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La vida restaurada de Aníbal Núñez, el poeta que murió cubierto de rosas

La vida restaurada de Aníbal Núñez, el poeta que murió cubierto de rosas
Artículo Completo 2,703 palabras
Esta no es una historia de fantasmas. No es la historia de un maldito ni de un llanto. No es la historia de un urbanita, ni de un apartado, ni de un huraño, ni la de un poeta que murió demasiado pronto, encerrado en sí mismo y en Salamanca. Tampoco es la historia de sus libros, de sus traducciones de Catulo, de sus cuadros, de sus trueques, de sus camellos, de sus bares. Esta no es una historia más de la heroína, no es la historia de una hecatombe, no es la historia de un fracaso ni de un abismo que nos devuelve la mirada mucho tiempo después, para que nos lamentemos con él. Esto no es una elegía.Esta es la historia de un hombre y su memoria. Esta, vamos a decirlo ya, es una historia de amor. Y como todas las historias de amor, empieza con un encuentro fortuito.—Tengo un amigo que lleva años obsesionado con un poeta que no conoce nadie, y ahora su mejor amigo es un señor de ochenta años que vive en Salamanca– me dijo Luis a la hora de las cervezas, como quien cuenta un chiste o una tragedia. —¿Y cómo se llama el poeta?—No lo conoce nadie, se llama Aníbal Núñez .—Coño, Aníbal.El amigo obsesionado era Carlos Maortua, y tiempo después, en otras cervezas, me contó una historia similar, sucedida en un bar en la calle Puerto Rico, donde escribe a menudo, siempre a mano. Está él con la mesa llena de papeles de Aníbal, con sus libros, muy concentrado en su cuaderno, en su novela, en ese poeta en el que no puede dejar de pensar, al que trata como alguien más de la familia, un hermano, un tío, un primo muy cercano, y está ensimismado, con 'Alzado de la ruina' abierto, pensando tal vez en los acantos, hasta que un hombre llamado Santiago le toca el hombro y le dice: perdona, ¿conoces a Aníbal Núñez? Yo era amigo suyo. Y después le dice otra cosa, mucho más importante: tienes que hablar con su hermano. Es así como entra en escena José Ángel Núñez, el otro protagonista de esta historia, ese señor de ochenta años que vive en Salamanca, adonde nos fuimos a verlo.José Ángel abre la puerta, sonríe, dice: pasad, pasad. Tiene los ojos claros, como Aníbal, y tal vez esta sea una historia de hombres con los ojos claros: José Ángel, Aníbal y Carlos, que tiene un parecido evidente con Aníbal, a lo que él responde con sonrojo y un poco de ya lo sé, ya son diez años juntos. José Ángel es guapo, también.La casa es una casa, aunque podría ser un museo. Están los cuadros de Aníbal, la lata de Coca-Cola enmarcada como gesto de salvación de todo, están las fotografías del padre, José Núñez Larraz, que tiene una calle con su nombre no muy lejos, y están las cosas que este coleccionaba, como un icono ruso que le compró a un miembro de la División Azul. También están, claro, los libros, hasta en el baño: por todas partes, libros. Y está la habitación de Aníbal tal cual la dejó, como si fuera otro museo, solo que más íntimo, más privado, aún por explorar: por allí ha pasado el tiempo, pero no el olvido. Pero antes de entrar pasamos al salón y allí charlamos. Por la ventana se ve la catedral de Salamanca y las cigüeñas. —Esta casa siempre ha estado llena de libros, ¿no? —En esta casa llevamos desde 1949. Tenía yo seis años cuando vinimos, y Aníbal cinco [se llevaban 18 meses]. Y siempre ha estado llena de libros. Que yo sepa, nosotros somos libreros desde el siglo XVI, por parte del apellido Alegría. Mi abuelo era Núñez Alegría, y los Alegría eran de origen aragonés, pero con mucha influencia de Génova. Un Alegría vino a Salamanca en el XVI y fundó una imprenta y una librería. La librería la cerré yo en el año 1990… Nosotros siempre leímos, ya nuestros padres nos leían desde muy pronto. A mí me gustaba mucho Salgari, y a Aníbal, Enid Blyton. Los Núñez también eran propietarios del periódico 'El Adelanto', que en 1936 enmudeció durante nueve días y despertó como un diario del régimen, con el consiguiente castigo para la familia. «Mi madre era médico y tuvo que hacer el doctorado en Alemania, porque aquí no la dejaban», cuenta José Ángel. «Cada vez que venía Franco a Salamanca llamaban a mi padre y le decían: «Don José, debe irse». Para nosotros era una fiesta, porque entonces nos íbamos con la piragua al río este tan hermoso que tenemos aquí, en Salamanca, nos íbamos de camping. Siempre nos gustó mucho el campo. A todos».