación de lo reflejado con solarizaciones, sobreimpresiones, virados, barridos, desenfoques, tramas, incluso el empleo de soportes poco convencionales como la tela o el aluminio. Era lo que llamó «elaboraciones fotográficas». Y frente a la imagen seriada, la obra única, imposible de repetir, trabajada como trabaja el artesano cada pieza.

Cerca de setenta entran ahora en el Museo Lázaro Galdiano, que 'resucita' también bibliográficamente (es fundamental el catálogo, sobre todo para ver cómo un mismo objeto o sujeto podían pasar por distintas metamorfosis en función de la técnica empleada) a una autora que se obsesionó también con algunos motivos recurrentes, como la estatua del Ángel Caído del Retiro (con él es recibido el visitante en la escalera del museo), y que trabajó con determinadas obras de arte, como 'El aquelarre', de Goya, precisamente en la colección del Lázaro.

El repaso se reparte en tres estancias. En la sala denominada 'Arte invitado', formatos más pequeños, y esos inicios más documentales (junto a un autorretrato de los 80) donde sobresalen esos primeros paseos romanos o ese interés por las pintadas y grafitis en la Universidad Autónoma que reclamaban cambios sociales y políticos. Será lo más cerca que ella esté de la reivindicación.

En la Galería del piso superior, sus grandes formatos, y sus constantes saltos: de la polarización de 'Il cigno Cosmico' (1971) al 'Canal Grande' veneciano positivado en aluminio; o ese 'Rebaño' de 1984 de grano duro. Por último, en el Pórtico, una selección de sus retratos, de sus familiares a las grandes personalidades del momento (de Adolfo Suárez a escritores como Cela, Gala, Bergamín, o 'socialités' como Pitita Ridruejo, al a que más inmortalizó), encargos para prensa, pero con su personal sello inconfundible.

Clausura: Hasta el 6 de septiembre de 2026

Fundamental artista que nos enseña, en época de redes sociales y dispositivos móviles, que la imagen no se hace, se piensa. Y que el mundo no se copia: se reinterpreta poéticamente.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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