Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras. Imaginemos que desde ese 13 de marzo de 1987 no son tanto el tiempo, el espacio y el olvido. Imaginemos que la muerte se detiene junto al gotero, velando, acechantes las campanas en la torre. Imaginemos, ... aprovechando que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas, que ese 13 de marzo de 1987 y este 11 de julio de 2026 conviven en un instante, que puedo saludar con la cabeza al encapuchado, abrir la ventana y tocarte la frente como un viejo amigo.
Imaginemos que de toda la fuerza que tuviste aún te queda una última para entrar al trapo que te tiendo. Aquí solo estamos tú y yo. Y yo, lo que yo quiero es hablar contigo y hacer de esta mentira algo parecido a la verdad. Hablar y salir de estos azulejos blancos, de tu extraña enfermedad, caminar hacia el río y, antes del último baño, celebrar un banquete, un funeral, lanzar piedras, hacerlas brincar y hablar de lo que dejaste atrás y de lo que vendrá, de lo que el agua trae y de lo que el río arrastró.
Dejarás atrás tu sombrero y los pantalones pana España, carpetones y cartapacios, la mili a medias, un anillo de no sé qué compromiso y 15.472 días. Dejarás atrás tu trenca, colgada, no lo sé, si de un gancho o de un clavo en la puerta de tu habitación, como la capa de un viejo soldado o de un peregrino retirado. Un ejército de bolígrafos destrozados, kilómetros de tinta en papeles y cuadernos. Dejarás atrás, bien ordenadas, en tu puesto de la Escuela de Artes y Oficios, diez litografías y un extraño, por lo extenso, conocimiento de licantropía.
Dejarás atrás unas doscientas palabras que ya nadie conoce, con todo lo que esa pérdida implica: una patria más chica, un pensamiento más estrecho. Una lata de coca-cola espachurrada y apretujada dentro de un marco, porque todo merece ser salvado. Dejarás atrás un trozo que robaste de la catedral vieja –es tuya, más tuya que del obispo–, y tierra bajo las suelas de tus zapatos. Dejarás atrás esta España nuestra.
"Dejarás atrás tu particular relación con las comas, un talento que ni Góngora para el encabalgamiento"
Un rastro o reguerillo de hemeroteca, pinceles apelmazados y tubos de pintura con forma de caracol. Dejarás atrás quinientos treintaitrés cuadros, que yo haya podido contar. Uno de una niña, creo que a carboncillo, que tu sobrino aún llama el fantasma. Otro de San Sebastián, a subasta en internet, y yo sin poder pujar o pujando a escondidas porque mi querida mujer opina que está demasiado caro para nuestra actual economía; y el cartel de las fiestas de Salamanca de 1967, que sí hemos podido comprar y tenemos colgado en el salón.
Dejarás atrás un manual de francés, ortografía y gramática, para escolares y la buena costumbre, el placer, de bañarte en cualquier río, lago, embalse o pantano desnudo, aunque estuviera tu madre delante. Dejarás atrás una caja de cerillas en dorado sobre azul de la villa Diodati, donde Byron pasó el verano de 1816, una reproducción recortada de una revista de la Melancolía de Durero, un taller, una buhardilla con sofás verdes en un edificio ahora derrumbado y tu habitación de la casa familiar, conservada tal cual la dejaste hace treinta y nueve años.
Dejarás atrás tres juegos de llaves, tus quehaceres salmantinos, sean los que sean, una tesina sobre Rimbaud y casi una tesis sobre Don Miguel, que no llegó a ser vecino tuyo por ocho años. Dejarás atrás tu particular relación con las comas, un talento que ni Góngora para el encabalgamiento, precisión juanramoniana para clavar con un dardo la única palabra que tiene cabida en el lugar menos pensado, es decir, en el único posible. Dejarás atrás la finta atlética, el ilusionismo del significado ambiguo.
Dejarás atrás cuarenta y cinco cartas de amor y tres obras de la exposición 'Redención del deterioro' que un tipo puso a la venta en un blog –no hace falta que sepas lo que es un blog–, todo en mayúsculas, evidentemente estresado, un día de febrero de 2011 a las 05:42 de la madrugada. Dejarás atrás, no lo sé, es posible, una copia de la única entrevista 'seria' que te hicieron. Dejarás atrás a tus amigos de la Plaza Mayor y del Corrillo, también a los que se fueron, a los del campo, el monte y los baños.
Dejarás atrás un recuerdo dentro de la gente, dentro de los que te conocieron y de los que no te conocimos. Un recuerdo, memoria que se alarga, se magnifica y se emborrona porque tú estás contra el sol, eres puro contorno, sombra esparcida sobre la tierra y los adoquines. Dejarás atrás una biblioteca que se petrificó en 1975. Ocho estanterías de unos dos metros de largo cada una, clavadas a la pared con alcayatas. Novela arriba, poesía abajo, crítica de parteaguas. Fray Luis, Valente, San Juan, Vallejo, Hernández, León Felipe. Dejarás atrás tus pies de atleta y los miles de kilómetros recorridos en torno al radio que impusiste. Dejarás atrás esa sonrisa que yo nunca he visto, pero de la que todo el mundo habla porque nunca se te borraba de la cara. Dejarás atrás a tu madre, a tu padre, a tu hermano, a tu hermana. Dejarás atrás sesenta metros de poemas. Y nos dejarás atrás a todos los que te esperábamos en la siguiente curva.
Querido Aníbal, 'mon semblable', 'mon frère', no nos pongamos manriqueños.
Antes de que el Tormes nos llore muertos en su orilla, 'gaudeamus'.
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