—Aníbal tiene un vocabulario del campo muy preciso, un conocimiento íntimo del campo. —Es que además Aníbal adoraba a su abuelo, a mi abuelo, que era labrador, el padre de mi madre. Era viticultor en la zona de Toro. Era un hombre muy... Era uno de esos hombres cultos, pero de las culturas populares. Tenía cuatro o cinco libros en casa, pero leía. Era republicano. Era el alcalde del pueblo. Precisamente no lo mataron en la guerra porque estaba en la cárcel. Y lo metieron en la cárcel porque era el alcalde del pueblo, por ser alcalde rojo, quiero decir. Y luego en la casa de mi abuelo mataron a todos los varones... Los fusilaron. Lo del campo nos viene de ahí. A mí me gustaba tanto que al jubilarme me puse una huerta, pero la tuve que dejar hace poco, por la espalda [tiene una estenosis del conducto medular].De arriba abajo: la biblioteca de Aníbal Núñez, intacta desde el día de su muerte; José Ángel Núñez, hermano del poeta; la lata espachurrada de Aníbal Núñez, expuesta en su casa Rubén OrtegaAhora es cuando Carlos Maortua abre las obras completas de Aníbal Núñez y lee un poema, que dice así: «¡Qué triste polvo echaste en la alameda!: / nada que ver con la pelusa que / a la sazón soltaban los amentos / y menos con el polen matriculado nunca // No hubo –seguro– brasa / frutal sí desvarío / acrílico naufragio de anular y cordial / adobo inútil de dos pieles hubo // ¿Y cómo hacer / cómo regar el beso / cómo aricar con la caricia / demasiado leída / una besana extraña / y leída mal? (...)» «Es uno de esos poemas que te llevan al diccionario a buscar 'amentos', 'aricar'…», comenta. «Aricar es una palabra preciosa –responde José Ángel–. Significa romper el surco. Una vez hecho el surco, para sembrar tienes que romperlo, después lo tapas otra vez y…»En otro poema, Aníbal habla de la ideología familiar: «Qué aburrido era coger lilas / para el altar de mayo (quien más diera / ganaba / un peldaño hacia el cielo / con papá y con mamá si no eran rojos) / (y, a nuestro pesar, lo eran)».¿Quién era Aníbal Núñez? Un poeta, un pintor, un grabador, un traductor, un raro, un guapo. «Era el benjamín de una pandilla que pintaba furiosamente entre clase y clase; en cajas de cerillas, en papeles, en folios», contó él de sí mismo, en el catálogo de una exposición en Salamanca, en el que también decía que tenía «las pestañas quemadas de ver arte en todo aquello no considerado artístico por la academia, el orden, la moda». En otra descripción, esta de César Nicolás, nos lo encontramos como un desencantado, «un lector de clásicos y modernos, amante de malditos y raros; algo tabernario, algo hippy; licenciado en letras, pero no profesor». Y Torrente Ballester, tras conocerlo, escribió: «¿Seres angélicos? Muchos poetas lo fueron, y lo mejor que pudo acontecerles (y no son muchos los casos) fue encontrar en la poesía la respuesta y la justificación. [...] Hay quien es poeta en los mejores momentos de su vida; hay quien parece condenado a serlo hasta en los más triviales. ¿Puedo decir que Aníbal era uno de estos?»—José Ángel, ¿quién era Aníbal Núñez?—Aníbal era un raro, un tipo al que le gustaba vivir su vida, hacer su vida. Mi padre también vivía para el arte y... La gente de Salamanca es muy burguesa y muy de pequeña ciudad, muy pueblerina, súper carca, y Aníbal era una persona que chocaba, claro… Ahora, a él le importaba tres cojones [deja un silencio, y trae otra respuesta]. Aníbal era muy cabezón, era muy introvertido. Pero era muy guapo: le gustaba gustar. Y era muy listo. Era como mi madre.Mely, la mujer de José Ángel, lo recuerda saltando las escaleras del edificio (Aníbal era campeón de triple salto). «La verdad es que era un bellezón. Yo siempre bromeo, digo: a mí el que me gustaba era Aníbal, pero como no me hacía caso... Pero es mentira, porque a mí los guapos siempre me han dado un poco de yuyu». Y vuelta a reír. «Pero tenía unos prontos también… Oyoyoy». —Sí, tenía muy mala hostia– sentencia José Ángel. —No se integró nunca en el sistema, ni en esos grupos literarios… No se adaptaba, no se adaptaba– continúa ella.—Aníbal era un rebelde total. Empezó a escribir muy pronto. Era muy soñador, muy telúrico. Y tenía un sentido de la amistad terrible. Además es que en su cuadrilla eran el Pavo, el Chuli, el Pelos… Madre mía, qué cuadrilla. Eran los guaperas, los chuleras de aquí del barrio chino.—Pero él no tenía mote –sigue Mely–, era el Ani. Cuando falleció, sus amigos lo cubrieron de rosas rojas y blancas, todo el cuerpo estaba cubierto, menos la cara. Y luego está la anécdota de las viudas… A mi suegra se le sentó a la derecha una que salía en ese momento con Aníbal, y claro, la cogió de la mano. A la izquierda se le sentó otra con lo mismo. Y llegó una tercera, y como ya no había sitio se le arrodilló delante y también le cogió de la rodilla. Cuando se fueron y ella se quedó solita, me acerqué, porque nos llevábamos muy bien y nos queríamos muchísimo, cosa rara entre nuera y suegra. Me senté a su vera y ella me dijo, muy en bajito: «No sé a qué viuda atender». Tuve que esforzarme para no reírme. Es que él era muy monino. Tenía mucho éxito con las tías.En la habitación de Aníbal, contigua al salón, todo es él: fotos solo, fotos con amigos, antologías, libros en inglés, en francés, en griego, Coleridge, Dylan Thomas, T. S. Eliot, Allan Poe, Proust, Balzac, Gautier, Menéndez Pidal, Galdós, Valle-Inclán, San Juan de la Cruz, Alfonso X, Unamuno… En fin, una vida de lecturas y relecturas, y un desorden de escrituras. «Está todo igual», explica José Ángel.—Esto es un templo de la memoria, un acto de amor.—Eso es, para qué lo voy a conservar si no. Mi madre lo hizo y yo la seguí. Arriba, Carlos Maortua charla con José Ángel Núñez en la habitación de Aníbal Núñez. Debajo, una de las estanterías del poeta y uno de los muchos manuscritos que se conservan allí Rubén OrtegaEstá por ahí uno de sus últimos trabajos de Aníbal, la traducción de las 'Alucinaciones', de Rimbaud, y decenas de carpetas llenas de manuscritos más o menos ordenados, donde a veces el poema se cierra con un dibujo, y en otros hay que descifrar la caligrafía: es un legado que reclama tiempo. «Y es aquí –dice Carlos Maortua– donde voy a pasar parte del verano, investigando». Ya ha acabado su novela, 'Último baño en el Tormes', aún sin editorial, pero ya ha decidido que va a dedicar a Aníbal Núñez su tesis doctoral...Quien mejor explica su obsesión por Aníbal es Laia, su mujer: «En nuestro matrimonio somos tres: estamos Carlos y yo, y está Aníbal». Y José Ángel: «Siempre da alegría que alguien quiera a la gente que quieres».—Aníbal tiene fama de maldito, pero aquí no lo parece tanto.—Él maldito jamás lo fue –responde José Ángel–. Ni quiso serlo. Quisieron que fuera. A mí hay malditos que me gustan, pero Aníbal era otra cosa. Era, sobre todo, la técnica y la estética. Eso era lo que más le importaba. El arte era técnica, había que saber hacerlo, y después, tener un gusto propio, ser ortodoxo en cuanto al gusto.—Yo creo que él explota en 1974, que es su año mágico –dice Maortua–. En su libro 'Fábulas domésticas' parece que de alguna forma está como intentando hacer algo que le permita entrar en la poesía del momento, en los Novísimos. Pero después escribe 'Naturaleza no recuperable', y ahí lo ves como liberado, como que de repente se ha encontrado.—En ese momento, él rompe con todo, hasta consigo mismo, y se va al campo –explica José Ángel–. Empieza otra vez a amar al campo como lo amaba de pequeño, de joven. Vuelve y habla de las culebras, y las ranas y…Es momento de leer uno de los poemas de ese libro, una fiesta de los sentidos que dice así: «Ir al campo bebernos todo el campo / subirnos a las ramas / ¡qué maravilla andarse por las ramas! / confundirnos las bocas con cerezas / oler a jara el cuerpo / merendar la cascada y chocolate / trenzarte una corona de juncos del arroyo / contar las veces que la piedra roza / con el agua aprender / botánica sin flexo / zoología sin matrícula // Pero el señor rector y sus bedeles / nos tienen encerrados a la sombra / del Árbol de la Ciencia y lo siguen regando / con tinta de tampón // ¡Maldito frutal éste / que no da más que peros!».Aníbal nació el día de los muertos, y del mismo modo intuyó su porvenir en un poema: «De la mutilación de las estatuas / a veces surge la belleza, de los / capiteles truncados cuyo acanto / cayera en la maleza entre el acanto: / perfección del azar que nada tiene / que hacer para ser símbolo de todo / lo que se quiera». El giro lo explica Maortua: «El año que viene, en marzo, se cumplen cuarenta años de su muerte, y tanto tiempo después estamos todos aquí, sentados en torno a Aníbal… Para mí esto no va de confirmar que hubo un mito, sino que va realmente de ver que aquí hubo un hombre, que fue real, y que, aunque no está aquí, sigue su memoria viva… Yo ahora me imagino la obra de Aníbal como muro viejo: una ruina reclamada por la maleza, admirable por el mero hecho de haber sido alzada y resistir. Y ahí, entre el acanto, estamos los que vamos llegando, y José Ángel, siempre».«¿Sabes que tengo el jardín lleno de acantos?», dice José Ángel. «Es Aníbal, os lo digo yo», insiste Mely. Y remata él: «Crecen mucho, no sé por qué razón. Son como las ratas, pero están increíbles, los acantos».

Esta no es una historia de fantasmas. No es la historia de un maldito ni de un llanto. No es la historia de un urbanita, ni de un apartado, ni de un huraño, ni la de un poeta que murió demasiado pronto, encerrado en sí ... mismo y en Salamanca. Tampoco es la historia de sus libros, de sus traducciones de Catulo, de sus cuadros, de sus trueques, de sus camellos, de sus bares. Esta no es una historia más de la heroína, no es la historia de una hecatombe, no es la historia de un fracaso ni de un abismo que nos devuelve la mirada mucho tiempo después, para que nos lamentemos con él. Esto no es una elegía.

Esta es la historia de un hombre y su memoria.

Esta, vamos a decirlo ya, es una historia de amor.

Y como todas las historias de amor, empieza con un encuentro fortuito.

—Tengo un amigo que lleva años obsesionado con un poeta que no conoce nadie, y ahora su mejor amigo es un señor de ochenta años que vive en Salamanca– me dijo Luis a la hora de las cervezas, como quien cuenta un chiste o una tragedia.

—No lo conoce nadie, se llama Aníbal Núñez.

El amigo obsesionado era Carlos Maortua, y tiempo después, en otras cervezas, me contó una historia similar, sucedida en un bar en la calle Puerto Rico, donde escribe a menudo, siempre a mano. Está él con la mesa llena de papeles de Aníbal, con sus libros, muy concentrado en su cuaderno, en su novela, en ese poeta en el que no puede dejar de pensar, al que trata como alguien más de la familia, un hermano, un tío, un primo muy cercano, y está ensimismado, con 'Alzado de la ruina' abierto, pensando tal vez en los acantos, hasta que un hombre llamado Santiago le toca el hombro y le dice: perdona, ¿conoces a Aníbal Núñez? Yo era amigo suyo. Y después le dice otra cosa, mucho más importante: tienes que hablar con su hermano.

Es así como entra en escena José Ángel Núñez, el otro protagonista de esta historia, ese señor de ochenta años que vive en Salamanca, adonde nos fuimos a verlo.

José Ángel abre la puerta, sonríe, dice: pasad, pasad. Tiene los ojos claros, como Aníbal, y tal vez esta sea una historia de hombres con los ojos claros: José Ángel, Aníbal y Carlos, que tiene un parecido evidente con Aníbal, a lo que él responde con sonrojo y un poco de ya lo sé, ya son diez años juntos. José Ángel es guapo, también.

La casa es una casa, aunque podría ser un museo. Están los cuadros de Aníbal, la lata de Coca-Cola enmarcada como gesto de salvación de todo, están las fotografías del padre, José Núñez Larraz, que tiene una calle con su nombre no muy lejos, y están las cosas que este coleccionaba, como un icono ruso que le compró a un miembro de la División Azul. También están, claro, los libros, hasta en el baño: por todas partes, libros. Y está la habitación de Aníbal tal cual la dejó, como si fuera otro museo, solo que más íntimo, más privado, aún por explorar: por allí ha pasado el tiempo, pero no el olvido. Pero antes de entrar pasamos al salón y allí charlamos. Por la ventana se ve la catedral de Salamanca y las cigüeñas.

—Esta casa siempre ha estado llena de libros, ¿no?

—En esta casa llevamos desde 1949. Tenía yo seis años cuando vinimos, y Aníbal cinco [se llevaban 18 meses]. Y siempre ha estado llena de libros. Que yo sepa, nosotros somos libreros desde el siglo XVI, por parte del apellido Alegría. Mi abuelo era Núñez Alegría, y los Alegría eran de origen aragonés, pero con mucha influencia de Génova. Un Alegría vino a Salamanca en el XVI y fundó una imprenta y una librería. La librería la cerré yo en el año 1990… Nosotros siempre leímos, ya nuestros padres nos leían desde muy pronto. A mí me gustaba mucho Salgari, y a Aníbal, Enid Blyton.

Los Núñez también eran propietarios del periódico 'El Adelanto', que en 1936 enmudeció durante nueve días y despertó como un diario del régimen, con el consiguiente castigo para la familia. «Mi madre era médico y tuvo que hacer el doctorado en Alemania, porque aquí no la dejaban», cuenta José Ángel. «Cada vez que venía Franco a Salamanca llamaban a mi padre y le decían: «Don José, debe irse». Para nosotros era una fiesta, porque entonces nos íbamos con la piragua al río este tan hermoso que tenemos aquí, en Salamanca, nos íbamos de camping. Siempre nos gustó mucho el campo. A todos».

—Aníbal tiene un vocabulario del campo muy preciso, un conocimiento íntimo del campo.

—Es que además Aníbal adoraba a su abuelo, a mi abuelo, que era labrador, el padre de mi madre. Era viticultor en la zona de Toro. Era un hombre muy... Era uno de esos hombres cultos, pero de las culturas populares. Tenía cuatro o cinco libros en casa, pero leía. Era republicano. Era el alcalde del pueblo. Precisamente no lo mataron en la guerra porque estaba en la cárcel. Y lo metieron en la cárcel porque era el alcalde del pueblo, por ser alcalde rojo, quiero decir. Y luego en la casa de mi abuelo mataron a todos los varones... Los fusilaron. Lo del campo nos viene de ahí. A mí me gustaba tanto que al jubilarme me puse una huerta, pero la tuve que dejar hace poco, por la espalda [tiene una estenosis del conducto medular].

Ahora es cuando Carlos Maortua abre las obras completas de Aníbal Núñez y lee un poema, que dice así: «¡Qué triste polvo echaste en la alameda!: / nada que ver con la pelusa que / a la sazón soltaban los amentos / y menos con el polen matriculado nunca // No hubo –seguro– brasa / frutal sí desvarío / acrílico naufragio de anular y cordial / adobo inútil de dos pieles hubo // ¿Y cómo hacer / cómo regar el beso / cómo aricar con la caricia / demasiado leída / una besana extraña / y leída mal? (...)»

«Es uno de esos poemas que te llevan al diccionario a buscar 'amentos', 'aricar'…», comenta. «Aricar es una palabra preciosa –responde José Ángel–. Significa romper el surco. Una vez hecho el surco, para sembrar tienes que romperlo, después lo tapas otra vez y…»

En otro poema, Aníbal habla de la ideología familiar: «Qué aburrido era coger lilas / para el altar de mayo (quien más diera / ganaba / un peldaño hacia el cielo / con papá y con mamá si no eran rojos) / (y, a nuestro pesar, lo eran)».

¿Quién era Aníbal Núñez? Un poeta, un pintor, un grabador, un traductor, un raro, un guapo. «Era el benjamín de una pandilla que pintaba furiosamente entre clase y clase; en cajas de cerillas, en papeles, en folios», contó él de sí mismo, en el catálogo de una exposición en Salamanca, en el que también decía que tenía «las pestañas quemadas de ver arte en todo aquello no considerado artístico por la academia, el orden, la moda». En otra descripción, esta de César Nicolás, nos lo encontramos como un desencantado, «un lector de clásicos y modernos, amante de malditos y raros; algo tabernario, algo hippy; licenciado en letras, pero no profesor». Y Torrente Ballester, tras conocerlo, escribió: «¿Seres angélicos? Muchos poetas lo fueron, y lo mejor que pudo acontecerles (y no son muchos los casos) fue encontrar en la poesía la respuesta y la justificación. [...] Hay quien es poeta en los mejores momentos de su vida; hay quien parece condenado a serlo hasta en los más triviales. ¿Puedo decir que Aníbal era uno de estos?»

—José Ángel, ¿quién era Aníbal Núñez?

—Aníbal era un raro, un tipo al que le gustaba vivir su vida, hacer su vida. Mi padre también vivía para el arte y... La gente de Salamanca es muy burguesa y muy de pequeña ciudad, muy pueblerina, súper carca, y Aníbal era una persona que chocaba, claro… Ahora, a él le importaba tres cojones [deja un silencio, y trae otra respuesta]. Aníbal era muy cabezón, era muy introvertido. Pero era muy guapo: le gustaba gustar. Y era muy listo. Era como mi madre.

Mely, la mujer de José Ángel, lo recuerda saltando las escaleras del edificio (Aníbal era campeón de triple salto). «La verdad es que era un bellezón. Yo siempre bromeo, digo: a mí el que me gustaba era Aníbal, pero como no me hacía caso... Pero es mentira, porque a mí los guapos siempre me han dado un poco de yuyu». Y vuelta a reír. «Pero tenía unos prontos también… Oyoyoy».

—Sí, tenía muy mala hostia– sentencia José Ángel.

—No se integró nunca en el sistema, ni en esos grupos literarios… No se adaptaba, no se adaptaba– continúa ella.

—Aníbal era un rebelde total. Empezó a escribir muy pronto. Era muy soñador, muy telúrico. Y tenía un sentido de la amistad terrible. Además es que en su cuadrilla eran el Pavo, el Chuli, el Pelos… Madre mía, qué cuadrilla. Eran los guaperas, los chuleras de aquí del barrio chino.

—Pero él no tenía mote –sigue Mely–, era el Ani. Cuando falleció, sus amigos lo cubrieron de rosas rojas y blancas, todo el cuerpo estaba cubierto, menos la cara. Y luego está la anécdota de las viudas… A mi suegra se le sentó a la derecha una que salía en ese momento con Aníbal, y claro, la cogió de la mano. A la izquierda se le sentó otra con lo mismo. Y llegó una tercera, y como ya no había sitio se le arrodilló delante y también le cogió de la rodilla. Cuando se fueron y ella se quedó solita, me acerqué, porque nos llevábamos muy bien y nos queríamos muchísimo, cosa rara entre nuera y suegra. Me senté a su vera y ella me dijo, muy en bajito: «No sé a qué viuda atender». Tuve que esforzarme para no reírme. Es que él era muy monino. Tenía mucho éxito con las tías.

En la habitación de Aníbal, contigua al salón, todo es él: fotos solo, fotos con amigos, antologías, libros en inglés, en francés, en griego, Coleridge, Dylan Thomas, T. S. Eliot, Allan Poe, Proust, Balzac, Gautier, Menéndez Pidal, Galdós, Valle-Inclán, San Juan de la Cruz, Alfonso X, Unamuno… En fin, una vida de lecturas y relecturas, y un desorden de escrituras. «Está todo igual», explica José Ángel.

—Esto es un templo de la memoria, un acto de amor.

—Eso es, para qué lo voy a conservar si no. Mi madre lo hizo y yo la seguí.

Está por ahí uno de sus últimos trabajos de Aníbal, la traducción de las 'Alucinaciones', de Rimbaud, y decenas de carpetas llenas de manuscritos más o menos ordenados, donde a veces el poema se cierra con un dibujo, y en otros hay que descifrar la caligrafía: es un legado que reclama tiempo. «Y es aquí –dice Carlos Maortua– donde voy a pasar parte del verano, investigando». Ya ha acabado su novela, 'Último baño en el Tormes', aún sin editorial, pero ya ha decidido que va a dedicar a Aníbal Núñez su tesis doctoral...

Quien mejor explica su obsesión por Aníbal es Laia, su mujer: «En nuestro matrimonio somos tres: estamos Carlos y yo, y está Aníbal».

Y José Ángel: «Siempre da alegría que alguien quiera a la gente que quieres».

—Aníbal tiene fama de maldito, pero aquí no lo parece tanto.

—Él maldito jamás lo fue –responde José Ángel–. Ni quiso serlo. Quisieron que fuera. A mí hay malditos que me gustan, pero Aníbal era otra cosa. Era, sobre todo, la técnica y la estética. Eso era lo que más le importaba. El arte era técnica, había que saber hacerlo, y después, tener un gusto propio, ser ortodoxo en cuanto al gusto.

—Yo creo que él explota en 1974, que es su año mágico –dice Maortua–. En su libro 'Fábulas domésticas' parece que de alguna forma está como intentando hacer algo que le permita entrar en la poesía del momento, en los Novísimos. Pero después escribe 'Naturaleza no recuperable', y ahí lo ves como liberado, como que de repente se ha encontrado.

—En ese momento, él rompe con todo, hasta consigo mismo, y se va al campo –explica José Ángel–. Empieza otra vez a amar al campo como lo amaba de pequeño, de joven. Vuelve y habla de las culebras, y las ranas y…

Es momento de leer uno de los poemas de ese libro, una fiesta de los sentidos que dice así: «Ir al campo bebernos todo el campo / subirnos a las ramas / ¡qué maravilla andarse por las ramas! / confundirnos las bocas con cerezas / oler a jara el cuerpo / merendar la cascada y chocolate / trenzarte una corona de juncos del arroyo / contar las veces que la piedra roza / con el agua aprender / botánica sin flexo / zoología sin matrícula // Pero el señor rector y sus bedeles / nos tienen encerrados a la sombra / del Árbol de la Ciencia y lo siguen regando / con tinta de tampón // ¡Maldito frutal éste / que no da más que peros!».

Aníbal nació el día de los muertos, y del mismo modo intuyó su porvenir en un poema: «De la mutilación de las estatuas / a veces surge la belleza, de los / capiteles truncados cuyo acanto / cayera en la maleza entre el acanto: / perfección del azar que nada tiene / que hacer para ser símbolo de todo / lo que se quiera».

El giro lo explica Maortua: «El año que viene, en marzo, se cumplen cuarenta años de su muerte, y tanto tiempo después estamos todos aquí, sentados en torno a Aníbal… Para mí esto no va de confirmar que hubo un mito, sino que va realmente de ver que aquí hubo un hombre, que fue real, y que, aunque no está aquí, sigue su memoria viva… Yo ahora me imagino la obra de Aníbal como muro viejo: una ruina reclamada por la maleza, admirable por el mero hecho de haber sido alzada y resistir. Y ahí, entre el acanto, estamos los que vamos llegando, y José Ángel, siempre».

«¿Sabes que tengo el jardín lleno de acantos?», dice José Ángel. «Es Aníbal, os lo digo yo», insiste Mely. Y remata él: «Crecen mucho, no sé por qué razón. Son como las ratas, pero están increíbles, los acantos».

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La vida restaurada de Aníbal Núñez, el poeta que murió cubierto de rosas

La vida restaurada de Aníbal Núñez, el poeta que murió cubierto de rosas

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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